“¡El año 2026 comienza con gran estruendo!”, escribíamos a principios de este año, en el momento de la intervención militar estadounidense en Venezuela. Aprovechando este enésimo episodio belicista, recordábamos que desde hace años afirmamos, al igual que otras minorías comunistas, que el mundo se ha embarcado en un rumbo decidido hacia una guerra mundial generalizada, considerada por todos los gánsteres burgueses que nos explotan como la solución a la crisis (económica, social, política…) inherente al modo de producción y acumulación capitalistas. Y no es la guerra en Ucrania la que nos desmentirá. Ni las masacres perpetradas en la Franja de Gaza. Ni siquiera los recientes acontecimientos en Venezuela… Y hoy, apenas dos meses después, ¡podemos añadir Irán a esta macabra lista!
A nivel global, presenciamos una militarización de la sociedad, tanto física como mental, un rearme generalizado, un auge de la propaganda belicista y la designación de un “enemigo” (siempre el bando burgués opositor). Esto, a su vez, conduce a la subyugación del proletariado y a sus aspiraciones de defender sus propios intereses como clase explotada (¡y por lo tanto revolucionaria!), tanto sus intereses inmediatos como históricos.
Y una vez más, asistimos a las mismas campañas burdas de reclutamiento del proletariado tras banderas que no son las suyas: se nos exige elegir entre la peste y el cólera, elegir un bando burgués contra otro, un “mal menor” contra un “peor”… O el bando del “imperialismo”, o el del “antiimperialismo”, sabiendo que este último no es más que otro imperialismo, ¡el del bando “adversario”! Hubo un tiempo en que “se nos” pedía que defendiéramos “al pueblo” vietnamita, palestino o chileno contra “el imperialismo yanqui”. Y después de que, apenas ayer, es decir, hace dos meses, todas las facciones del izquierdismo internacional nos intimaran a defender (más o menos) “la patria y el socialismo” al estilo bolivariano… ¡hoy deberíamos “volver a la carga” tomando partido contra la “agresión estadounidense-israelí” en Irán, considerado el polo regional del “eje de la resistencia”!!!
Ante esta situación de antagonismo, no podemos sino afirmar una vez más que el proletariado no tiene, nunca ha tenido ni tendrá una patria que defender, que el socialismo, el comunismo o el anarquismo, en definitiva, la sociedad sin clases, sin Estado, sin dinero, sin propiedad privada, sin explotación… no se erigirá defendiendo a una fracción burguesa denominada progresista (o “antiimperialista”) contra otra fracción burguesa denominada conservadora o reaccionaria (o imperialista). ¡Ni Trump ni Maduro! ¡Ni Putin ni Zelenski! ¡Ni Netanyahu ni Jamenei! ¡Ni EE. UU. ni Venezuela! ¡Ni Rusia ni Ucrania! ¡Ni Israel ni Irán ni Palestina! ¡Ni Tsahal ni Artesh! ¡Ni la izquierda ni la derecha!
Y aunque ello pueda “escandalizar” a más de uno, no tememos afirmar también alto y claro: ¡Ni Daesh ni el Rojava! No es que equiparemos a estas dos entidades, pero tanto una como la otra son productos y agentes reproductores del Capital. Una por su “dictadura teocrática” constituida y autoproclamada “Estado Islámico”; y la otra por su dictadura igualmente “democrática”, que no toca en absoluto la propiedad privada ni el valor, y que, más allá de una moda predominante y ostentosamente asambleísta, no deja de desarrollar todos los aspectos del Estado (¡el “protoestado” de Rojava, afirman algunos!). Y este último está evidentemente dispuesto a entrar en todo tipo de compromisos y alianzas con todas las facciones burguesas posibles e imaginables, ¡excepto quizá Daesh!!!
