Teoría de la decadencia, decadencia de la teoría. El peor producto del imperialismo: el antiimperialismo

Fuente en francés: Grupo Comunista Internacionalista, Le Communiste N°25, noviembre 1986

En el marco de nuestra crítica del “decadentismo” como conjunto de ideologías que camuflan/rompen el antagonismo histórico existente entre el proletariado y la burguesía, hemos querido abordar una de sus variantes defendida más particularmente por los izquierdistas (trotskistas, estalinistas, bordiguistas, maoístas…): la teoría del imperialismo como “fase superior del capitalismo”. No se trata de criticar el antiimperialismo como categoría de la economía política que conlleva el peligro de desviar a los proletarios del camino de la revolución, sino de ver en él una fuerza material que conduce a los trabajadores a su atomización, a su destrucción en las luchas competitivas entre facciones burguesas. Definir el imperialismo como la fase superior del capitalismo es, como todo decadentismo que se precie, provocar una ruptura en el programa del capital, tanto en el tiempo como en el espacio. Teorizar una fase imperialista en el desarrollo del capital, proponiendo asumir “nuevas” tareas justificadas por la apertura de un “nuevo” período, es sobre todo respaldar la “antigua” práctica… En 1914, los socialdemócratas más radicales, ante la existencia del programa contrarrevolucionario de la II Internacional, quieren “empezar de cero”, pero sin hacer balance de los años anteriores, sin someter a escrutinio crítico su propia actividad dentro de la organización contrarrevolucionaria. La mediación para evitar este balance crítico consistirá en la elaboración de una serie de tesis destinadas a mostrar que el capitalismo ha llegado a su “fase superior” para teorizar una nueva orientación en la asunción de las tareas del proletariado a partir del sacrosanto año 1914 o en torno a él: ¡por la revolución mediante la reforma (!) antes de 1914, por la revolución contra la reforma después de 1914! Los socialdemócratas pueden seguir reivindicando así el “glorioso pasado” de la II Internacional afirmando que el reformismo anterior a 1914 no era más que un medio para alcanzar el objetivo: el comunismo; pero la realidad es lo contrario de lo que parecía: el comunismo, como ideología, no era más que un medio para llevar a los obreros a cumplir los designios reformistas de la burguesía. No hacer esta crítica es no romper con la práctica socialdemócrata.

Rompimiento en el tiempo, pues, pero también rompimiento en el espacio: la lucha contra el imperialismo implica que hay países más imperialistas que otros. El antiimperialismo constituye así el sesgo por excelencia a través de la defensa del país más “débil”, de la nación más “oprimida”. De la lucha de clase contra clase, se pasa al frente interclasista para salvaguardar la nación “oprimida” por la “oligarquía financiera enemiga”, el nuevo deporte izquierdista que consiste en determinar, en cada guerra, cuál es la nación más imperialista. Sin embargo, no hay ninguna nación “más imperialista”, porque está en la esencia de todo nacionalismo soñar con convertirse en imperio. El imperialismo nunca es una cuestión de países. Toda nación es imperialista por definición. Los izquierdistas aprovechan una situación en la que uno de los competidores capitalistas se encuentra en una mala posición para engañar a los imbéciles con la guerra contra la nación “más agresiva”. Las facciones izquierdistas constituyen así el complemento perfecto de los nacionalismos “de derecha”; la trampa se cierra y los proletarios son enviados al matadero.

“El imperialismo, fase superior del capitalismo” es el libro de cabecera de los antiimperialistas: fue escrito por Lenin durante la Primera Guerra Mundial, en la primavera de 1916. Lenin se basó en el libro del economista inglés J. A. Hobson, que denuncia el imperialismo desde un punto de vista compartido por los socialistas y, más concretamente, por Hilferding. Los socialdemócratas mostraron abiertamente su naturaleza contrarrevolucionaria al llamar a la movilización militar de los obreros bajo “sus” respectivas banderas nacionales. Lenin pudo denunciar fácilmente la “actualidad” de la práctica socialdemócrata en 1914. Muy diferente era su comprensión de la naturaleza de clase histórica (ayer-hoy-mañana) de la II Internacional. Lenin, como la mayoría de los decadentistas, veía en la organización socialdemócrata la expresión de la lucha por la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores en el marco del desarrollo y el progreso capitalista. Los decadentistas no cuestionan este marco: para ellos, cuando reina la paz social, basada en la anterior opresión del proletariado y la fase de valorización del capital que le sigue, se trata de luchar por las reformas y es en este sentido que el parlamentarismo y el sindicalismo han podido encontrar, a sus ojos, una justificación histórica. Donde se diferencian las concepciones leninistas y decadentistas actuales es en la evaluación de la duración del período de decadencia después de 1914. Para Lenin, la fase superior del capitalismo, la etapa monopolista, significaba, en las condiciones que creaba para el comunismo, el colapso a corto plazo de toda la sociedad. Para él, el imperialismo expresaba el callejón sin salida del capitalismo:

“… hay que caracterizarlo [el imperialismo] como un capitalismo de transición o, más exactamente, como un capitalismo agonizante”. (Lenin, “El imperialismo, fase superior…”)

