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POSDATA SOBRE FASCISMO Y ANTIFASCISMO
publicado el 20/08/25

Artículo publicado originalmente en Fascismo / Antifascismo (Lazo Ediciones,
2024). El libro consta de Cuando mueren las insurrecciones y Fascismo /
Antifascismo de Gilles Dauvé, los debates que suscitó con la revista Aufheben y el
extracto de una entrevista a Troploin. Más información en:
lazoediciones.blogspot.com | cuadernosdenegacion.blogspot.com

Desde hace más de diez años teníamos intención de publicar una crítica al antifascismo

concisa que compile diversos artículos, muchos de los cuales han quedado fuera de este li-
bro pero que hicimos circular por otros medios. Incluso a comienzos de siglo dimos mucha

difusión a un texto que nos llegaba desde España titulado «El antifascismo como forma de
adhesión al sistema». Para esa época queríamos provocar y debatir con punks y skinheads,

así como con anarquistas que se estaban adhiriendo al nuevo antifascismo en tanto que mo-
vimiento contracultural de una manera pandillezca. Queríamos subrayar que fascismo y

antifascismo eran mucho más que peleas callejeras y enfrentamientos entre bandas. Que no
se trataba simplemente de formas de lucha sino principalmente de contenidos políticos, que
tanto en sus expresiones tradicionales como contemporáneas –incluso considerando sus
grandes diferencias– no tenían ni tienen nada que ver con la superación del capitalismo,

sino todo lo contrario. Nos referimos a lo político en su acepción más simple: «Arte, doctri-
na u opinión referente al gobierno de los Estados».

Hoy que hasta en los medios masivos de comunicación hablan de «Antifa», llegando Trump
a señalarle hace algunos años como desestabilizador de nada menos que Estados Unidos,
aquella intención de comienzos de milenio parece lejana, pero su objeto no ha desaparecido,

sino por el contrario forma parte de una cuestión más amplia. En Argentina, un difuso mo-
vimiento que no descarta el electoralismo, y de hecho en muchas ocasiones se articula a par-
tir de él, comienza a popularizar las nociones del antifascismo moderno. Cuando gana un

candidato que no es del gusto de la socialdemocracia o el denominado peronismo de iz-
quierda o progresista se comienza a hablar de fascismo, de dictadura. Siguiendo esa modali-
dad se catalogó de fascistas a Macri o a Milei.1

Aparece así un «antifascismo electoral» como
1 Este libro forma parte de una intención por comprender estos fenómenos de manera radical,
que venimos proponiendo a partir de nuestras últimas ediciones. Ver tanto nuestro libro Contra

1

sinónimo de antiderecha, y se ha vuelto intercambiable hablar del «avance del fascismo»,
«de la derecha», o «del liberalismo». Es el llamado a la unidad para defender el capitalismo y
su democracia, típico del antifascismo histórico.
Por su parte, residuos del fascismo clásico vuelven a aparecer como alternativa política para

los proletarios descontentos: invocaciones de sus versiones originales de algunos pocos nos-
tálgicos, provocadores o ignorantes, y fundamentalmente sus variantes neo o posfascistas.

Las nuevas derechas, que tienen cada vez mayor arraigo en la población trabajadora, presen-
tan diferentes tendencias críticas a la sociedad capitalista, hacia ciertos excesos de la misma y

fundamentalmente como respuesta a las gestiones liberal-progresistas de las últimas décadas
y al denominado «globalismo». A pesar de su mayor o menor beligerancia 2

, todas las varian-
tes derechistas de importancia en occidente se presentan a elecciones. Incluso llegan a pre-
sentarse como antipolítica para salvar a la política en nombre de lo contrario. Este 2024,

alertan, es un año bisagra en este sentido, en muchos países crece la popularidad de las alter-
nativas de derecha y aparecen nuevas. Que todos hayan formado partidos políticos y se pre-
senten ordenadamente a elecciones nos dice mucho. La vía electoral y el orden democrático

es respetado de izquierda a derecha.