Ni el proletariado en lucha en Venezuela desde hace décadas (recordemos el Caracazo de 1989 y sus 3.000 muertos), ni el proletariado en lucha en Irán (que ha protagonizado al menos cinco levantamientos importantes en los últimos ocho años, ¡con quizás 30.000 víctimas en el último de ellos, en enero de 2026!) necesitan la intervención estadounidense para deshacerse de su propia burguesía, de sus propios explotadores: la “boliburguesía” en Venezuela, el “régimen de los molláhs” en Irán. Y nuestra clase en lucha tampoco necesita ninguna pseudo “solidaridad internacional” que consista precisamente en defender a una fracción local de la burguesía mundial contra otra. Nuestra única respuesta es clase contra clase, solidaridad internacionalista con todos los sectores del proletariado en lucha contra su propia burguesía: solidaridad internacionalista con los proletarios en lucha en Venezuela contra la burguesía bolivariana, solidaridad internacionalista con los proletarios en lucha en Irán contra la burguesía de los molláhs, solidaridad internacionalista con los proletarios en lucha en Palestina contra la burguesía de la Autoridad Palestina y de Hamás, solidaridad internacionalista con los proletarios en lucha en Rojava contra la burguesía nacional-social-liberacionista…
Ante el rumbo decidido hacia una guerra mundial generalizada que nos preparan nuestros enemigos, todos nuestros enemigos, el proletariado solo tiene una respuesta que proclamar con letras de fuego en la escena de la prehistoria humana: ¡Derrotismo revolucionario contra todos los bandos burgueses! ¡Transformemos la guerra y la paz capitalistas en una revolución social mundial!
Unas semanas antes de los sangrientos acontecimientos en Irán, importantes levantamientos de nuestra clase sacudieron el mundo del valor y de la mercancía: fue el pasado mes de septiembre en Indonesia, Nepal, Madagascar, Filipinas, Ecuador, Perú y Marruecos… Y aunque estos levantamientos no puedan calificarse, en sentido estricto, de revolución social, queremos sin embargo volver sobre ellos, aunque sea tardíamente, en las páginas que siguen, y señalar sus fortalezas y debilidades, a modo de lecciones para los levantamientos venideros…
Indonesia, Nepal, Madagascar, Filipinas, Ecuador, Perú, Marruecos, ad infinitum…
Nunca nos habían machacado tanto con todas esas subcategorías nauseabundas de la sociología adulterada, al servicio del orden social dominante, el orden del capital y de los negocios, para que confundamos las vejigas con linternas y no percibir la comunidad de intereses que nos une a las hermanas y hermanos proletarios en lucha por todo el mundo.
Ya nos han atiborrado tanto de denominaciones periodísticas, cada vez que una chispa de la guerra social ilumina nuestra monótona vida cotidiana: “desclasados”, “marginales”, “desempleados”, “precarios”, “estudiantes”, “jóvenes”, “obreros”, “campesinos”, “urbanos”, “suburbanos”, “desfavorecidos”, “pobres”… ad nauseam, para culminar en “el pueblo”, tales son las categorías que se imponen a la fuerza a los proletarios en lucha con el fin de ocultar, disimular, encubrir, camuflar, enmascarar… la identidad de la explotación secular que sufre nuestra clase, la clase desposeída de los medios de producción, de existencia y de vida: el proletariado. Y esto más allá de las especificidades, locales e históricas, que pueden, a falta de diferenciarnos en términos de miseria relativa, al menos singularizarnos en cuanto a la miseria absoluta que vivimos a diario: es decir, nuestra capacidad, en términos de solvencia, para participar en mayor o menor medida en el maravilloso mundo de la producción, la compra y la venta de mercancías putrefactas; en definitiva, en la reproducción ampliada de la pesadilla capitalista.