Lo que todos los izquierdistas teorizarán posteriormente es una ideología que no es más que una prolongación de las teorías de Lenin o, más exactamente, un desarrollo que conduce a los actuales andamios “antiimperialistas” con su séquito de apoyo a un bloque u otro, en definitiva, al “antiimperialismo” como estrategia de lucha contra los “grandes capitalistas”, es decir, al programa de reforma (armada o no) del capital basado en la polarización de los proletarios en bandos opuestos. Así pues, si bien la teoría de Lenin se distingue de la de los curas izquierdistas en la evaluación del período al que se refiere su libro, no es menos cierto que su visión general de la sociedad como justificación de su práctica sentó las bases para las elucubraciones posteriores de los “pequeños burócratas rojos”. A su manera, Lenin expresa la continuidad socialdemócrata. A través de su denuncia del fracaso de la II Internacional, considera la práctica belicista de la Internacional Socialdemócrata como una traición y es precisamente por eso que se abstiene de criticar el origen y la naturaleza burguesa de la socialdemocracia. Critica las consecuencias y no la esencia de la práctica de la organización reformista; se niega a ver en ella el desarrollo del aparato político de la clase dominante en un período en el que predomina la represión de las luchas y en el que el reformismo rima con progresismo y positivismo, como ideologías vinculadas a una fase de expansión del capital. Los libros son producto de la historia en el sentido más general del término, pero a menudo también justifican la pequeña historia de su autor; la teoría del imperialismo de Lenin no es más que un intento de justificar bajo otro color (¡antiimperialista!) el nacionalismo, la guerra, el reformismo… la desaparición del proletariado como sujeto de la revolución. Una vez establecido que la base de las argucias teóricas de Lenin, Hilferding, Kautsky, Luxemburgo… se sustenta en su práctica socialdemócrata de “izquierda”, queda por examinar y criticar —para destruir— las categorías y principios eco-políticos que todos los izquierdistas utilizan hoy en día para reclutar a los proletarios en guerras cada una más nacionalista que la anterior.

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La ideología lenino-decadentista se basa en una visión fija de las tendencias contradictorias del desarrollo capitalista. Lenin observa una fase de mayor concentración del capital combinada con una mayor tendencia a la formación de monopolios, pero convierte un momento determinado, al eliminar la competencia como tendencia contradictoria a esta formación, en una ley general del desarrollo posterior del capital. Anuncia así el colapso catastrófico del capitalismo sobre la base de un fenómeno permanente (pero momentáneamente más marcado) de contradicciones entre valorización y desvalorización, y esta etapa imperialista debe entonces determinar un camino revolucionario en oposición a las prácticas reformistas justificadas por la “fase progresista” del capital. El imperialismo es denunciado como el límite extremo del capitalismo considerado “económicamente” y, como buen dicotomizador, Lenin nos ofrece el equivalente “político” de este límite: El oportunismo, como actitud política errónea de los dirigentes de la II Internacional. Todo este troceamiento se completa con la base “sociológica” que el autor pretende dar a este oportunismo político: los aristócratas obreros, esa “capa privilegiada del proletariado de las potencias imperialistas [que] vive en parte a expensas de cientos de millones de hombres de los pueblos no civilizados” (Lenin, “El imperialismo y la escisión del socialismo”, octubre de 1916). Toda la tesis política de Lenin se basa en una concepción del comunismo vinculada a la de la socialdemocracia, que veía en la socialización capitalista del modo de producción un paso hacia el socialismo y en el progreso, la ciencia y el desarrollo capitalista, el camino que conduce directamente a la sociedad sin clases. Para Hilferding —el socialista en quien Lenin se basó en gran medida para sustentar sus tesis—, la tendencia monopolista podía conducir a la constitución de un cartel general capaz de regular conscientemente toda la producción capitalista y superar así la “anarquía” del modo de producción; esta hipótesis conduce, por supuesto, en su visión de un progresismo perpetuo, a hacer superflua la solución revolucionaria de las contradicciones del orden social existente y a permitir la transición pacífica al socialismo. Una vez más, sin cuestionar en absoluto las bases reformistas y, por tanto, las implicaciones políticas de tal hipótesis, Lenin se limita a proponer una versión de izquierda en la que, tras la descripción de la agonía del capital, el estancamiento del progreso, la putrefacción de la sociedad… se esconde la apología del desarrollo y la socialización del modo de producción capitalista. Lenin no critica el progreso, sino el estancamiento del progreso. Así, existe una continuidad real entre Hilferding, que describe el “capitalismo organizado” como la primera etapa del socialismo, y la descripción leninista de la etapa monopolista del capital como antesala y condición para la transición al socialismo.

“En otras palabras, el antiguo capitalismo, el capitalismo de libre competencia […] desaparece para siempre. Le sucede un nuevo capitalismo, que presenta elementos evidentes de transición, una especie de mezcla entre la libre competencia y el monopolio. Se plantea una pregunta: ¿hacia dónde tiende esta “transición” que constituye el capitalismo moderno?” (Lenin, “El imperialismo, fase superior…”)

“Hacia el socialismo”, responde el propio Lenin, porque “el imperialismo ha […] creado objetivamente todas las condiciones previas para su realización” (Lenin, “La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación”, enero de 1916)1. Su visión de un socialismo permitido y facilitado por el “fortalecimiento del carácter monopolista del capital”, por la “socialización de los medios de producción”, por la fuerza del progreso y la ciencia burguesa, le llevará —cuando la insurrección proletaria haya vencido momentáneamente en Rusia [¡sic! GdC]— a aplicar en la práctica esta falta de ruptura con los proyectos reformistas del capital: la generalización de la insurrección se vio frustrada (entre otras cosas) por los siniestros acuerdos de Brest-Litovsk, Lenin abogará por el desarrollo de un “capitalismo de Estado al servicio del pueblo”, tomando más concretamente a Alemania como ejemplo de desarrollo económico que, por su alta tecnicidad y solidez, ofrece todas las garantías para una rápida transición al socialismo.

“Para aclarar aún más la cuestión, citaremos en primer lugar un ejemplo concreto, si es que lo hay, de capitalismo de Estado. Este ejemplo lo conoce todo el mundo: es Alemania. Aquí encontramos la “última palabra” de la técnica moderna de la gran industria capitalista y de una organización metódica subordinada al imperialismo de la burguesía y los terratenientes. Elimine las palabras en cursiva y sustituya el Estado militar, el Estado de los terratenientes, burgués e imperialista, por un Estado también, pero de un tipo social diferente, de otra naturaleza de clase, el Estado soviético, es decir, proletario, y obtendrá la suma de todos los factores que ofrece el socialismo.” (Lenin, “Sobre el impuesto en especie”, 1921)