Las luchas impulsadas por el antifascismo en el «mejor» de los casos refuerzan la ilusión am-
pliamente extendida de que el Estado es un árbitro por encima de las clases, la cual suele ir

acompañada de suponer al capital no como una relación social sino como un puñado de
multinacionales u hombres crueles y avaros.3

Y en el «peor» de los casos conduce a la unidad

antifascista. Ayer y hoy para unas elecciones ordenadas, para mantener la normalidad capi-
talista. Ayer y hoy para ir a la guerra o aceptar «Estados de excepción» en nombre de la de-
mocracia.4

Claro que a veces en necesario enfrentar a neonazis en un barrio o en una ciudad por cues-
tiones de supervivencia inmediatas. Pero eso no tiene por qué llevarnos a la ideología anti-
fascista o antirracista, del mismo modo que luchar por mejores condiciones laborales no nos

obliga a conformar un sindicato o a la defensa de la supuesta dignidad del trabajo.

Las bandas fascistas pueden tornarse un horroroso peligro y hasta pueden contar con el apo-
yo velado de gobernantes, policías, periodistas y empresarios. Los mismos que las dejarán li-
el liberalismo y sus falsos críticos, Lazo Ediciones, 2023, como La religión de la muerte. Sobre

viejos y nuevos fascismos de Julio Cortés Morales, Lazo Ediciones, 2024.
2 Algunas expresiones presentan críticas a la democracia, su igualdad, libertad y derechos. Al
respecto ver el apartado «Antiliberalismo y anticomunismo, de izquierda y derecha» en Contra
el liberalismo y sus falsos críticos.
3 Por su parte, nazis de todo tipo y tiempo histórico basan su supuesto anticapitalismo en algo
parecido, solo que su personificación y chivo expiatorio predilecto serían «los judíos».
4 Por ejemplo, cualquier cuestionamiento hacia las cuarentenas y medidas de aislamiento en el
contexto del coronavirus, era asociado rápidamente a la derecha y, cómo no, calificado como
una «actitud fascista». Al respecto recomendamos la recopilación de artículos publicada bajo el
título Coronavirus, crisis y confinamiento, Lazo Ediciones, 2020.

2

bradas a su suerte cuando ya no les sirvan.5

De lo que no puede librarse la burguesía es de
sus fuerzas de seguridad para mantener la paz capitalista, aquellas que torturan y matan día

a día, las mismas que, paradójicamente o no, hacen cumplir las leyes contra el an-
tisemitismo, así como reprimen las manifestaciones contra el empeoramiento de las condi-
ciones de vida. Cumpliendo obedientemente con lo que la Ley de la burguesía ordene según

el contexto.

Lo que hoy se define internacionalmente como Antifa es un movimiento activista descen-
tralizado que comprende una serie de grupos autónomos. Estos pueden o no usar la violen-
cia o la reforma política, incluso plantarse contra el Estado, sin embargo, quieren obligar a

este último a renunciar a su necesario componente reaccionario y/o liberal de derechas. A su

vez, el antifascismo actual se ha transformado en expresiones políticas más amplias, vincula-
das a los movimientos sociales y a la política progresista entrada en su etapa más impotente

en un contexto de estancamiento económico, en paralelo al crecimiento de las nuevas dere-
chas.