Hoy en día, o desde hace poco, es todo el espectro de las luchas proletarias contra el deterioro constante de nuestras condiciones de (super)vivencia miserable el que se ve ignominiosamente cubierto por el velo pudoroso, elegante y llamativo, engañoso y artificial, falaz y pérfido, de la llamada generación Z —la “Gen Z”, como la denominan todos los medios de comunicación a las órdenes del poder—. Como si solo los jóvenes de entre 20 y 25 años pudieran aún salir a la calle y lo cambiar todo, como si el homo democraticus domesticado desde hace siglos no fuera un gigante intemporal con pies de barro, como si lo propio de una clase explotada, de todas las generaciones, no fuera precisamente ser revolucionaria, y poner en marcha todas las energías a su alcance, desarrollar todas las fuerzas de autoorganización y subversión, hacer posible toda audacia… y que, además, actualmente se ve impulsada por la rabia salvadora de amplios sectores de la juventud proletaria carcomida por la falta de perspectivas y el futuro bloqueado por la catástrofe capitalista…
En pocas semanas, han estallado nada menos que siete levantamientos importantes en todo el mundo: Indonesia, Nepal, Madagascar, Filipinas, Ecuador, Perú, Marruecos —y si decimos “importantes”, no es, por supuesto, en vista de la importancia de las tareas de convulsión generalizada, del derrocamiento del statu quo, del estado actual de las cosas y, por tanto, de la praxis, que el proletariado está históricamente determinado a asumir. Si calificamos estos levantamientos de “importantes”, es más bien en vista de la profundidad de los ataques que lleva a cabo nuestra clase, así como de la ruptura circunstancial con la paz social que, por desgracia, sigue reinando de forma demasiado generalizada en todas partes…
Sin querer hablar de un cambio temporal, y menos aún de un “nuevo período” (¡como cada vez está más de moda!), en el enfrentamiento secular entre las dos clases, cuyos intereses inmediatos e históricos no solo son fundamentalmente diferentes, sino visceralmente antagónicos, hay que constatar y destacar, no obstante, que el ritmo de los levantamientos proletarios en todo el mundo del valor está sufriendo serias aceleraciones. Lo cual, en sí mismo, no es en absoluto una novedad: ya la importante ola de luchas que se abatió sobre el infierno capitalista en 2018-19 se había extendido como la pólvora… Argelia, Chile, Ecuador, Francia, Hong Kong, Irak, Irán, Líbano, Sudán… Tras el parón provocado por la gestión contrainsurrecional del Covid por parte de todos los Estados-nación del mundo, la reanudación de las luchas no se hizo esperar, alimentada por los ataques frontales contra nuestra clase con el pretexto de la crisis energética debida a la guerra en Ucrania, que se han traducido en la escalada de los precios, en oleadas de despidos, etc.
Y ahora que debemos asistir (aún demasiado impotentes como estamos provisionalmente) al aumento de la militarización en la sociedad, a los gastos exorbitantes en armamento y, en general, al desarrollo acelerado del curso hacia una guerra generalizada y mundial, concebida por la clase capitalista y por los gestores impersonales del Orden Mundial (¡tanto el “antiguo” como el “nuevo”!), como “la solución” a todos los problemas de valorización y a su inherente tendencia a la baja de la tasa de ganancia, el viejo topo parece querer resurgir, nuestra clase se agita una vez más y levanta la cabeza…
Porque bajo el sol negro del capital (sol de plomo, si es que alguna vez existió uno, hecho de plomo y metralla), nuestra única perspectiva, para nosotros los proletarios, es la lucha: la lucha no por unas reformas cualquiera de esta sociedad de guerra, miseria y muerte (¡lo que constituiría una vez más nuestra perdición!), sino por su erradicación total y definitiva…
Y una vez más, como siempre en la turbulenta historia de las luchas de clases, sus manifestaciones más recientes se han desencadenado a partir de diversos pretextos particulares: un subsidio a la vivienda que los parlamentarios se otorgan a sí mismos (en Indonesia), la prohibición de varias redes sociales y, en general, la “corrupción” endémica y el “nepotismo” (en Nepal), los cortes de electricidad y la escasez de agua (en Madagascar), la reforma de las pensiones (en Perú), el colapso del sistema sanitario (en Marruecos), etc.