Insistir en definir el capital como “monopolista” y ver en esta calificación ideológica el paso que nos acerca al socialismo no es más que una forma de camuflar, tras una nueva categoría de la economía política, la apología… del capital, ¡y punto! Al ver en el llamado capital “monopolista” la antesala del comunismo, tanto en sentido negativo —porque la tendencia al monopolio haría superflua la competencia y provocaría, por tanto, el colapso catastrófico del capital— como en sentido positivo —porque los avances tecnocientíficos y la socialización de los medios de producción llevada a cabo por el capital facilitarían la comunización del mundo, Lenin confunde la incapacidad crónica del capital para gestionarse a sí mismo… ¡con la revolución proletaria! Para los comunistas, el desarrollo de las fuerzas productivas y las dificultades de gestión del capital no son más que condiciones para la revolución; el único factor revolucionario, el único verdadero sepulturero de esta sociedad de momias, el único portador del colapso catastrófico del capital es el proletariado en acción. El progreso capitalista no es más que el progreso de la civilización, de la transformación cada vez más terrorista de los hombres en ciudadanos. El progreso y la ciencia nunca tienen como objetivo el desarrollo de la humanización de la sociedad; el progreso y la ciencia tienen como motor la valorización, cada avance científico, cada progreso adicional, encadenando cada vez más al hombre al trabajo en el sentido de la reforma/mantenimiento perpetuo del sistema asalariado. La burguesía solo concede el progreso sabiendo que con ello gana la posibilidad de controlar cada vez más las veleidades de lucha de los proletarios. La ciencia y el progreso no tienen nada que ver con el conocimiento y el avance consciente de la sociedad. Al igual que la religión y la reacción, la ciencia y el progreso son el terror blanco, anticomunista. Lenin nunca logró comprender y actuar en el sentido de la brecha, de la ruptura, existente entre la lucha por el comunismo y el desarrollo del progreso capitalista. No tuvo que esperar a introducir el sistema Taylor para convencerse de la validez de la ciencia y el progreso burgueses; en 1905, se expresaba en estos términos:

“Pero nosotros, los marxistas, debemos saber que no hay ni puede haber para el proletariado […] otro camino hacia la verdadera libertad que el de la libertad burguesa y el progreso burgués”. (Lenin, “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”)

Lenin y todos aquellos que, independientemente de su tendencia (maoístas, bordiguistas, trotskistas, humanistas, fascistas…), le veneran y le santifican como un viejo intocable, nunca han entendido que al apoyar el capitalismo oponiéndose a un periodo de su desarrollo frente a otro, oponiéndose al progreso y la putrefacción, ascendencia y decadencia, nacimiento y obsolescencia, determinando tareas particulares antes y después del “año 1914”, no hacían más que justificar y, por lo tanto, participar en toda una parte del trabajo de reforma del capital. “Romper” organizativa y formalmente con la socialdemocracia sin hacer un balance crítico programático del pasado conceptual en el que se basa esta ruptura, es dejar entrar por la ventana las debilidades que creemos haber echado por la puerta.

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En la definición del imperialismo como la fase superior del capitalismo, y en las nuevas tareas políticas que asigna a los revolucionarios de este período, Lenin expone y justifica a priori los límites que los bolcheviques manifestarán exponencialmente en la organización de la continuidad de la lucha revolucionaria, una vez consumada la insurrección.

“[Debemos] dar una definición del imperialismo que englobe los cinco caracteres fundamentales siguientes:

1. Concentración de la producción y del capital que ha alcanzado un grado de desarrollo tan elevado que ha creado los monopolios, cuya función es decisiva en la vida económica; […]” (Lenin, “El imperialismo, fase superior…”).

Para Lenin, el papel decisivo que desempeña el monopolio determina una etapa particular del capitalismo: la que conduce a su fin catastrófico. El “nuevo” capitalismo se opone a la época anterior en que tiende a negar por completo la libre competencia, característica específica del “viejo capitalismo”.

“El antiguo capitalismo ha llegado a su fin. El nuevo constituye una transición. La búsqueda de “principios firmes y un objetivo concreto” con el fin de “conciliar” el monopolio y la libre competencia es, evidentemente, un intento condenado al fracaso”. (Lenin, “El imperialismo, fase superior…”)

“Inconciliación” y “cesura” son las palabras que Lenin utiliza para describir la relación entre la “época de la libre competencia” y la “etapa monopolista”. El error es sobre todo metodológico: Lenin toma una tendencia predominante en un momento dado del desarrollo capitalista y la transforma en una ley constante e incontradictoria, que determina unilateralmente el futuro de la sociedad: “la competencia se ha transformado en monopolio”, y esto es lo que debe determinar (¡con la ayuda del proletariado después de todo!) el colapso del sistema. Pero oponer unilateralmente el monopolio a la competencia es olvidar que la competencia es el motor de la valorización… ¡y por tanto de la tendencia al monopolio! Ver la tendencia al monopolio como estado supremo del desarrollo capitalista es ver el imposible devenir del capital mediante la eliminación de su contradicción, de su movimiento. Kautsky describió vulgarmente esta utopía: el ultraimperialismo – ¡la “fase superior” del capitalismo! – haría posible el fin de las guerras mediante el reparto consciente y organizado de la explotación en todo el mundo, sobre la base de un “monopolio universal”, un “trust mundial único”. Lenin criticó esta visión desde un punto de vista de izquierdas, es decir, sin salir del campo de la economía política. Kautsky se limitó a expresar la consecuencia del desarrollo capitalista sin contradicción a la inversa: para él, el monopolismo conducía a un capitalismo que había dominado perfectamente la “anarquía de la producción” y para Lenin, esta misma tendencia suave hacia el monopolio conducía al hundimiento fatal del sistema. Detrás del optimismo o pesimismo de las consecuencias previstas, Kautsky y Lenin manifiestan la misma incomprensión de la relación entre la interacción de la competencia y la tendencia al monopolio. Si la competencia conduce efectivamente a la concentración de la producción eliminando a los más débiles, el propio movimiento de concentración tiende a ser negado cada vez más por la competencia. Por tanto, la tendencia al monopolio es siempre relativa. La concentración del capital a finales del siglo XIX y principios del XX correspondió a la creación de sociedades anónimas, donde una nueva fragmentación de la propiedad dio lugar a otros niveles de competencia. Por lo tanto, es completamente absurdo decir que “la competencia se ha convertido en monopolio”, porque si bien la creación de enormes empresas que detentan en un momento dado el monopolio de la producción o de la distribución en un sector determinado es un hecho evidente, ¡es igualmente cierto que la mayoría de estos “monopolios” y los acuerdos entre capitalistas que los sustentan no son eternos y evolucionan a través de nuevos datos, nuevos mercados, poniendo en tela de juicio los acuerdos anteriores, exigiendo nuevos contratos y, por lo tanto, exacerbando la competencia entre capitalistas! Como señala Marx en “La miseria de la filosofía”, el monopolio y la competencia no se excluyen mutuamente:

