Kseniia (derecha) con dos soldados anarquistas de una unidad de reconocimiento aéreo. _ Foto- ©Solidarity Collectives.jpeg
—Aproximaciones a la guerra en curso desde la perspectiva ácrata
«Sabemos bien que hay valores que nacen viejos y que, desde su nacimiento, dan testimonio de su conformidad, de su conformismo, de su ineptitud para alterar cualquie orden establecido.»
Gilles Deleuze, Nietzsche.i
Hace 36 años escribí un texto condenando la invasión estadounidense a Panamá. Las «razones» del ataque —cínicamente bautizado como «Operación Causa Justa»— se «fundamentaban» en base a tres ejes: 1.) la «guerra contra las drogas», 2.) la «restitución de la democracia»; y 3.) la «salvaguarda de los estadounidenses residentes» en ese país centroamericano. El 3 de enero de 1990, once días después de la incursión de 13 mil marines,ii fue hecho prisionero el general Manuel Antonio Noriegaiii. Al día siguiente sería trasladado por órdenes de George H. W. Bush a la Ciudad de Miami para ser juzgado por cargos de «narcotráfico». En su lugar, implantarían a punta de bayoneta al gobierno títere de Guillermo Endara, quien a escasas horas de iniciada la agresión tomó juramento como presidente constitucional en una base norteamericana.
En mi artículo, pese a la sobreabundancia de verborrea soberanista propia de la contaminación de izquierda —en boga en el «anarquismo revolucionario»—no dejé de llamar las cosas por su nombre. Lo intitulé «Rival Drug Gangs Clash in Panamá» (Narcopandillas rivales chocan en Panamá).iv En verdad los hechos reclamaban el título. Las reflexiones de Tilly, en torno a la analogía entre la guerra y la construcción del Estado y el crimen organizado,v no dejaban lugar a duda. Se trataba de una disputa entre pandillas por el control de «la plaza». Como siempre pasa en esas trifulcas, el gánster más fuerte y mejor armado terminó imponiendo su dominio.
Por aquellos días era un secreto a voces que el depuesto dictador, en efecto, era un vulgar narcotraficante que había amasado una cuantiosa fortuna de la mano del tráfico de drogas, el contrabando de armas y el lavado de dinero. Además, se tenía constancia del carácter represivo de su régimen, manifiesto en la encarcelación de opositores y el asesinato de activistas sociales y guerrilleros. También era vox populi su injerencia en el fraude electoral que le dio el triunfo a Carlos Duque —candidato del regimen militar— de la Coalición de Liberación Nacional (COLINA), desconociendo los resultados obtenidos por la oposición conservadora encabezada por Endara.
Sin embargo, las huestes de la izquierda y extrema izquierda del poder y los paladines del nacionalismo revolucionario, se rajaban las vestiduras sin sonrojo denunciando el «secuestro» del narcogeneral y «la violación flagrante de la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos».
En esas fechas la Anarquía despertaba desfachatada y sediciosa tras un largo invierno, impuesto a sangre y fuego por el «socialismo realmente existente» y la patología etnonacionalista que la subyugó durante el siglo XX. Afortunadamente, y pese a nefastos sedimentos liberales y «anarcobolcheviques», un anarquismo «vocacionalmente impertinente e incorregiblemente burlón [volvía] a sorprender, una y otra vez, al heterogéneo, desafinado y reaccionario coro de sus sepultureros con los intermitentes arrebatos que [lo colocaban] en la agenda de las posibilidades rebeldes».vi
Quizá por eso —o como consecuencia del desgaste y desprestigio de las experiencias del «socialismo real», la crisis teórico-política del marxismo occidental, el descrédito de los gobiernos socialdemócratas y la decadencia de las ideologías obreristas—, ese anarquismo despabilado se mantuvo ajeno a los alaridos «anti-imperialistas» del nacionalpopulismo y los pataleos del libertarismo chomskiano y demás especímenes de la izquierda del poder. En contraste, reafirmaba sobre la marcha su vocación antisoberanista. Ergo: apátrida e insumisa. De tal suerte, cobraba vida la praxis consecuentemente ácrata que reconoce la «liberación total» como nuestra única bandera e impulsa a confrontar al poder en todas sus presentaciones. Por consiguiente, no hacía distingo entre uno u otro gánster. Se tenía consciencia de que no había cabida en ninguno de los «bandos». Ni en la trinchera del capitalismo nacionalista de la oligarquía panameña, ni en la del capitalismo imperialista.