Todos estos factores coyunturales no son más que las chispas que “prenden fuego a la pradera”, mientras que el fundamento mismo de todos estos levantamientos es el deterioro permanente —¡y generalizado!— de nuestras condiciones de trabajo y de vida… es la dictadura social del valor, del beneficio y de las relaciones sociales capitalistas. Todas estas manifestaciones de ira, violencia y exasperación virulenta de nuestra clase no son episodios nacionales aislados, sino expresiones, materializaciones locales de un mismo rechazo global, de un mismo rechazo persistente y en movimiento del estado actual de las cosas. Y en todas partes —lo quieran o no los militantes profesionales que se autoproclaman “vanguardia” del proletariado y defienden la “centralidad” de Europa y Norteamérica en la lucha de clases—, en todas partes, desde Indonesia hasta Nepal, desde Madagascar hasta Filipinas, desde Ecuador y Perú hasta Marruecos… son amplios sectores del proletariado (urbano y rural) los que salen a las calles y que, aquí, se dedican masiva y colectivamente al saqueo de templos dedicados al dios-mercancía y se reapropian parcialmente de la riqueza social producida por nuestra clase, allí destruyen e incendian los parlamentos burgueses, las sedes de los partidos políticos y las lujosas residencias de los políticos y capitalistas, así como las guaridas de sus milicias armadas…
No vamos a detenernos aquí en el desarrollo preciso de todos estos acontecimientos, aunque se trate de la vida y la energía de nuestra clase que rasga el velo asqueroso de la opresión, a falta de atacar frontalmente las mismas fuentes de la explotación; pero queremos, no obstante, destacar algunos de los momentos más intensos que se han grabado a fuego en nuestra conciencia colectiva y nuestra memoria histórica. Y esto, en contra —¡y lo reivindicamos abiertamente!— de la insípida verborrea que destilan en sus periódicos sensacionalistas todos los eurocentristas que se extasían ante la enésima “huelga” en un sector concreto (por ejemplo, entre los carteros o los docentes…), siempre que ocurra “aquí” y no “allí”, en “los países centrales” y no en “las periferias” del capital… ¡La humanidad solo será feliz el día en que el último capitalista haya sido ahorcado con las tripas del último eurocentrista!
Por lo tanto, simplemente queremos destacar la increíble y vital violencia expresada por nuestra clase en lucha: en Nepal, por ejemplo, los proletarios no dudaron en incendiar el parlamento burgués, así como los edificios del Tribunal Supremo y muchos otros palacios. ¡¡¡La rabia salvadora de nuestros compañeros de clase ha desbordado el marco reformista de la protesta hasta tal punto que los autoproclamados “organizadores” del movimiento deben admitir “haber sido superados”!!! Esta rabia también se materializó en un alto nivel de terror rojo cuando los enemigos de clase, los políticos y los burgueses fueron objeto de auténticas escenas de linchamiento y de una “caza del hombre” muy selectiva en las calles, el campo… ¡e incluso en los ríos!
Cabe destacar también, entre otras cosas, una expresión del asociacionismo proletario, tal y como se ha manifestado en Nepal, a través de la voz del Safal Workers’ Street Committee, que declara:
“Somos un grupo de marxistas independientes que rechazamos desde hace tiempo a todos los partidos, pues solo son comunistas de nombre.
Seguimos siendo, ante todo, un comité de calle, formado para organizar la defensa de la clase obrera.
Nacimos por necesidad, ya que los partidos comunistas abandonaron a la clase obrera en el momento en que más necesitaba líneas directrices.
Nuestra tarea consiste ahora en separar a la clase obrera de los partidos democráticos de la clase media. Para impedir la reproducción de la democracia burguesa.
Seguimos organizándonos y hacemos un llamamiento a todos los comunistas y aliados que comparten las mismas posiciones para que formen sus propios comités y se unan a nosotros en un frente obrero.”
Por otra parte, cabe destacar (un fenómeno que parece no haberse producido en otros países aparte de Madagascar) que se manifestaron abiertamente importantes disensiones en el ejército malgache cuando los soldados se amotinaron (como ya lo habían hecho durante las luchas de 2009) para protestar contra la represión de las manifestaciones: “Negémonos a que nos paguen por disparar contra nuestros amigos, nuestros hermanos y nuestras hermanas. […] No obedezcáis más las órdenes de vuestros superiores. Apuntad vuestras armas contra quienes os ordenan disparar contra vuestros compañeros de armas, pues no serán ellos quienes se ocupen de nuestras familias si alguna vez morimos.”