El antifascismo y el fascismo nacieron bajo ciertas condiciones específicas del desarrollo del
capital que al día de hoy han cambiado notablemente. Tanto el antifascismo electoral actual
como el antifascismo callejero de tipo pandillero que enfrenta a las bandas neonazis, común
en Estados Unidos y Europa, no es el antifascismo estatista y militar de los años 30 y 40 del
siglo anterior, aquel que liberaba ciudades matando y violando a sus pobladores. Pero sí son
sus herederos políticos y por ello es importante señalarlo conociendo la historia.
Quienes salieron victoriosos de la Segunda Guerra Mundial sometieron al proletariado del

mundo mediante un nuevo ordenamiento global: un régimen capitalista democrático en oc-
cidente (con sus represiones y dictaduras siempre que fuera necesario) y un régimen «capita-
lista de Estado» en el bloque soviético. De este modo, impusieron conformarse porque su-
puestamente habían conquistado la libertad o al menos evitado un totalitarismo de derecha,

y sería peor si hubieran ganado los otros. Es la constante campaña del miedo elegida por los
antifascistas.
La alianza imperialista que ganó la guerra mundial, personificada en Stalin, Roosevelt y
Churchill, es la que insistiría con la importancia del fascismo. Es la historia oficial de «los

buenos» que explica quiénes son «los malos». Basta con ver cuál de los dos bandos de asesi-
nos, explotadores y violadores quedó prohibido y cuál no. Esta prohibición es la que hace

creer a muchos que escoger el bando proscrito es situarse contra el status quo. Y eso puede
explicar por qué en ocasiones «la rebeldía se vuelve de derecha».

Los neonazis o las pandillas racistas y antiinmigrantes son un problema de la calle en mu-
chas ciudades, pero, como ayer, eso no exige convertirse en «antifa». Esta misma etiqueta,

hoy como ayer, sirve para hermanar a oprimidos y opresores, explotadores y explotados, go-
5 El ejemplo de Amancer Dorado en Grecia es muy explicativo al respecto. De fuerza de choque

en las calles en épocas de revuelta apañados por la policía, pasando por ser el tercer partido en
las elecciones de 2014, fue declarado una organización criminal en 2020. Recomendamos el
artículo Greece: When the state turns antifa».
3

bernantes y gobernados. En nombre del antifascismo se nos llama a unirnos a nuestros ex-
plotadores, se nos llama a defender a los asesinos de hoy: los gobernantes progresistas o de

izquierda de cualquier país, que también tienen las manos manchadas con sangre. O unir-
nos con los herederos de otros asesinatos masivos como los estalinistas o maoístas, quienes

combaten al movimiento comunista en nombre del «comunismo».
Es preciso aclarar que tampoco es necesario que tengan las manos manchadas de sangre,

aunque cuál gobernante, por acción u omisión, no las tiene... No se trata de luchar simple-
mente contra los excesos de la democracia, sino contra la democracia como orden de la ex-
plotación organizada, de la sociedad de clases.

¿Pero cómo es que aún continuamos hablando de fascismo? Si hoy aún se habla de fascismo
es, en gran medida, gracias a la ideología antifascista. Y no se trata simplemente de una

cuestión semántica, de un error de nomenclatura. Es mejor llamar a las cosas por su nom-
bre. Trump, Bolsonaro o Milei podrán ser muchas cosas, pero no fascistas, al igual que el

FMI o el BM. Sucede que llamarles de ese modo es muy útil para crear un frente político
bien amplio donde quepan todos pero manden unos pocos.
La estrategia antifascista es siempre similar. Si Twitter o Facebook censuran al expresidente
de Estados Unidos es justicia, si censura a sus oponentes es un ataque a los derechos. Si
quienes son denominados fascistas han violado o torturado se denuncia, si los países que
vencieron a los nazis lo hicieron se oculta. Tal como hasta el día de hoy no se habla de las

violaciones masivas (¡doce millones!) contra las mujeres de los países derrotados en la segun-
da guerra e incluso de países aliados liberados como Francia.

En estas tierras y al menos por ahora, reunir a una serie de enemigos tras el rótulo de fascis-
tas ya no es para mandarnos a la guerra, sino para mostrar la democracia liberal como el

único horizonte posible. Que tendrá sus defectos, nos dicen, pero es mejor que el fascismo.