Con el pretexto de la «guerra contra las drogas» y la «restitución de la democracia» el gobierno de Washington ratificaba su hegemonía político-económica en el hemisferio. Con ese zarpazo la Casa Blanca pretendía recuperar el control del canal de Panamá y afirmar su dominio continental. Todo con el único afán de asegurarse un gigantesco patio trasero. Jamás hubo interés en erradicar el lucrativo tráfico de narcóticos. Mucho menos en «restituir la democracia». La permanencia en el poder, después de la «depuración» post invasión, de militares corruptos y connotados narcotraficantes fue la prueba fehaciente.vii De 1069 oficiales leales a Noriega, 980 se mantuvieron con mandos en la institución castrense.
En realidad, la intrusión militar se inscribía en los estertores de la llamada «guerra fría», marcando una transición significativa de la «lucha contra el comunismo» a la participación militar activa en la interdicción de narcóticos. La «guerra contra las drogas», iniciada en 1971 por el presidente Richard Nixon tras declarar a los estupefacientes «enemigo público número uno», se materializaba allende las fronteras extendiendo la guerra urbi et orbi. Aquella estrategia enfocada en la criminalización nunca fue una campaña de salud pública como el gobierno norteamericano y los medios de comunicación intentaron presentar.viii Sin embargo, continuó con ese enfoque en las administraciones posteriores hasta convertirse en una eficaz herramienta de control social en lo domestico —con especial saña durante los periodos presidenciales de Ronald Reagan— y en un poderoso recurso intervencionista en el plano internacional, del que dispuso George H. W. Bush aquel 3 de enero de 1989.
El argumento de la «guerra contra las drogas» también fue el pretexto por esos meses de 1989 para instalar una base militar norteamericana en Perú en el marco de la «Iniciativa Andina».ix En la misma tesitura, Washington amenazó con enviar al portaviones J.F. Kennedy frente a las costas de Colombia. Para noviembre de ese año, Bush ordenó la creación de la Fuerza de Tarea Conjunta-Seis (JTF-6, por sus siglas en inglés). Este comando de operaciones con base en Fort Bliss, Texas, tendría el objetivo de «coordinar el apoyo militar con las agencias federales, estatales y locales» a lo largo de la frontera con México y la misión de «combatir el narcotráfico y las amenazas transnacionales a la seguridad nacional en la frontera sur». El castrismo no quedaría fuera del colimador del Pentágono y se vería obligado a improvisar medidas draconianas en la Isla con tal de asegurar la supervivencia del régimen.x A través de las innovaciones tecnológicas en el campo militar, el gobierno norteamericano interceptó mensajes cifrados y obtuvo evidencia satelital que implicaba al régimen de La Habana en el tráfico de drogas y el contrabando de armas.
Las perturbaciones provocadas por la revolución tecnológica de fin de siglo (XX) pusieron fecha de caducidad a 45 años de división bipolar del mundo. De este modo, concluía una era de tensión geopolítica, económica, cultural y tecnológica entre los bloques imperialistas (EE. UU-URSS). Asimismo, cesaba la lucha ideológica entre el «capitalismo realmente existente» y el «socialismo realmente existente» (capitalismo de Estado, para decirlo con mayor claridad). De paso, se legitimaba el predominio de un solo modelo capitalista.