“En la vida práctica, no sólo encontramos competencia, monopolio y su antagonismo, sino también su síntesis, que no es una fórmula, sino un movimiento. El monopolio produce competencia, la competencia produce monopolio. Los monopolistas se convierten en competidores, los competidores se convierten en monopolistas. […] La síntesis es tal que el monopolio sólo puede mantenerse pasando continuamente por la lucha de la competencia”.

Esta competencia existe a todos los niveles: entre monopolios del mismo o de diferentes países, dentro de los propios monopolios… Todas las teorías sobre el imperialismo, retomadas con algunas variantes por todos los antiimperialistas contemporáneos, tienen en común la interpretación de una tendencia a la concentración de las empresas del mercado como una evolución irreversible hacia una única forma de organización económica: el monopolio. Pierden de vista al único factor revolucionario de la sociedad, el proletariado, y “compensan” esta marginación de las fuerzas subversivas creando una nueva categoría de economía política: el monopolismo, como fuerza “decadente” que empuja al capital a su propia ruina. Los izquierdistas no sueñan: saben que el capital nunca se derrumbará por el hecho “metafísico” de sus propias contradicciones. Los miles de trapos maoístas que resurgen cada vez que estalla la lucha de clases para explicar en términos didácticos el derrumbe inmanente del sistema capitalista, utilizando el pensamiento de “Mao Tse Tung”, tienen la única función de confinar y desviar las tareas históricas del proletariado hacia la inmediatez y la concreción del reformismo. A través de la apología que hacen de las teorías de la etapa final y agonizante del capital, en su “compendio ciudadano” donde se seleccionan las mejores perlas de Lenin (¡gracias por el trabajo!), los izquierdistas alientan tanto más las revueltas por la lucha final… inmediatamente como hacen la tumba de la revolución por el desaliento que sólo puede resultar de las mañanas cantarinas de los revoltosos demasiado crédulos. El proletariado no dejará que los sacerdotes izquierdistas y ultraizquierdistas le hagan creer en su santa decadencia y es al calor de la lucha de clases, mediante la huelga armada y la organización de la subversión que sacudirá, con la policía izquierdista, las categorías económicas, los principios filosóficos, los dogmas religiosos y demás leyes científicas. La única función de todo este batiburrillo ideológico burgués es intentar convencer al proletariado, mediante un burdo determinismo, del carácter irreductible del “destino” de la sociedad y hacerle olvidar que, en definitiva, ¡la revolución será ante todo lo que el proletariado haga de ella!

“2. La fusión del capital bancario y el capital industrial, y la creación, sobre la base de este “capital financiero”, de una oligarquía financiera […]” (Lenin, “El imperialismo, fase superior…”).

También aquí, obligado a toda costa a encontrar elementos que le permitieran delimitar “la época del imperialismo” de “la época que la precedió”, Lenin fue a pescar un hallazgo en Hilferding: el capital financiero. Lenin utiliza esta nueva categoría de la economía para explicar la dominación del dinero sobre el mundo… sin ver que esta concentración del dinero, como factor de dominación, ha reinado contra el hombre desde los orígenes del intercambio comercial y que la comunidad del dinero existía mucho antes de que el capital existiera como comunidad mundial. El hecho de que esta dominación del género humano por las relaciones mercantiles se desarrolle exponencialmente no constituye un cambio cualitativo en la naturaleza de esta dominación y, por lo tanto, no justifica en modo alguno nuevas tareas para la organización de la lucha contra la dictadura capitalista.

En cuanto a la oligarquía financiera, esta visión de un pequeño grupo de capitalistas que son económicamente superpoderosos y que determinan el curso social y político de la “nación” corresponde bien a la visión materialista vulgar del capital de Lenin. El capital es visto como una suma de máquinas, hombres, cosas, valor… y no como una relación social. Los burgueses no son entendidos como personificaciones objetivadas por la relación social capitalista, como gestores de un sistema social que los domina, sino como malvados amos que dirigen conscientemente el mundo hacia su ruina y dictan sus siniestras voluntades a marionetas políticas, con todo lo que ello implica en términos de visión moralizante y gerencialista de la realidad. Definir a los capitalistas monopolistas como los nuevos reyes del mundo (económico), que imponen sus leyes a los dirigentes políticos, es una vez más introducir una dicotomía en la interdependencia e interacción perpetuas de las diferentes funciones de gestión de la relación social capitalista. Lenin adopta una visión unilateral de las relaciones de influencia entre lo que él llama las “oligarquías financieras” y las llamadas “esferas políticas”, y no ve la interpenetración cada vez mayor de intereses entre las empresas y el gobierno. No hay “nuevos” capitalistas, como tampoco hay nuevos capitalismos. Esta concepción rotundamente sociológica de la realidad tiene obviamente mil implicaciones: denuncia a la “oligarquía financiera” como responsable de la miseria de los trabajadores. Reduce la lucha por la destrucción del capital como relación social a un problema de gestión del capital: los izquierdistas actuales han actualizado el tema llamando a los trabajadores a denunciar a las “100 familias más ricas” de cada país como responsables de la “desigualdad económica”. Los bolcheviques también tuvieron su versión política: su eslogan durante las manifestaciones que precedieron al levantamiento de octubre era: “abajo los 10 ministros capitalistas”… como si una vez abajo, el dinero fuera a ser abolido. Estamos convencidos de que las “100 familias” y los “10 ministros” bloquearán el camino hacia la organización de una sociedad sin clases. Pero la esencia de la dictadura del capital no puede resumirse en algunos de los que la personifican: el Estado burgués expresa ante todo la dominación del valor, como ser profundo de la sociedad, determinando la organización de la burguesía en fuerza. Es la ley del valor la que hay que destruir, y para ello no basta con denunciar a sus gestores, como tampoco basta con sustituirlos por “revolucionarios” u “obreros”, por muy convencidos que estén de la validez de sus intenciones, porque estos últimos, con la simple ocupación del Estado, sólo estarían obedeciendo los mandatos de la clase que se ha organizado en él, y en última instancia sólo le estarían dando un espaldarazo más radical. Destruir el Estado burgués es la única perspectiva revolucionaria, y no tiene nada que ver con los problemas de la correcta o incorrecta distribución de la riqueza. Destruir el Estado sólo puede significar organizar la destrucción del valor mediante la abolición progresiva del trabajo asalariado. El proletariado ataca realmente al Estado cuando introduce esta perspectiva en su lucha, cuando va a la huelga sin tener en cuenta la economía nacional (es decir, saboteándola) y cuando se niega a alimentar al capital con su fuerza viva; en ese momento, tiemblan todos los cimientos de la sociedad capitalista, desde las “100 familias” hasta los sindicalistas y los izquierdistas, pasando por todas las fuerzas que intentan mantener en pie el Estado burgués. Luchando fuera y contra todas las estructuras del Estado, atacando el intercambio comercial, enfrentándose a todas las fracciones burguesas que defienden la economía nacional, el proletariado rompe la cuerda en la que los izquierdistas pretenden mantenerlo, la de una mejor gestión del trabajo y una distribución más justa de su producto. Las propias necesidades de la lucha dejan claro que el proletariado no pretende eliminar a unos cuantos defensores del trabajo asalariado, ¡sino abolir el propio trabajo asalariado!

