Nuestro acto, organizado conjuntamente con “Encuentros contra la Guerra y la Paz de los Dominantes”, sobre el apoyo político a la deserción y el apoyo práctico a los desertores del frente ruso-ucraniano, tuvo lugar en uno de los pocos espacios ocupados que quedan y que han logrado resistir la ofensiva represiva del Estado griego. La asistencia fue numerosa y, en general, el evento logró su objetivo. Creó un espacio donde parte del entorno politizado y antiautoritario —aquellos que rechazan tanto los bandos imperialistas rivales como el llamamiento a ponerse del lado de Estados supuestamente “perjudicados” o de luchas de liberación nacional— pudo reunirse, y demostró que existe un interés real en construir un polo de rechazo a la guerra desde una perspectiva internacionalista.
Diríamos que el evento adquirió el carácter de una reunión preparatoria, que podría conducir a pasos más prácticos e intervenciones en el espacio público. Ese mismo día, mientras tanto, comenzaron los bombardeos sobre Irán y la guerra se intensificó aún más. Así pues, el evento quedó muy integrado en la propia coyuntura, y los acontecimientos desde entonces han avanzado rápidamente. Ya han comenzado a circular algunos llamamientos contra la guerra. Queda por ver si nuestra propia perspectiva —la perspectiva de un rechazo internacionalista proletario de todas las guerras, ya sean calificadas de “defensivas” u “ofensivas”— encontrará también una expresión pública, y esto se decidirá en la práctica.
El contenido del evento no solo provino de las aportaciones de compañeros de grupos que apoyan la deserción, como Antimilitaristická Iniciativa [AMI] y Assembly, sino sobre todo de la entrevista que realizamos, con el apoyo de la Initiative de solidarité Olga TARATUTA, a un desertor ruso. [Las aportaciones y la entrevista se incluyen al final.]
Creemos que centrarnos en el movimiento de deserción en el frente ruso-ucraniano e intentar transmitir la experiencia vivida por los propios desertores ayudó a anclar el debate en una realidad material sólida. Permitió que el debate partiera del movimiento real, de lo que la clase trabajadora está haciendo hoy en día, en lugar de derivar hacia referencias abstractas a la Primera Guerra Mundial, al derrotismo revolucionario de Lenin y otras fórmulas históricas. Lo que preocupaba a las más de sesenta personas que participaron era cómo se puede organizar la negativa a los preparativos de guerra —y a la posible ampliación de la guerra—, tomando el apoyo a la deserción como punto de partida concreto. Estar preparados para lo que se avecina parecía ser la prioridad clave.
El debate que siguió puso de manifiesto que existe la voluntad de no quedarse en una mera postura general contra la guerra. La pregunta que surgió fue si, y sobre qué base, se puede construir en la coyuntura actual una intervención internacionalista más sólida contra la guerra—capaz de vincular el rechazo a los preparativos bélicos aquí con las formas concretas de rechazo proletario que ya están surgiendo en otros lugares—.
Entrevista con un desertor ruso
En el acto celebrado el 28 de febrero de 2026 en la casa okupa de la finca Prapopoulou, leímos las respuestas de un desertor ruso a las preguntas que le habíamos enviado a través de compañeros de la Iniciativa Olga Taratuta, y las publicamos aquí. Cabe señalar que las preguntas de esta entrevista están dirigidas tanto a desertores como a objetores de conciencia rusos y ucranianos, aunque, en esta fase, las respuestas procedan de un desertor ruso.
[Desertores de la paz capitalista]
1 – ¿En qué momento desertaste? ¿Antes de que te llamaran a filas oficialmente, desde un centro de reclutamiento o de entrenamiento, o desde el frente? ¿Habías completado el servicio militar antes de la guerra? ¿Cuánto tiempo llevas fuera?