Con el auge de las transformaciones tecnológicas, tras la implosión de la URSS, daba comienzo la «era globalizadora». Lo que Félix Guattari denominó capitalismo mundial integrado (CMI), puntualizando que dicha mundialización, lejos de constituir un factor de crecimiento, correspondía de hecho «a una reformulación radical de sus bases anteriores, que [podría] desembocar, tanto en una involución completa del sistema, como en un cambio de registro […] volviendo a transformar las relaciones sociales y desarrollando mercados cada vez más artificiales».xi
Efectivamente, estábamos frente a un sistema de dominación inédito. Para entenderlo y confrontarlo se requería un nuevo paradigma emancipatorio a la altura de las circunstancias. Empero, la vocación impertinente del sedicioso despertar de la Anarquía —decididamente posizquierda— y su intención de reinstalarse en un tiempo básicamente nuevo, tuvo una vida fugaz. Su efímera potencia le impidió incorporar toda aquella metamorfosis conceptual al andamiaje teórico-práctico del anarquismo contemporáneo y transformarse en la praxis prevalente.
Para entonces, perdía aliento la primera ola de informalismo insurreccional (protagonista del «verano caliente» de 1977). En tal sentido, se interrumpía el proceso de despliegue y apogeo de un nuevo paradigma sedicioso. El vacío se llenó rápidamente con la hegemonía ideológica y las prácticas centralistas de la organización plataformista y el revival del «anarcopopulismo». Empezaban a enquistarse en nuestras tiendas las bufonadas de Noam Chomsky y James Petras y, lo más trágico, se asumían como «directrices». Aspecto que, a la postre, sería decisivo en la reducción del anarquismo a la construcción ideológica más conveniente.
En paralelo, durante este período de retroceso de las luchas, cobraba presencia en las universidades una casta académica que cimentaba la «cátedra de anarquismo». Esta intelectualidad divina embonó con los despojos del anarquismo folk —heredero de la Era de Acuario y la primavera sesentayochera— e introdujo una peculiar interpretación cultural del anarquismo que muy pronto comenzaría a hacer mella. Para colmo de males, la lectura mal digerida de las tesis insurreccionalistas, con marcado hincapié en la «unidad de las luchas», identificaba «condiciones objetivas» en los llamados movimientos sociales, dando paso a una fase de gran plasticidad, repulsivamente edulcorada, que impulsó la retórica instituyente que hoy padecemos.
Vale destacar que mientras se inoculaba en nuestros círculos la «a» minúscula, de la mano de la antropología libertaria, hubo un segundo momento del informalismo ácrata —posterior al declive del turismo altermundista, la debacle del neozapatismo intergaláctico y la transformación de los movimientos sociales en coaliciones electoreras— que intentó articular durante las dos primeras décadas del siglo XXI la excedencia negativa de las constantes manifestaciones de nihilismo con los esfuerzos de recomposición de la insurrección permanente (de claro signo ácrata), pero para entonces la represión y el «fuego amigo» habían culminado el despojo de la Anarquía.
Déjà vécu: entre fobias y filias
Otro 3 de enero, pero de 2026 —con el cansino pretexto de la «guerra contra las drogas» y la «restitución de la democracia»—, el gobierno de Estados Unidos realiza en Venezuela una incursión militar denominada «Operación Resolución Absoluta» y ordena la captura de Nicolás Maduro. Una vez hecho prisionero fue trasladado a la Ciudad de Nueva York junto a su esposa («la primera combatiente») para ser juzgados por cargos de «narcotráfico» y «narcoterrorismo». En su lugar, implantarían al gobierno títere de Delcy Rodríguez, otrora vicepresidenta «bolivariana», quien a escasas horas de la agresión abría las puertas de Miraflores a altos funcionarios de la administración Trump, incluido el director de la CIA.xii
Otra vez, era un secreto a voces que el depuesto dictador, en efecto, era un vulgar narcotraficante que había amasado una cuantiosa fortuna de la mano de la corrupción, el tráfico de drogas y el lavado de dinero. Además, se tenía constancia del carácter represivo de su régimen, manifiesto en la encarcelación y asesinato de estudiantes contestatarios y activistas sociales. También era vox populi su injerencia en el fraude electoral que le aseguró la reelección, desconociendo los resultados obtenidos por la oposición conservadora encabezada por Edmundo González.