“3. La exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, asume una importancia especial […]” (Lenin, “El imperialismo, fase superior…”).

Al caracterizar el “viejo capitalismo, en el que reinaba la libre competencia” por “la exportación de mercancías” y el “nuevo” capitalismo “en el que reinan los monopolios” por “la exportación de capital”, Lenin no hace más que proseguir su incansable búsqueda de novedades propias de la época del imperialismo y que, en definitiva, no hacen más que idealizar el pasado, el siglo XIX, para disfrazar mejor así el contenido invariable de la autoorganización proletario-burguesa. Sin embargo, todo el proceso de generalización del desarrollo capitalista al mundo entero demuestra que el capital es imperialista en esencia: la atracción del valor hacia lugares donde las posibilidades de valorización son más fuertes es una característica permanente del capital. El valor, como la naturaleza, aborrece el vacío: invierte allí donde las condiciones de valorización del nuevo capital obtenido parecen más atractivas. Esta tendencia a ampliar el capital inicial, esta tensión hacia el monopolio (¡y la competencia que conlleva entre capitalistas!) ha existido siempre, y no es en absoluto característica de ninguna fase “progresiva” del capitalismo llamado “de libre cambio”. El capital nunca se ha desarrollado en un país y luego en el extranjero, hasta el punto de que es imposible definir el capital desde un punto de vista nacional, aunque las contradicciones entre capitalistas competidores lleven a los gobiernos “nacionales” a defender a unos u otros con medidas proteccionistas destinadas a reprimir la expansión “natural” del gran capital. Por tanto, la exportación de capital no caracteriza otra cosa que… ¡el desarrollo del propio capital desde su origen!

“Si el capital se envía al extranjero, no es porque sea absolutamente imposible emplearlo en casa. Es porque puede ser empleado en el extranjero a una tasa de ganancia más alta”. (K. Marx, El Capital III)2

La búsqueda de la ganancia siempre ha determinado al capital a expatriarse e invertir allí donde tiene más posibilidades de hacerse con ella. El capital siempre ha sido imperialista. Por su propia naturaleza, su terrorismo trasciende todas las fronteras nacionales.

“4. Formación de sindicatos monopolistas internacionales de capitalistas que se reparten el mundo,

5. Fin de la división territorial del globo entre las principales potencias capitalistas. […]” (Lenin, “El imperialismo, fase superior…”)