Deserté después de que ya me hubieran enviado a la zona de guerra. Durante unos seis meses estuve en el frente, trabajando en el cuartel general; no estaba todos los días en una trinchera, pero seguía formando parte del sistema militar, dentro de la guerra. Ya había cumplido el servicio militar obligatorio antes de la invasión a gran escala, así que cuando empezó la guerra, entendía muy bien qué es el ejército y cómo funciona. Esos seis meses fueron el momento en el que todo me quedó claro. Ves la realidad desde dentro —no la propaganda, ni la imagen de la televisión—. Ves cómo se trata a la gente, cómo se toman las decisiones y qué significa realmente esta guerra para los soldados de a pie. A partir de ese momento, solo esperaba una oportunidad real para marcharme. Esa oportunidad llegó con mi primer permiso oficial tras medio año. Era la primera vez que podía salir legalmente y sin levantar sospechas inmediatas. Aproveché ese momento para salir de Rusia y no volver. Así que mi deserción no fue un acto impulsivo, sino una decisión consciente que llevé conmigo durante meses mientras aún estaba dentro del sistema. Desde entonces, llevo más de un año fuera. Y para mí no se trata solo de salvarme a mí mismo. Fue una negativa a participar en una guerra en la que no creo y que no quería apoyar de ninguna manera. Marcharme era la única forma de ser honesto conmigo mismo y mantener el control sobre mi propia vida.
2 – ¿A qué te dedicabas antes de marcharte? ¿Cambió la situación laboral y salarial a causa de la guerra en tu país? ¿Cómo está la situación tras cuatro años de guerra?
Antes de la guerra seguía una trayectoria muy típica de la clase trabajadora, pero al mismo tiempo intentaba construir algo propio. Trabajé en ventas, hice trabajos de construcción, reparé lavadoras, cafeteras y ventanas de plástico… cualquier cosa que me permitiera ganar dinero y mantener mi independencia. Mi último trabajo antes de la guerra fue, de hecho, mi propio pequeño negocio. Vendía ropa a través de Instagram. No era una gran empresa, pero era algo que yo mismo había creado, desde cero. Me daba la sensación de que mi futuro dependía de mi propio trabajo y de mis propias decisiones, no del Estado ni del ejército. Tras el inicio de la guerra, la situación laboral cambió drásticamente. Cada vez más sectores de la economía quedaron vinculados al sector militar. La producción de defensa comenzó a crecer y, en muchos lugares, se convirtió en el único sector en el que aumentaban los salarios. En las industrias civiles ocurría lo contrario: los salarios dejaron de crecer y, en algunos casos, incluso bajaron. Y esto en un país donde los ingresos reales llevaban años estancados. Ahora, tras cuatro años de guerra, nos encontramos ante una economía profundamente militarizada. Un gran número de personas depende directamente de la producción militar para su supervivencia. Para muchas familias, este es el único trabajo disponible. Y esto crea un problema muy grave a largo plazo. Cuando termine la guerra, no bastará con detener los combates. Habrá que reducir o transformar sectores enteros, y millones de trabajadores podrían perder sus empleos al mismo tiempo. Se trata de personas que de repente se quedarán sin ingresos, sin estabilidad y sin ninguna perspectiva clara. Así pues, la guerra no solo destruye vidas en el frente. También destruye la vida económica normal y la posibilidad de que las personas construyan algo propio —como yo intentaba hacer antes de que todo se derrumbara—.
3 – ¿Qué medios se utilizaban para el reclutamiento en el momento en que te marchaste? ¿Eran digitales o más “tradicionales”? ¿De qué manera se puede evitar ser reclutado? ¿Cómo te escondes?