La negativa de ciertos sectores de las fuerzas del orden a disparar contra sus compañeros y compañeras de clase siempre constituye un momento crucial en el enfrentamiento entre el proletariado y el Estado. De hecho, la cooptación de proletarios en las fuerzas de represión es la piedra angular de la dominación burguesa. Las luchas de clases en Bolivia en 2003 fueron un ejemplo notable de esta contradicción, cuando importantes sectores de la policía se pasaron “con armas y bagajes” al bando del proletariado en lucha, tomando los cuarteles, vaciando los arsenales y enfrentándose a unidades de élite como últimos baluartes de un sector central del Estado.
Lamentablemente, en Madagascar, como suele ocurrir en otras luchas, los límites y las debilidades del movimiento neutralizaron la fuerza subversiva de esta negativa explícita de los soldados a disparar y a participar en la represión, transformándola en un apoyo implícito a la “alternancia democrática”.
Lamentablemente, parece que el motín no logró desarrollarse ni impulsar, con todas las consecuencias que ello implica, la dinámica de esas primeras manifestaciones de derrotismo revolucionario. Ante esta situación, es decir, ante el miedo que el orden capitalista tiene al vacío, la estrategia de la “alternancia democrática” se impuso por su eficacia definitiva a la hora de liquidar el movimiento, eficacia muy superior a todo lo que había intentado el Estado en el transcurso de la lucha.
No podemos sino ver en las fuertes limitaciones del asociacionismo proletario una de las principales debilidades que resultará fatal para los poderosos episodios de revuelta radical contra el sistema en su conjunto, ya sea en Madagascar o en Nepal, en Indonesia o en Marruecos, etc. Estas revueltas se han manifestado a través de disturbios, saqueos y ataques muy selectivos, pero no parecen haber dado un salto cualitativo suficiente en términos de coordinación y organización para llevar la agitación a los sectores más vacilantes del proletariado.
Durante estas semanas de intensas luchas (y las brasas parecen aún lo suficientemente calientes como para reavivar el fuego a la menor señal, aquí o en cualquier otro lugar), la mayor parte del proletariado no ha roto con las ilusiones democráticas, legalistas y reformistas, que atribuyen el origen de todos los males a la política de un presidente en ejercicio, de políticos “corruptos” (¡y lo son, evidentemente!), de instituciones parlamentarias y de otro tipo, “desconectadas” de la realidad de nuestra supervivencia cotidiana como proletarios, etc. Aunque sectores del proletariado en lucha, mediante sus denuncias y acciones, han puesto de relieve el origen capitalista de sus actuales sufrimientos sociales, la revuelta no ha logrado expresar claramente su ruptura con la sumisión democrática y ciudadana, ni extenderse lo suficiente en el tiempo (¡a pesar del implacable aumento del incendio!) ni en el espacio (a pesar del resonante eco que cada lucha “local” produce sobre la capacidad de lucha de los proletarios en países vecinos, o incluso en otras esferas geográficas), lo que constituye, evidentemente, una y otra vez uno de los grandes problemas de las luchas proletarias en el mundo.
Conviene también abordar en cierta medida la cuestión de las banderas, y en particular la que se enarboló durante estas luchas catalogadas como las de la “Generación Z”. Observemos, por ejemplo, la propagación viral de ciertos gestos colectivos que se desarrollaron en Indonesia para extenderse muy rápidamente a Nepal, Filipinas, Madagascar, Marruecos, Ecuador y Perú… y que se materializó, entre otras cosas, en la repetición del mismo gesto: es decir, izar una “bandera pirata” inspirada en un manga japonés muy apreciado en “la cultura popular”, y que de hecho sirvió como respuesta (ciertamente simplista, pero no por ello menos) creativa al llamamiento del presidente indonesio invitando a los ciudadanos a enarbolar la bandera nacional antes de la fiesta de la independencia del país.