De nueva cuenta, Charles Tilly no deja lugar a duda. Se trata de otra disputa entre pandillas por el control de «la plaza». Y, como siempre, el gánster más fuerte y mejor armado ha impuesto su dominio. Sin embargo, las huestes de la izquierda y extrema izquierda del poder y los paladines del nacionalismo revolucionario, otra vez se rajan las vestiduras sin sonrojo denunciando el secuestro del dictador y «la violación flagrante de la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos».
Por si fuera poco, la nueva guerra del Golfo Pérsico —que vuelve a ocupar las pantallas televisivas— parece la repetición de «la guerra eterna» de Bush contra el terrorismo iniciada en Irak en 2003 pero remasterizada y potenciada al máximo 23 años después, ahora contra Irán. Resulta increíble verificar en los hechos la fidelidad con que se apegan al manual de estrategias bélicas de la administración Bush, incluidos los pretextos que se utilizaron entonces para «justificar» la guerra. Se repite también la selección del enemigo, escogiendo a otro tirano impresentable como el ayatolá Alí Jamenei. Aquí también tenemos constancia —gracias a las continuas críticas de compañeros anarquistas iraníes— de la corrupción y el carácter represivo del régimen islámico, manifiesto en la encarcelación masiva de opositores, el asesinato de más de 20 mil manifestantes y la ejecución de activistas sociales.
Otra vez se repiten las amenazas contra Colombia, México y Cuba. Se reedita la «Iniciativa Andina» (ahora «Escudo de las Américas») con base de «operaciones» en Ecuador y la misión de erradicar las narcoguerrillas que operan en la zona fronteriza con Colombia. De igual forma, se renueva la «Fuerza de Tarea Conjunta-Seis» en la frontera con México (ahora «Programa de Cooperación de Seguridad Fronteriza») e implementan en territorio mexicano cuatro «operaciones» («Albatros», «Barracuda», «Neptuno» y la «Iniciativa de Seguridad Marítima para América del Norte»). El castrismo se ve nuevamente obligado a improvisar medidas en la Isla con tal de asegurar sus privilegios y acepta la inversión privada de los «gusanos», transformados en mariposas, mientras se decide quién será la Delcy Rodríguez cubana. Otra vez se repiten las fobias y filias en torno a los involucrados en los conflictos y se invita a escoger entre el capitalismo nacionalista de las oligarquías criollas y el capitalismo imperialista.
Para quienes aventajamos con creces este nuevo siglo parece que vivimos un déjà vécu. Es decir, la intensa y persistente sensación de haber enfrentado la misma experiencia en el pasado, de volver a transitar en tiempo real algo «ya vivido». Por supuesto, este fenómeno neuro-psicológico a menudo nos obliga a pensar que la historia se repite. Pero la historia nunca se repite. Los eventos históricos jamás acontecen exactamente igual, aunque los patrones, las estructuras de poder e incluso las conductas humanas suelen reciclarse o presentar notables similitudes. El contexto siempre cambia pese a que las dinámicas subyacentes constantemente persisten. Esto a menudo indica ciertas «continuidades» —pese a evidentes diferencias en tiempo, lugar y actores— en la forma cómo se desenvuelven los conflictos bélicos, las crisis económicas o las metamorfosis políticas. Las circunstancias y los personajes cambian, la esencia de los acontecimientos se recicla. De tal suerte, en pleno siglo XXI, asistimos a la remasterización de los conflictos bélicos, las crisis económicas y las metamorfosis políticas que hicieron historia en el pasado siglo. Sin embargo, en la actualidad el contexto es aterradoramente otro gracias a «la revolución permanente de la técnica» (Günter Anders dixit).xiii Las «nuevas tecnologías» no sólo sacuden los mercados, sino también el tablero geopolítico. La guerra, una vez más, demuestra la dependencia mutua entre la innovación tecnológica y la maquinaria bélica.