En primer lugar, es importante comprender que, en estos momentos, no existe una movilización masiva abierta como la que se produjo en 2022. Sin embargo, lo que observamos es una presión constante y creciente sobre distintos sectores de la población para que firmen contratos militares. Esta presión es especialmente fuerte sobre los estudiantes. A menudo se les plantea una “elección” artificial: o firmas un contrato o de repente te enfrentas a graves problemas con tus estudios —puedes ser expulsado, puedes perder tu residencia, puedes perder tu futura profesión—. Formalmente parece voluntario, pero en realidad se está construyendo toda una infraestructura en la que firmar un contrato se convierte en la única forma de evitar conflictos con la universidad, con tu familia y con la sociedad. Para un joven, esta presión psicológica es extremadamente poderosa. El reclutamiento se lleva a cabo tanto por medios tradicionales como digitales. En las calles se ven carteles, pancartas, folletos: la presencia visual de la guerra está por todas partes. Al mismo tiempo, en Internet hay una enorme cantidad de publicidad dirigida y propaganda que presenta el servicio militar como algo prestigioso, heroico y socialmente aceptado. Por lo tanto, no suele ser habitual que se recate a la gente directamente de la calle; el sistema funciona de una manera más sofisticada. Crea unas condiciones de vida en las que negarse a participar se convierte en algo arriesgado y socialmente doloroso. En algunos casos, las personas también temen que se les imputen cargos penales falsos o que se les ejerza presión administrativa, en la que se les dice: la cárcel o un contrato. Aunque esto no le ocurra a todo el mundo, la mera posibilidad genera miedo y empuja a las personas hacia lo que se presenta como la opción “segura”. Por eso, no hay una forma universal de “esconderse”. Todo depende de la situación individual de cada persona: su educación, su trabajo, su familia, su acceso a documentos. Para muchas personas, la estrategia principal consiste simplemente en intentar mantenerse al margen de las estructuras donde esta presión se vuelve directa. Así pues, el reclutamiento hoy en día tiene menos que ver con la fuerza física y más con la presión económica, el control social y la propaganda. Y esto lo hace, en cierto modo, aún más eficaz, porque crea la ilusión de que la decisión es voluntaria.
4 – ¿Qué consecuencias tienes que afrontar en tu vida cotidiana y en el trabajo cuando evitas el reclutamiento?
En la vida cotidiana, eludir el reclutamiento no siempre conlleva un castigo penal inmediato, al menos no todavía. La presión es principalmente social, económica y psicológica. Puedes enfrentarte a la desaprobación de las personas que te rodean. Es posible que alguien te diga que estás llevando una vida normal mientras los “hombres de verdad” están en el frente. Este tipo de presión moral es muy común y afecta a las familias, los lugares de trabajo y los círculos sociales. Genera la sensación de que tienes que justificar constantemente tu decisión simplemente por llevar una vida civil. El problema más grave es la presión indirecta. Si la guerra continúa, la situación económica se configura cada vez más de tal manera que el servicio militar se convierte en una de las pocas fuentes estables de ingresos. Para muchas personas, la elección no es entre la guerra y la paz, sino entre firmar un contrato y no poder mantener a su familia. Así que, incluso sin coacción formal, el sistema empuja a la gente hacia el ejército. Por el momento, quienes evitan firmar contratos aún pueden intentar permanecer en la vida civil. Pero existe una fuerte sensación de que este espacio se está reduciendo. Muchas personas creen que el llamado recurso de reclutamiento “voluntario” no es ilimitado, y que en algún momento el Estado podría volver a recurrir a formas más duras de movilización. Y esta expectativa en sí misma ya condiciona la vida cotidiana. La gente vive con la sensación constante de que las normas pueden cambiar en cualquier momento, de que lo que hoy está técnicamente permitido puede ser punible mañana. Así pues, la principal consecuencia no es solo el riesgo de una futura represión. Es la atmósfera de incertidumbre, presión social y dependencia económica, en la que seguir siendo civil se vuelve cada vez más difícil y requiere una resistencia personal constante.
5 – Antes de la guerra, ¿qué opinabas del ejército y de la deserción? ¿Qué te llevó a decidir marcharte?
Antes de la guerra, mi actitud hacia el ejército y el Gobierno ya era bastante escéptica. En Rusia, todos los hombres deben cumplir un año de servicio obligatorio al cumplir los dieciocho años. Yo cumplí ese servicio íntegramente, y esa experiencia marcó profundamente mi opinión. Vi una institución que no preparaba a la gente para una defensa real, que no ofrecía un entrenamiento significativo y que no respetaba el tiempo ni la dignidad de los soldados. Durante todo un año nos dedicamos principalmente a rutinas inútiles que no tenían nada que ver con la profesionalidad militar real. Me pareció un año perdido de mi vida. Al mismo tiempo, crecí en una realidad política en la que nada cambiaba realmente. Nací cuando Putin ya estaba en el poder, y hoy sigue en él. Por eso, mi desconfianza hacia el Estado no fue algo que surgiera de repente en 2022, sino que se había ido gestando durante muchos años. Pero antes de la guerra nunca había pensado en desertar. Como mucha gente, lo veía como algo abstracto, algo que le pasa a otros. Cuando comenzó la invasión, al principio seguía viéndola de una manera muy racional e incluso técnica. Por mi experiencia previa, conocía la situación real del ejército ruso y no creía en la imagen de una victoria rápida y fácil. Cuando más tarde me encontré dentro del sistema, en el frente, quedó absolutamente claro lo poco preparado, desorganizado e ineficaz que era —a pesar de todos los recursos. Te das cuenta de que el ejército no puede abastecerse adecuadamente, no puede organizarse y, muy a menudo, no tiene tácticas claras, salvo enviar a más y más gente al frente. Y en ese momento la pregunta deja de ser política para convertirse en algo profundamente personal: ¿cuál es tu papel en todo esto? Mi decisión de marcharme no se tomó en un día. Fue el resultado de todo lo que había visto antes: mi servicio obligatorio, mi desconfianza en el sistema y, luego, la experiencia directa de la guerra desde dentro. Paso a paso comprendí que quedarme significaba formar parte de algo en lo que no creía y que no quería apoyar de ninguna manera. Marcharme era la única forma de seguir siendo honesto conmigo mismo.