Por supuesto, todos hubiéramos preferido que los proletarios, que salen a las calles y destrozan los símbolos de su miseria cotidiana, izaran más bien la bandera roja y/o negra de la anarquía y/o del comunismo, la bandera del partido de la subversión y del proletariado revolucionario —aunque en Indonesia, ¡la bandera negra de la anarquía también se ha enarbolado en numerosas escenas de enfrentamientos!— Pero al igual que la revolución social no es una cuestión de partido formal, de partido político (en el sentido estricto del término), de un partido autoproclamado “vanguardia del proletariado”, la revolución tampoco es una cuestión de bandera formal. Cabe señalar, no obstante, que en el manga en cuestión, la “bandera pirata” se iza en varias ocasiones como una declaración de guerra contra “el Gobierno Mundial”. En este sentido, el Gobierno indonesio no se equivocó al calificarlo de acto de desobediencia y traición a la patria, pues así es: se trata de una deserción activa, de un símbolo que representa, en mayor o menor medida, la promesa de una revolución, una revolución que no conoce ni Estados ni fronteras…
En el terreno de la lucha de clases, la realidad material es muy compleja: proletarios, jóvenes o muy jóvenes o incluso menos jóvenes, hombres, mujeres, “urbanos” e incluso “campesinos” expresan un odio sano y vigoroso, inconmensurable. Pero, por desgracia, aún no cuentan con una estructura organizativa a la altura de lo que está en juego en la lucha, una estructura capaz de dirigir todo el proceso hacia sus objetivos. Estos son los límites recurrentes en la historia de todas nuestras luchas: el debilitamiento de las fuerzas organizadas de nuestra clase conduce inevitablemente a la recuperación del potencial revolucionario por parte de potencias externas y/o internas que lo explotan con fines capitalistas e imperialistas para renovar su dictadura social.
Para superar la espontaneidad, los límites y las contradicciones de las revueltas actuales y transformarlas así en fuerzas dinámicas para la erradicación de las relaciones sociales capitalistas, es necesario organizar y reforzar el asociacionismo proletario, la constitución del proletariado como clase y como partido histórico de la revolución comunista mundial:
“Cuando hablamos de partido, no nos referimos, por supuesto, a las mafias y camarillas infames que llevan ese nombre, sino al partido histórico de la revolución, que no puede ser obra de ningún grupo o conjunto de grupos en particular, sino únicamente de la propia clase proletaria constituida como organismo social autónomo. Estamos lejos de creer que las debilidades actuales de la clase puedan ser corregidas artificialmente por una vanguardia revolucionaria que inyectara la conciencia desde el exterior. Por el contrario, nos reconocemos como parte del partido difuso de la subversión en el seno de la sociedad capitalista, y nuestra reflexión como una contribución, ciertamente modesta, a la constitución de la clase proletaria en partido histórico.”
“La teoría revolucionaria, la perspectiva del partido histórico de la revolución, tiene hoy una tarea titánica: producir la síntesis revolucionaria de nuestra época antes de que la degradación de las condiciones terrestres imponga —en una medida aún mayor que hoy— escenarios catastróficos para el conjunto de la especie. La amenaza de una carrera armamentística entre las potencias centrales del capitalismo mundial, la debacle ecológica y las revueltas en diferentes continentes son, hasta ahora, la tendencia de nuestro futuro inmediato.”
[Extractos de La democracia es el orden del capital / 2020]
A través de este nuevo número de nuestro boletín aperiódico, en los siguientes textos, intentamos, a nuestro nivel, concretar la constitución y el fortalecimiento de nuestra comunidad de lucha proletaria internacional e internacionalista. Reunimos aquí cuatro textos que analizan y/o destacan la importancia de las luchas actuales de nuestra clase. ¡Estos textos provienen de estructuras militantes que se organizan en tres continentes!
Esta materialidad trasciende también las separaciones burguesas entre “países centrales” del capitalismo y “países periféricos”… Parafraseando a Marx, quien al final de su vida cuestionó la concepción dominante y eurocéntrica de la revolución, podríamos evocar “la posibilidad de que la revolución comience primero en países periféricos, menos industrializados, con fuerzas productivas capitalistas aún limitadas, que presentan formas sociales “arcaicas”, antes de que llegue al centro”. Y no son las múltiples explosiones de ira proletaria en todo el mundo en los últimos años, en las últimas décadas, las que nos contradicen. Al contrario, estas nos animan a comprender que nuestra clase se organiza y es portadora de las determinaciones de la humanidad incluso en los lugares “menos desarrollados” —¡según los criterios infectos de la economía política burguesa!
¡A la identidad de la explotación, la identidad de la acción!
¡Los días malos terminarán!