A vueltas con la tentación izquierdista
Durante poco más de un siglo, la socialdemocracia y la ultraizquierda del poder se han dedicado a colonizar las luchas antiautoritarias y la insurrección anárquica. La resultante ha sido la imposición de una conceptualización ajena que, con el paso del tiempo, ha consolidado en nuestras tiendas la hegemonía político-cultural de estas tendencias auxiliares de la dominación. En los primeros años del siglo XX, en particular en el contexto de la Primera Guerra Mundial e inmediatamente después en el marco del golpe de Estado bolchevique de 1917, se manifestaron con claridad los efectos de esta colonización ideológica. xiv Las desvirtuaciones de Kropotkin (su apoyo a la Triple Entente)xv y la idolatría de los anarco-bolcheviques del Río de la Plata por Lenin,xvi resumen de manera fehaciente las consecuencias de esta penetración.
Que se tenga predilección por los Estados «antiimperialistas y populares» en las huestes de la socialdemocracia, la extrema izquierda del poder y el nacionalismo revolucionario se entiende. De igual forma es comprensible que se esgrima la «soberanía de las naciones» y el «derecho internacional» o que se manifieste preocupación por el trágico desenlace de los tiranos, se invite a tomar partido por dictaduras y oligarquías nacionales o a conformar nuevos Estados (Palestina y Kurdistán).xvii Todo corresponde a la perfección con la naturaleza contrainsurgente y la vocación oportunista de esas tendencias políticas. Pero, lo que resulta imposible de entender es que se reproduzcan los mismos discursos en tiendas ácratas. Mucho menos que, en nombre de la «unidad de la lucha antiimperialista», se convoque a remasterizar el «Frente Popular Antifascista» o se invite a votar por el Partido Demócrata (en EE.UU), por SUMAR (en el Estado español) o por MORENA (en México) para «frenar el avance del fascismo». Esta desconexión con la praxis sólo demuestra, en los hechos, el flagrante deterioro del significado —y significante— de la Acracia.
Es hora de que nos percatemos de la urgencia de apuntalar nuestro sustrato común. Ese ejercicio de reafirmación intransigente es cada día más necesario frente a la tentación izquierdista que vuelve a zarandear nuestras tiendas. El anarquismo, particularmente en los círculos del llamado «anarquismo organizado», está colonizado por la socialdemocracia y la ultraizquierda del poder. No hay un solo comunicado o una iniciativa en torno a la guerra en curso que no corrobore con creces lo antes dicho.xviii Incluso, el antijudaísmo de izquierda ha penetrado profundo en esos ambientes.xix
Mientras la tentación persiste y la penetración prospera, el antifascismo vuelve a ser la estrategia de reclutamiento para la guerra. Lo que explica la participación de «soldados anarquistas» en diferentes conflictos bélicos y el posicionamiento de ciertos libertarios de izquierda ante la «intervención extranjera» a favor del despotismo interno en Venezuela, Irán o Cuba, optando por el faute de mieux [mal menor] par excellence y la ilusoria distinción entre «agresor-agredido». O, en su defecto, los libertarios liberales alineándose con la oposición conservadora y la socialdemocracia para confrontar al «fascismo castro-chavista». De tal modo, ambos impulsan sin miramientos el falso antagonismo reformista («populismo Vs. pluralismo liberal» o «socialismo Vs. capitalismo»). Estos kropotkinianos posmodernos que enarbolan —junto a otros «anos»— la «inclusión antiautoritaria» y la «diversidad revolucionaria», han repetido la bochornosa alineación (y alienación) de su padre putativo.
El «pluralismo antiautoritario» —gestor indiscutible del anarquismo con «a» minúscula— es un fétido vertedero de contrainsurgentes reciclados. Ahí encontramos a los protagonistas del «nuevo» antifascismo: exbolcheviques desempleados, marxistas culturales, pacifistas cómplices, liberales con esteroides, anarcopopulistas de temporada, valedores de los «derechos humanos», neozapatistas intergalácticos, hooligans del St. Pauli (o del América), nacionalistas revolucionarios, decolonialistas militantes, neohippies compulsivos, autónomos septuagenarios, gestores contraculturales, decrecentistas coercitivos, neoplataformistas trasnochados y punks achacosos y chimuelos, entre otros defensores de los «ejércitos anarquistas», el helado caliente y el onanismo autogestivo.