6 – Si la guerra terminara, ¿pensarías en volver? Si es así, ¿qué te parece la idea de volver?
Es una pregunta en la que pienso mucho, y la respuesta sincera es que depende de muchas cosas. La condición más importante sería un cambio político real y una amnistía total para todos aquellos que se negaron a participar en la guerra. Sin eso, volver significaría simplemente ir a la cárcel. Pero incluso si se produjeran esos cambios, el tiempo también es un factor crucial. Si tardara diez años, para entonces mi vida ya estaría construida en otro lugar. Tendría un nuevo idioma, un nuevo trabajo, nuevas relaciones sociales. Volver no significaría “volver a casa”, sino empezar de cero una vez más. Ya he tenido que reconstruir mi vida una vez, y es un proceso muy difícil. No estoy seguro de tener la fuerza ni las ganas de volver a hacerlo. También está la cuestión de la confianza. Rusia es un país muy impredecible. Aunque se anuncie oficialmente una amnistía y cambie la situación política, no hay garantía de que esas decisiones sean definitivas ni de que se respeten realmente en la práctica. Para alguien en mi situación, esta incertidumbre no es teórica: es un riesgo personal directo. Así que, desde el punto de vista emocional, por supuesto, la idea de volver a casa es importante. El hogar no es solo un lugar: es tu idioma, tus recuerdos, tu pasado. Pero cuando lo pienso en términos reales y prácticos, entiendo que lo más probable es que no tenga una oportunidad segura y realista de regresar. Y esta es una de las consecuencias más duras de esta guerra: te quita no solo tu presente, sino también tu futuro y tu vínculo con el lugar donde naciste.
7 – Más allá de la deserción, ¿existe actualmente algún movimiento colectivo contra la guerra activo en Rusia o en Ucrania? En caso afirmativo, ¿en qué ciudades tiene mayor presencia y cuáles son sus principales características? ¿Sabes si las mujeres están organizando protestas contra la guerra? ¿Qué suelen exigir? ¿Desempeñan un papel significativo a la hora de impedir la militarización, es decir, en el caso de Ucrania?
Al comienzo de la guerra había un movimiento contra la guerra visible y activo en Rusia. Hubo protestas masivas en las calles de muchas ciudades —Moscú, San Petersburgo y otras— y numerosas declaraciones públicas de activistas, periodistas y gente común. Pero el Estado reaccionó con extrema rapidez y dureza. Miles de personas fueron detenidas, muchas fueron acusadas de delitos penales, se desmantelaron organizaciones independientes y la actividad pública contra la guerra se volvió casi imposible. A pesar de ello, el movimiento no desapareció, sino que cambió de forma y se volvió mucho menos visible. Hoy en día, protestar abiertamente en las calles es prácticamente un suicidio desde el punto de vista legal. Una sola acción pública puede dar lugar inmediatamente a un proceso penal y a una larga pena de prisión. Por eso, la mayor parte de la actividad contra la guerra es ahora individual, local, anónima o se desarrolla en el exilio. Una de las iniciativas más importantes y visibles dentro del país durante la guerra fue el movimiento de las esposas y familiares de los soldados movilizados. No se trataba de activistas políticas en el sentido clásico, sino de mujeres comunes que exigían rotaciones, una formación adecuada, equipamiento y el regreso de sus maridos. Sus protestas pusieron de manifiesto la profundidad de la tensión social. Pero incluso esta forma de protesta, tan cautelosa y limitada, fue gradualmente reprimida y expulsada del espacio público. Así pues, las mujeres han desempeñado un papel significativo, no a través de grandes organizaciones políticas, sino mediante estas iniciativas de base basadas en el cuidado, la supervivencia y la protección de sus familias. Hoy en día, si hablamos de estructuras públicas contra la guerra dentro de Rusia, estas están extremadamente fragmentadas y se ven obligadas a operar en condiciones de miedo y represión. El precio de la oposición abierta es la cárcel, y todo el mundo lo entiende. Por eso, la ausencia de protestas masivas no significa apoyo a la guerra. Significa que el Estado ha hecho casi imposible la acción colectiva abierta.