La propia historia ha decidido la cuestión: la formación de monopolios capitalistas que se reparten el mundo ha dado lugar a nuevas guerras entre los distintos monopolios y, por tanto, a una redistribución del capital entre las distintas fracciones capitalistas, grandes o pequeñas. Una vez más, no podía ser de otro modo, porque la fuerza motriz de la concentración capitalista es la competencia, y las necesidades del capital son insaciables. Fijar el desarrollo del capital en lo que Lenin llamó su “fase superior” – el imperialismo – es implicar la necesidad de una lucha contra, y por tanto también entre, las grandes potencias. Tal concepción expresa implícitamente la transición de la lucha de clases contra clases al apoyo a la guerra, de nación contra nación. El libro que Lenin y todos sus apologistas izquierdistas contemporáneos nos presentan como una obra de divulgación no es otra cosa que una autojustificación de su cambio de posición sobre la guerra y la lucha de clases. Es bastante notable que haya conseguido escribir un libro que trata del desarrollo del capitalismo y de su catastrófico final sin mencionar ni una sola vez al proletariado. Toda su tesis parece ser una justificación de la desaparición del proletariado como sujeto de la revolución, que dependería entonces del estado de fuerzas del enemigo, de su política económica y de su economía política. Lenin identificaba el proletariado con los obreros civilizados de los grandes centros industriales europeos, el comunismo con la nacional-socialización de los medios de producción, la revolución… a una paz sin anexión; al exigir una paz “justa”, lo que se propone es simplemente la paz imperialista, es decir, una paz blanca, que deja a cada nación, sobre la base de las ruinas causadas por la guerra, las mismas posibilidades de “reconstruir el país” – con lo que quiere decir explotar al proletariado –; del mismo modo, la consigna del “libre derecho de las naciones a la autodeterminación” no es otra cosa que la exigencia de la posibilidad de que cada grupo capitalista particular explote libremente a “sus” proletarios. Antes de ser completamente “estalinizado”, Radek, en 1907, había defendido frente a Lenin la única posición de clase sobre la cuestión nacional: había recordado que, frente a cualquier posición favorable al establecimiento de nuevos puestos fronterizos bajo el pretexto de la autodeterminación nacional, la única consigna aceptable seguía siendo para el proletariado: “¡Abajo las fronteras!” Imaginar “el fin de la división territorial del globo entre las mayores potencias capitalistas” es negar la competencia, el movimiento de los polos de concentración del capital, la lucha de clases… el imperialismo, es decir, el deseo permanente de cada agrupación de capitalistas de extender sus fronteras y su poder económico más allá de los límites fijados por las guerras anteriores. Es absurdo fijar como definitiva la última división alcanzada por los capitalistas carnívoros. El capital está en movimiento: se desplaza, invierte y concentra en función de las posibilidades de valorización existentes. Las grandes potencias sólo siguen siendo poderosas mientras consiguen mantener una tasa de beneficio lo suficientemente elevada como para seguir favoreciendo su expansión, ¡su imperialismo! El capital, por muy fuerte que sea, si no puede invertirse en el lugar y el momento adecuados, se hundirá tan rápidamente como creció. Incapaz de invertir en un mercado, incapaz de desarrollar las fuerzas productivas para promover la creación de valor, el capital se desplaza y se va a otra parte a esparcir el macabro olor del dinero. Así es como el capital fue capaz de convertir Portugal en un desierto económico, a pesar de ser una de las mayores potencias de los siglos XV y XVI, y cómo, por otro lado, ¡construyó la poderosa fracción capitalista israelí sobre un desierto! Convertir un desierto en un punto de concentración/centralización del capital y transformar una potencia económica en ruinas es la realidad perpetuamente cambiante a la que la implacable ley del desarrollo del valor somete al mundo. Defender y apoyar a los “pequeños países capitalistas” aplastados por los “mamuts imperialistas” no es otra cosa que el reforzamiento del capital como relación social mundial. El proletariado no tiene cabida en el campo de la competencia capitalista; apoyar a una camarilla de explotadores que está recibiendo una paliza de otros capitalistas más fuertes… es sobre todo apoyar su propia explotación como clase, aunque la lleven a cabo “pequeños” patronos. Tiempo han tenido los proletarios de Nicaragua para darse cuenta de ello, ellos que, habiéndose comprometido en la lucha librada por la fracción burguesa opuesta a Somoza, pagan hoy sus errores sometidos más que nunca al terror de los nuevos generales “rojos” llegados al gobierno y que, como recompensa, les han ofrecido (además de fotos de Sandino y banderas rojas) sábados de trabajo voluntario para reconstruir el “país”, “la patria o la muerte”… La competencia entre capitalistas no es el terreno de la lucha de clases. Pero los antiimperialistas tienen una concepción bastante peculiar de la competencia: sólo hablan de competencia cuando las distintas fracciones en lucha parten de una relativa igualdad de oportunidades, y si no es así, ¡el conflicto intercapitalista será descrito como un fenómeno de dominación de un país sobre otro, como una opresión nacional que sufre todo un pueblo y que, por tanto, determina tareas específicas para el proletariado local! Se ha conseguido el truco: sin negar la existencia de la competencia intercapitalista, en la que el proletariado no está más obligado a apoyar a un bando que al otro, ¡la participación de los trabajadores en la guerra se aplaza a los conflictos en los que la desventaja flagrante de un competidor sobre el otro implicaría el apoyo proletario! Según las ideologías, las distintas sectas antiimperialistas presentan este apoyo como más o menos crítico, momentáneo, táctico… y que, una vez establecido el nuevo poder, el proletariado puede reanudar su lucha autónoma contra el explotador. ¡Las innumerables guerras de liberación han demostrado prácticamente que, una vez instaurada la nueva organización del Estado capitalista, los proletarios enrolados en el campo progresista son incapaces de hacerle frente, sometidos como están a la ideología antiimperialista y al terror que ahora les obliga a trabajar en la reconstrucción de “su” “nueva” economía nacional de mierda!

¡Todas las guerras son contra el proletariado! Sean cuales sean los mártires que los izquierdistas intentan hacernos llorar para que nos adhiramos a su santa causa (Allende, Romero, Sandino, Lumumba, Aquino, Ali Bhutto, etc.), cada vez se trata de enviar a los trabajadores a luchar entre sí por intereses que no son los suyos. Argelia, Vietnam, Nicaragua, Angola, Zimbabue, Camboya, Portugal, Filipinas… son todos ejemplos de guerras de liberación nacional que condujeron a la instauración de nuevos regímenes rojos que aterrorizaron al proletariado y se beneficiaron también del maravilloso pretexto del chantaje: ¡si no marchas de la mano de la “democracia popular”, luchas “contra el socialismo”! ¿Quién puede nombrar una guerra de liberación nacional en la que el proletariado haya ganado algo? Hacer del antiimperialismo una cuestión aparte sólo puede llevar a los trabajadores a arrojarse a las fauces de los lobos nacionalistas. ¡Muerte a los izquierdistas!

Antiimperialismo: ¡el peor producto del imperialismo!

El imperialismo existe desde el nacimiento del intercambio y la aparición de las sociedades de clases. El deseo de los propietarios privados de conquistar las riquezas de los propietarios vecinos es inherente a la existencia y al desarrollo del dinero. El imperialismo no es en absoluto una característica particular del capitalismo; el capital no ha hecho más que generalizar la voluntad brutal del valor de valorizarse y de invertirse por todos los medios allí donde su dictadura puede ejercerse en su mayor provecho. El imperialismo no es un vicio del capital, como tampoco es una manifestación desagradable de los excesos de algunos de sus gestores más crueles. Si no lo restringimos a una categoría de la economía política, el imperialismo expresa la esencia capitalista en cuanto es competencia despiadada entre capitales, y la competencia es el motor sustancial de la valorización, su modo de vida.