Siempre nos hemos opuesto a la guerra. No desde el pacifismo cómplice ni la no-violencia tóxica, sino desde el antibelicismo ácrata, conscientes que los ejércitos son un instrumento opresor del Estado —de TODOS los Estados— y que la guerra ha de transformarse necesariamente en insurrección permanente en cualquier confín del planeta. Los Estados —TODOS— son intrínsecamente imperialistas, sin importar su capacidad armamentística ni su desarrollo tecnológico o su bonanza económica. Por eso no se requiere de una «intervención extranjera» para salir a combatir. El enemigo siempre ha estado en casa. Llámese socialista o capitalista, democrático o fascista, populista o libertario, secular o islamista, imperialista o anti-imperialista, conservador o liberal: quien detenta el poder es nuestro enemigo. La dominación no cambia su naturaleza ni su vocación opresora o su esencia de muerte en función de la ideología. Tampoco cambia tras haber «sufrido una agresión imperialista». El poder continúa siendo el enemigo sea cual sea el color que lo arrope o su condición de agresor o agredido.
Esta añeja reflexión es la centralidad descentrada de la Anarquía, el anti-principio del principio an-árquico, el presente preñado de la Acracia. La especificidad teórico-práctica de la potencia destituyente que instigó las experiencias subversivas de los siglos XIX y XX y continúa incitando la sedición anárquica en pleno siglo XXI. Prueba de ello es el constante accionar sedicioso en diversas geografías y la solidaridad en los hechos con nuestros afines secuestrados en las mazmorras de la dominación. No obstante —y muy a pesar nuestro—, aún se cuentan por docenas los autodenominados «anarquistas» que, tratando de encajar en un árbol genealógico ajeno, pregonan la «solidaridad crítica» con regímenes dictatoriales e invitan a la defensa de los Estados nacionales en nombre del anti-imperialismo, el antifascismo o la liberación nacional. Estos posicionamientos cómplices de la dominación cuentan con vieja data en nuestras tiendas. Su labor histórica ha sido confundir. De ahí sus propuestas de «poder popular», «poder paralelo», «contrapoder», «autogobierno», «auto-institución» y el oxímoron «anarquismo instituyente».
Una muestra de la penetración del anti-imperialismo, el antifascismo y de la doctrina de liberación nacional en nuestras tiendas es la aceptación a pies juntillas del «confederalismo democrático»xx. El pelotón Tekoşîna Anarşîst (Lucha Anarquista) es un ejemplo fehaciente de su huella desgarradora. Constituido en 2017 en el contexto de los días críticos de la guerra contra «el fascismo islámico», esta «unidad militar auxiliar» se conformó con el propósito de «apoyar y defender la revolución nacionalista en Rojava» amenazada por el totalitarismo teocrático del Estado Islámico (ISIS) y las pretensiones imperialistas de Irán y Turquía. En esa tesitura, e inspirados en la falacia del «pueblo en armas» y la leyenda infectiva de la Komintern en torno a las brigadas de «voluntarios antifascistas» en la España de 1936, decenas de jóvenes anarquistas alrededor del mundo se unirían a la Brigada Internacional de Liberación (IFB, por sus siglas en inglés) con el objetivo de combatir al lado de las milicias populares (YPJ/YPG).xxi Queremos suponer que por dificultades idiomáticas nunca han reparado en la procedencia de las armas que empuñan o que, presos del pragmatismo revolucionario, han hecho caso omiso adhiriendo la vieja máxima de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Lo cierto es que su «practicidad» no es un hecho aislado.