8 – ¿Con qué problemas te enfrentas como refugiado de Ucrania o Rusia? ¿Existe alguna red de solidaridad entre los refugiados en el lugar donde te encuentras ahora? ¿O alguna red de gente local que apoye a refugiados de Rusia o Ucrania como tú?
Para ser sincero, la realidad aquí resultó ser mucho mejor de lo que había imaginado cuando aún estaba planeando mi huida. Antes de marcharme, esperaba dificultades constantes, hostilidad y aislamiento. Pero cuando llegué, descubrí una enorme solidaridad. Conocí a mucha gente dispuesta a ayudar, a apoyar y, sencillamente, a tratarme como a un ser humano. Nunca he sufrido condenas abiertas ni agresiones por mi historia. Los principales retos no son sociales, sino burocráticos. Aprender cómo funciona el sistema, cómo comunicarse con las instituciones, cómo gestionar los documentos… todo esto fue difícil al principio, porque es muy diferente a Rusia. Sientes que tienes que reconstruir tu vida desde cero en un entorno completamente nuevo. Al mismo tiempo, existe una verdadera red de solidaridad. Tanto entre los refugiados rusos como entre los ucranianos y la población local, siento constantemente su apoyo. Existe un consenso generalizado de que esta guerra es una tragedia para todos, y un deseo compartido de ayudar a quienes se han negado a participar en ella. Esto crea un espacio en el que uno no se siente solo. La situación es más complicada para los desertores ucranianos. No por culpa de la gente corriente —al contrario, a nivel humano hay mucha empatía—, sino por el marco legal y político de muchos países europeos. Para ellos es mucho más difícil obtener protección, y muchos se ven obligados a permanecer en la clandestinidad y a vivir con miedo. Esto hace que su situación sea mucho más precaria. Así pues, mi principal problema no es la hostilidad, sino el largo y difícil proceso de construir una nueva vida en el exilio. Pero lo que lo hace posible es la solidaridad que experimento cada día, procedente de diferentes ámbitos y de personas muy diversas.
Declaración de AMI en apoyo a un acto contra la guerra y una recaudación de fondos en Atenas
En septiembre de 2022, un grupo de anarquistas de Europa Central puso en marcha la Iniciativa Antimilitarista [AMI]. Todo comenzó con la publicación del texto “El antimilitarismo anarquista y los mitos sobre la guerra en Ucrania”.
Poco después de la publicación de este texto, tuvo lugar una acción directa simbólica anónima, en la que la embajada de Ucrania en Praga fue salpicada con pintura roja. Se publicó un comunicado acompañando la acción, en el que se afirmaba: “Es comprensible que se critique a Putin y a sus partidarios por los crímenes que están cometiendo contra la población de la región ucraniana. Sin embargo, no debe olvidarse el papel de Zelensky y del Gobierno ucraniano en estas masacres. En un momento en que el ejército de Putin bombardea ciudades ucranianas, el gobierno de Zelensky prohíbe a los hombres salir del país en busca de seguridad. Bajo amenaza de castigo, se les retiene en zonas bombardeadas, y a algunos se les obliga contra su voluntad a arriesgar sus vidas en el frente. Seamos claros: ¡Zelensky es tan mierda como Putin! Ambos tienen las manos manchadas de sangre de civiles”.