“Conceptualmente, la competencia no es otra cosa que la naturaleza interna del capital, su determinación esencial que aparece y se realiza como la acción recíproca de diferentes capitales; es la tendencia interna del capital que aparece como una necesidad externa”. (Karl Marx, Grundrisse I)

La naturaleza global del capital significa que es directamente imperialista. El mercado mundial es el campo de expansión del capital y al mismo tiempo su límite; las guerras que tienen lugar en este marco expresan la voluntad de expansión y valorización de los diferentes capitales, al mismo tiempo que intentan esencialmente destruir al proletariado como único límite revolucionario al desarrollo, imperialista en todo caso, del capital. El antiimperialismo, tal como lo conceptualizan tanto los liberales como los izquierdistas, se limita a una crítica de la competencia cuando uno de los protagonistas se encuentra en una relación de fuerzas excesivamente favorable. El antiimperialismo aparece entonces como la justificación ideológica del competidor aplastado, ¡para disfrazar mejor el aplastamiento del proletariado en y por la relación bélica de todos los burgueses en guerra, sean o no de igual fuerza! La izquierda y la derecha burguesas cierran su trampa empujándonos a elegir entre los dos bandos capitalistas. Pero entre dos bandas, no hay “mal menor”; ¡el capital débil (oportunamente “antiimperialista”) sigue siendo el asesino del proletariado! Lo peor, entre dos bandos burgueses… ¡es elegir uno! Todo el antiimperialismo se resume en la transferencia perpetua de la contradicción entre clases a la contradicción entre bandas nacionalistas; la crítica antiimperialista refuerza y apoya el predominio de la contradicción interburguesa para lograr mejor la atomización/destrucción del proletariado en y por la guerra, nación contra nación. Los antiimperialistas ocultan, con el “rojo” de su discurso, la única perspectiva proletaria frente a la guerra: el derrotismo revolucionario.

El antiimperialismo parte de una crítica reformista, armada o no, de los excesos del capital: no luchamos para destruir una u otra de las manifestaciones más brutales del infierno capitalista, sino contra la relación social que le es inherente, contra la explotación del proletariado por el Estado burgués global, contra la ley terrorista del valor. Imperialismo y antiimperialismo son los pechos derecho e izquierdo del capital. Es su intento de mantener las críticas que se le hacen en el marco del perpetuo desarrollo/mantenimiento de la esclavitud asalariada. Al imperialismo, el capital “opone” el marco de su propia alternativa y propone sus propias categorías eco-políticas para comprenderlo y reformarlo. A los fascistas, a los proteccionistas conservadores, a los halcones, a los imperialistas, a los reaccionarios… el capital les devuelve la imagen invertida pero tristemente complementaria de sus palomas baladoras, de sus humanistas cínicos, de su progresismo pragmático, en definitiva… de sus policías de izquierdas. La crítica reformista de los excesos del capital se ha afirmado en mil y una teorías, cada una tan obsoleta como la anterior. El antiimperialismo, como categoría de la economía política, encuentra su fundamento en Sismondi. Para él, la competencia no conduce al equilibrio y al bienestar, sino que provoca la miseria de la superproducción. Dado que el capital sólo se concentra e invierte en ciertos lugares muy concretos del mundo, esta “distribución desigual de la riqueza” conduce al subconsumo, que es a su vez la causa de la sobreproducción. Sismondi es el fundador de este concepto de intercambio desigual, muy extendido hoy en día y que pretende dar a entender que los proletarios de los países donde se concentran enormes cantidades de capital explotan a los proletarios de los países “subdesarrollados” mediante el mecanismo del llamado intercambio desigual. Los tercermundistas y los antiimperialistas son los principales defensores de esta tesis. “Olvidan” dos cosas: que las mercancías se venden siempre a su valor, es decir, en relación a la cantidad de trabajo abstracto, social, humano, cristalizado en ellas, y que es el mercado mundial el que abstrae las cantidades de trabajo fijadas concretamente en una mercancía dada.

Los antiimperialistas “modernos” han retomado las teorías de Sismondi y las han aplicado a lo que denominan “capitalismo desarrollado”: la distribución desigual y la acumulación cada vez mayor de capital provocan una caída de la demanda y del ritmo de expansión del capital; como ya no hay consumidores solventes, surge el imperialismo como manifestación del deseo de conquistar nuevos mercados. Todo este revoltijo ideológico, este escombro para izquierdistas en busca de ideologías, se basa en concepciones que, como hemos visto a lo largo de este texto, se limitan a una crítica del capital en y para la defensa de las relaciones de producción capitalistas. Detrás de sus críticas sensibleras o armadas contra la agresividad del capital, los izquierdistas guían a los proletarios hacia las trincheras, reforzando así la presión de las armas apuntadas a sus espaldas por la gendarmería. Atrapados en estas tenazas, los obreros sólo tienen una perspectiva: volver las armas contra todos sus enemigos, lleven uniforme o se disfracen de “comunistas”. El antiimperialismo no es una guerra contra la guerra, sino otra forma de participar en la guerra imperialista.

Decadentismo: ¡la enfermedad senil de la socialdemocracia!

“El movimiento zimmerwaldista ya había afirmado que la crisis mundial estaba determinada por el imperialismo y había explicado que “imperialismo” significaba el período histórico de los monopolios nacionales e internacionales, que imperialismo significaba exactamente la superación de la libre iniciativa individual. Todo el movimiento que siguió y culminó en la formación y expansión de la Internacional Comunista se funda en esta tesis primordial, el carácter económico de un valor esencialmente marxista. Si no se acepta esta tesis, no se puede pertenecer a la Internacional, no se puede ser ni comunista ni revolucionario. La afirmación de esta tesis es la afirmación de la existencia, a escala mundial, de las premisas económicas, de las condiciones objetivas necesarias e indispensables para el advenimiento del comunismo. […] Los capitalistas quieren deshacer la organización social nacida de la fase imperialista en la medida en que contiene el impulso vital hacia el comunismo”. (Gramsci, “La derrota” en “L’Ordine Nuovo”, 5 de abril de 1921)