El mismo patrón se repite a más de 2 mil kilómetros de distancia. En la primera línea del frente ucraniano también encontramos «soldados anarquistas».xxii El caso más emblemático es el del Колективи Солідарності (Colectivo Solidaridad). Constituido en 2022 tras la «invasión imperialista rusa», este colectivo preconiza el «pluralismo antiautoritario». Según relata Kseniia —una de las militantes de esta agrupación residente en la ciudad de Kiev—: «Algunos somos anarquistas, hay militantes feministas, progresistas, ecologistas, personas de izquierdas. Algunas no se identifican políticamente, pero comparten las ideas progresistas en general (derechos LGBTQ+, de las mujeres, medioambientales…)».xxiii Vale destacar que una parte de sus afiliados «decidió alistarse» en el ejército ucraniano y otro grupo «se está formando para fabricar y programar drones y entregárselos a soldados antiautoritarios o de izquierdas».xxiv
No deja de ser alucinante —por decir lo menos— que estos «soldados anarquistas», en el mismo tenor que sus homólogos de Rojava, abracen la máxima maquiavélica y no reparen en la procedencia de sus armas ni les quite el sueño su encuadre táctico al servicio de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte). Aún resulta más aberrante que forjen relaciones y colaboren con otros movimientos como las Fuerzas Democráticas Sirias «donde también luchan algunos internacionalistas» (como Tekoşîna Anarşîst) y no tomen en cuenta que uno de los Estados que hostiga militarmente a las fuerzas kurdas (Turquía), forma parte de la OTAN. Pero, ya vimos que esas nimiedades no son condicionante. Los «soldados anarquistas» que luchan junto a las Fuerzas Democráticas tampoco se afligen porque Israel y Estados Unidos sean sus aliados tácticos en la lucha por la liberación del Kurdistán iraní.
Todas estas desvirtuaciones muestran la ausencia de disposición anárquica. Es decir, la falta de esa fuerza gravitacional que provoca la interacción atractiva entre práctica y teoría. Sin esa fuerza no hay Anarquía. Todo se reduce a un estrépito forzado de conceptualizaciones ajenas y palabras huecas.
La lucha ácrata no puede encasillarse a la izquierda del poder. Esto no sólo equivale a tomar partido en un simulacro, implica, también, aceptar el falso antagonismo «socialismo o barbarie», olvidando que leninismo y nazismo fueron expresiones irrefutables de un socialismo bárbaro. La Anarquía no es de izquierda y, evidentemente, tampoco de derecha. Ambas posiciones se sitúan a uno u otro lado del poder e impulsan procesos constituyentes. La Anarquía, en cambio, es una potencia intrínsecamente destituyente que busca la destrucción definitiva de todo arché (orden, poder, jerarquía o principio), incluido cualquier proyecto que pretenda ocupar el lugar del poder destituido.
Gustavo Rodríguez,
Planeta Tierra, a 29 de marzo de 2026.
Posdata 1 (aclaración oportuna): No soy utópico, estoy consciente de la imposibilidad de destrucción de todo arché, pero vivo convencido de la potencia an-árquica de la insurrección permanente y su imprevisible subversión del orden.
Posdata 2 (segunda aclaración oportuna): La malinterpretación de este texto podría dar por sentado que adhiero la táctica putschista del «derrotismo revolucionario» que promueve la contrainsurgencia leninista (estalinistas y trotskos). Nada más alejado de la intención de estas palabras. Mi crítica al chovinismo de Kropotkin o al «defensismo revolucionario» del anarquismo ministerial en la República española, corresponde al anhelo an-árquico de liberación total y no al beneplácito de las tesis bolcheviques.
Posdata 3 (de vocación pitonisa): En el pasado reciente vimos con vergüenza ajena como la Federación de la Cruz Negra Anarquista (ABCF, por sus siglas en inglés) incluyó en las relatorías de presos ácratas y sociales a los cinco espías de la dictadura cubana encarcelados en Estados Unidos. Hoy no debe sorprendernos si agrega a su lista al dictador Maduro (y su consorte) y emprenden una campaña de cartas —o una cadena de oraciones— por su inmediata liberación.