AMI nunca ha sido un grupo u organización formal, sino más bien una red informal. Contamos con el mayor número de simpatizantes en la República Checa, Eslovaquia, Hungría y Austria. Desde el principio, nos hemos mostrado muy críticos con la propaganda bélica, que sirve para conseguir más simpatizantes y recursos para la política bélica del Estado ucraniano. Esta propaganda proucraniana es dominante en las regiones donde vivimos, incluso en entornos que profesan formalmente el anarquismo o el comunismo. Esto dificulta que AMI y otros grupos antimilitaristas organicen actividades públicas. Nuestras acciones suelen ser saboteadas por “izquierdistas belicistas” que, en esencia, comparten la misma agenda que los Estados de la UE y las secciones miembros de la OTAN.
Actualmente estamos organizando ayuda práctica para desertores y refugiados de guerra procedentes de Rusia y Ucrania. Las actividades se organizan principalmente de forma privada para que podamos ser más eficaces y no tengamos que defendernos de los ataques mencionados anteriormente. Recaudamos y distribuimos ayuda económica y material, y colaboramos con el transporte y el alojamiento de los refugiados. También publicamos artículos y entrevistas con personas que han huido de zonas de guerra o que han saboteado activamente la guerra.
En general, la deserción se ve con gran ambivalencia, especialmente en Europa Central. Parte de la población apoya teóricamente a los desertores del ejército ruso, pero no expresa solidaridad con los desertores del ejército ucraniano. Esta tendencia está en línea con la política bélica del imperialismo de la UE/OTAN/EE.UU. Los partidarios de esta línea argumentan que apoyar a los desertores del ejército ucraniano ayuda al imperialismo ruso. Sin embargo, nosotros sostenemos que el apoyo “unilateral” a los desertores y el apoyo al armamento de Ucrania contribuyen a la escalada de la guerra y a la propagación de los conflictos interestatales hacia una guerra mundial.
El derrotismo revolucionario, que implica luchar contra todos los Estados y todos sus ejércitos, solo lo defienden hoy en día minorías militantes. Sin embargo, creemos que el equilibrio de fuerzas podría cambiar pronto, ya que cada vez más proletarios a ambos lados de la línea de guerra están eludiendo la movilización o desertando. Estas personas a menudo carecen de experiencia en la autoorganización, pero es innegable que, en este momento, están saboteando de hecho los esfuerzos bélicos de “sus” Estados. Las minorías revolucionarias deben establecer contacto con ellas. De esta manera, las minorías actualmente aisladas pueden transformarse en movimientos de masas.
En general, también se puede decir que la mayoría de los desertores solo pasan por países como la República Checa, Eslovaquia o Hungría, o permanecen allí durante muy poco tiempo. Estos países tienen políticas migratorias muy deficientes. Por lo tanto, los desertores prefieren vivir en países como Austria, Alemania, Francia, Suiza o Bélgica, donde es más fácil obtener asilo y protección legal frente a la deportación o la persecución por parte de las autoridades ucranianas y rusas. Aquí también pueden solicitar subsidios relativamente elevados, alojamiento o una generosa ayuda material de organizaciones benéficas.
Sin embargo, observamos que la política estatal intenta integrar a los refugiados en la economía capitalista como mano de obra barata y domesticarlos para que no manifiesten tendencias subversivas. Como alternativa, estamos tratando de crear una sólida red de solidaridad que anime a los desertores y refugiados a organizarse en la resistencia.
Si deseas apoyar nuestras actividades, visita nuestra página web para obtener más información y datos de contacto. https://antimilitarismus.noblogs.org/
Informe de Assembly celebrado en el acto de Atenas en solidaridad con los desertores del frente ruso-ucraniano, el 28/2/2024
Ya existe una amplia resistencia al reclutamiento en Ucrania, que recientemente comparamos con la resistencia contra el ICE en nuestro artículo “De Minneapolis a Ucrania: solo la lucha en las calles puede detener la caza de personas orquestada por el Estado”.