Esta perla decadentista de Gramsci evoca aquí las concepciones de Lenin sobre el imperialismo, repitiendo de forma apenas más burda sus tonterías. En ella encontramos esa visión tan extendida en el seno de la socialdemocracia, de un capitalismo que ha permitido actualizar “las condiciones objetivas indispensables para el advenimiento del comunismo”. La revolución ya no es más que una cuestión “subjetiva”. La conquista (armada o no) del poder por parte del “partido” y la gestión del modo de producción existente por parte de los consejos obreros. El desarrollo de las fuerzas materiales de la humanidad pone cada vez más de manifiesto la horrible absurdidad de un mundo cada vez más incapaz de satisfacer las necesidades más elementales del ser humano, pero esta sociedad no se puede reducir al “objetivismo” gélido con el que los estalinistas nos describen sistemáticamente el desarrollo de las fuerzas productivas del capital. El comunismo pasa por la destrucción de las fuerzas “objetivas” capitalistas. ¡Estas últimas solo son “condiciones” para la revolución en términos de obstáculos! ¡El progreso burgués (que pasa, entre otras cosas, por el desarrollo de la capacidad productiva del capital) se opone al comunismo! Al defender el progreso burgués, incluso antes de 1914 (!), las diversas escuelas decadentistas caen inevitablemente en la apología del gestionismo, el progresismo, el gradualismo y el positivismo.

Al justificar la ruptura formal con la socialdemocracia basándose en un nuevo período que pone de manifiesto nuevas tareas – “por fin revolucionarias” (!) –, los decadentistas expresaron su apoyo al desarrollo del capital durante las largas noches de la contrarrevolución e impiden un balance real de la actividad revolucionaria de los años de pacificación social que precedieron a 1917-1921. Así, la burguesía pudo, con y gracias al respaldo prestado a la socialdemocracia, desarrollar su aparato político contra la guerra social. El control de los obreros combativos por parte de los reformistas destruye las veleidades del proletariado de organizarse como clase. En contra de los decadentistas de todo tipo, reafirmamos con fuerza que la ruptura en las tareas a las que se dedica el movimiento revolucionario no es más “periódica” que “geográfica”; es esencial y permanentemente social y programática. La lucha entre dos clases con proyectos y necesidades antagónicas induce una oposición, una guerra constante en la que, en ningún momento, ya sea en una fase revolucionaria o en un período de paz social, el proletariado tiene interés – desde su punto de vista – en apoyar una parte del programa de su enemigo: el progresismo burgués no es más que el progreso en la contrarrevolución. Las estructuras de control de los trabajadores establecidas por el Estado burgués, ayer, hoy y mañana, no pueden ser objeto de ningún tipo de apoyo (táctico, crítico o de otro tipo). A toda necesidad social – y la necesidad de lucha es para el proletariado una necesidad vital – corresponde la necesidad de que la burguesía responda a ella en su propio interés. Toda la fuerza del capital reside en haber sido capaz de recuperar y transformar los símbolos, las estructuras, las banderas, las consignas, las energías… revolucionarias, en su contrario. La necesidad de la burguesía de organizar la explotación y responder por todos los medios a la revuelta contra esta explotación es tan permanente como la propia revuelta. La socialdemocracia, creada en plena época de contrarrevolución, respondió de forma inmediata y sistemática a la obligación del capital de destruir la necesidad de lucha del proletariado encerrándolo en el sindicalismo y el parlamentarismo, reduciendo la “lucha” a la gestión inmediata, económica… de la fuerza de trabajo, empujando cada vez más a los obreros a las telarañas de la negociación y el compromiso con sus enemigos. La práctica reformista llevó a Bernstein a decir en voz alta lo que los socialdemócratas hacían “en voz baja”: el movimiento (reformista) lo es todo, el objetivo final (revolucionario) no es nada. Kautsky y, tras él, toda la vergonzosa camarilla reformista, al amenazar histéricamente con expulsar a Bernstein por sus “herejías”, no hicieron más que intentar ocultar la evidencia de la esencia contrarrevolucionaria del programa socialdemócrata. Por todas estas razones, los comunistas no pretenden ser parte de nada de lo que formó la base de la izquierda burguesa socialdemócrata, una falsa alternativa de “lucha” para trabajadores demasiado crédulos; afirman la continuidad del movimiento comunista en todo lo que ha roto con la práctica socialdemócrata y la reivindicación de una ruptura no puede reducirse a la vida política de tal o cual individuo o corriente política.

No se intenta explicar el origen de las rupturas de clase de los revolucionarios justificando a posteriori su lucha dentro de organismos contrarrevolucionarios (¡para luego justificar la práctica del propio organismo!). los comunistas no tienen ningún problema de “paternidad”, el apego a la “familia” revolucionaria es una forma de negar la impersonalidad del programa. El hilo histórico por el que circula la corriente comunista no es tanto una cuestión de “personas” como de organización formal, es una cuestión de práctica, y esa práctica es llevada a cabo unas veces por tal individuo y otras por tal organización. Dejemos, pues, que los decadentes seniles cacareen sobre sus árboles genealógicos, en busca de sus papás. ¡Ocupémonos de la revolución! ¡La socialdemocracia se constituyó como organización de defensa del trabajo asalariado con el pretexto de defender los salarios! Los comunistas no deben apoyar, en ningún lugar ni en ningún momento, el desarrollo del aparato político de la burguesía. Ya sea antiimperialista o luxemburguista, la teoría de la decadencia no es más que una ciencia burguesa que pretende justificar ideológicamente la debilidad del proletariado en su lucha por un mundo sin valor.

Traducción al español: Los Amigos de la Guerra de Clases

1 La cita exacta, al principio del texto, es la siguiente: “El imperialismo es la fase superior de desarrollo del capitalismo. En los países avanzados, el capital ha traspasado las fronteras de los Estados nacionales y ha sustituido la competencia por el monopolio, creando todas las premisas objetivas para la realización del socialismo”.

2 Esta cita aparece tal cual en el libro de Pannekoek, “La teoría del colapso del capitalismo”, 1934. La cita exacta es la siguiente: “Cuando se envía capital al extranjero, no se hace porque sea absolutamente imposible emplearlo en el país, sino porque se puede obtener una tasa de beneficio más elevada”. (K. Marx, El capital III)


Publicado el 28 de septiembre de 2025

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