El problema es que, al igual que en Estados Unidos, no es lo suficientemente fuerte como para cambiar la situación general. Tras la devastación total de nuestro campo revolucionario por parte del estalinismo, la tradición de los movimientos de masas en las calles desapareció en Ucrania, salvo en apoyo de algunos políticos de derecha (1991, 2004, 2014…). Reconstruirla desde cero lleva mucho tiempo y lleva ya dos años en marcha, desde que se aprobó la ley que endurecía la movilización el 11 de abril de 2024. Sin embargo, este proceso se ve retrasado por condiciones extremadamente desfavorables, entre ellas la brutalidad estatal, la ruina económica y los desplazamientos masivos. Precisamente por eso la deserción se ha convertido en la principal forma de resistencia a la guerra. No requiere una amplia organización y es mucho menos probable que conlleve castigo que la acción callejera. Una de las especuladoras de guerra más famosas, Alina “Mercedes” Mykhailova, admitió hace un mes que 20 000 de las 30 000 personas movilizadas cada mes están huyendo.
¿Por qué otros siguen sirviendo? Por las mismas razones por las que algunos civiles apoyan la guerra: el síndrome de Estocolmo (quizá lo hayáis visto mucho entre los anarquistas), una creencia ingenua en las promesas de una carrera distinta a la de soldado de asalto, el hábito cotidiano de obedecer a cualquier autoridad… Un ejemplo sencillo de la clase trabajadora: el salario de un trabajador municipal es de 12 000 jrivnias, el de un operario de maquinaria industrial es de 20 000, ¡pero un obrero en la construcción de fortificaciones gana entre 60 000 y 100 000! Conceder privilegios a ciertos grupos, por supuesto, también obstaculiza la solidaridad de clase. Esto ni siquiera incluye a los cientos de miles de funcionarios estatales, agentes de las fuerzas del orden, etc., cuyos ingresos, gracias a la ayuda financiera occidental, se han vuelto más altos que nunca. Ellos también tienen familiares…
Sin embargo, desde finales de 2025, observamos una nueva tendencia: las personas que se oponen a la guerra están pasando de la autodefensa al contraataque. Casi a diario aparecen noticias sobre ataques con cuchillos, escopetas o granadas contra la policía o grupos de reclutamiento, sobre todo en regiones de la retaguardia como Odesa o el oeste de Ucrania. ¡Esto ya no se parece a la situación actual de Estados Unidos, sino más bien a la de la guerra de Vietnam! En nuestro próximo artículo ofreceremos más detalles.
Por último, queremos concienciar sobre la persecución y el encarcelamiento de quienes expresan públicamente su oposición a la guerra. Algunas de estas personas han tomado una postura escrita contra la guerra, como Bogdan Syrotiuk. Otras han tomado medidas contra el reclutamiento. Por ejemplo, los presos del “caso de la Proclamación” llamaron a los soldados a unirse en “comités de soldados” y a negarse colectivamente a participar en operaciones militares en el frente. También se están iniciando procesos penales con penas severas contra civiles que participan en actos de resistencia activista contra la brutalidad de la captura y el envío de hombres al frente. Uno de estos casos es el de Angela Gurina, que se enfrenta a cinco años de prisión, cuya condena debía comenzar el 9 de diciembre de 2024, bajo la falsa acusación de revelar la ubicación de cuarteles militares, cuando en realidad estaba grabando y publicando una escena de “busificación”. Según el veredicto, su vídeo, que ha sido visto 8 600 veces en TikTok, muestra una instalación militar, el punto de reunión regional cerca del Servicio de Aplicación de la Ley Militar en Chernivtsi. La ley marcial prohíbe mostrar este tipo de instalaciones en vídeo. La periodista fue detenida en agosto de 2024. Su abogado insistió en que ella no estaba filmando una instalación militar, sino una posible violación de los derechos humanos. El vídeo se titulaba “Salvando a un chico”. Angela lo borró posteriormente. El abogado también argumentó que la ubicación del lugar era de dominio público y que no se trataba ni de una unidad de combate ni de unas instalaciones de entrenamiento militar. Sin embargo, el tribunal no estuvo de acuerdo y argumentó que: “La alegación de la demandante de que la persona no tenía la intención de perjudicar la seguridad interna y externa de Ucrania no refuta la comisión del presunto delito”. Aunque el juicio estableció la doble nacionalidad rumana de Gurina, no hay información sobre los esfuerzos del Gobierno rumano para conseguir su liberación. El veredicto del año pasado también indicaba que padecía problemas de salud mental, incluido el trastorno bipolar. En el momento de su condena, la activista tenía 54 años.