Pero la guerra siempre está, y ahora en «el corazón de Europa» nos deja algunas lecciones so-
bre esta cuestión. El 24 de febrero de 2022 Putín declaró la guerra con un eufemismo:

He tomado la decisión de llevar a cabo una operación militar especial. Su obje-
tivo será defender al pueblo que durante ocho años ha sufrido persecución y ge-
nocidio por parte del régimen de Kiev. Para ello, apuntaremos a la desmilitari-
zación y desnazificación de Ucrania.

Que la mayoría de los izquierdistas apoyen la acción rusa contra Ucrania, considerada como

«nido de neonazis», no es de extrañar. Que Putin sea a su vez un ultranacionalista autorita-
rio y conservador, muy cercano al posfascismo eurasiático de los defensores actuales del Im-
perio ruso parece no importarles demasiado, pues más que anticapitalistas integrales estos

izquierdistas son simplemente opositores al imperialismo gringo. Muchos de ellos nunca en-
tendieron que el estalinismo era una contrarrevolución, y siguen creyendo que la Madre Ru-
sia actual es la legítima heredera de la Unión Soviética de los años más heroicos.6

6 Julio Cortés Morales, «Ucrania y Rusia: ¿Nazis contra el fascismo?» (Santiago de Chile, 2022).

4

Pero también, cuando los demócratas y progresistas en general llaman «fascismo» a todo un

conjunto de políticas e identidades (como pueden ser los denominados neonazis, la alt-ri-
ght, los seguidores de las teorías de la conspiración, el antifeminismo reaccionario, las pan-
dillas anti-inmigrantes, el anarcocapitalismo en todas sus variantes, el nacional-bolchevis-
mo, y cada nueva identidad «de derechas») confiesan no entender qué está pasando o no

querer entenderlo.
Para quienes están en campaña electoral permanente, la mención de la «amenaza fascista» es

un recurso discursivo más como pueden ser la urgencia de una transición hacia energías re-
novables, o la promesa de medidas de seguridad. Todo en el Estado, nada contra el Estado,

nada fuera del Estado, tal como decía Mussolini. Pero en el medio justo, sin excesos ni ex-
tremismos.

Ese intento desesperado por traer a la vida al fantasma del fascismo no tiene por finalidad

despertar una adhesión entusiasta por la democracia en occidente como hace 90 años. Por-
que ya no es necesario, ya han ganado. Y no dicen «elijan esto que es lo mejor» sino «esto es

lo único que hay». Por eso todo lo que no es pro-democracia para el progresismo es basura y
delirios, desde las derivas reaccionarias pseudocríticas de la democracia hasta la perspectiva
comunista por la emancipación humana. Hoy no parece ser la democracia lo que está en
juego, pero sí una alternancia política de alta carga discursiva, en un contexto geopolítico
donde las tensiones entre bloques nacionales se van agudizando. Si bien algunos regímenes
como el de Rusia no son democráticos según los parámetros occidentales, no constituyen la
norma. Y en materia bélica ha sido la democrática OTAN la principal guerrera del último
medio siglo.

Asistimos a una sobreactuación del «riesgo totalitario» con el solo objetivo de disputar el co-
mando de los Estados democráticos, a ambos lados del centro. No podemos asegurar que la

deriva más generalizada hacia formas de Estado totalitarias no sea posible, pero, en todo
caso, cabe reafirmar con Dauvé que el antifascismo no ha frenado el fascismo, así como la

izquierda más o menos progresista no ha frenado la derecha más o menos reaccionaria. Cla-
ro que hay enfrentamientos entre fracciones de la burguesía, pero ¿hasta qué punto es posi-
ble inferir en esa dinámica de oposición en defensa de la alternativa menos terrible? ¿Hasta

qué punto esa perspectiva nos acerca o nos aleja de una transformación revolucionaria? ¿Los
antifascistas de hoy se hacen esta pregunta? ¿Acaso les importa? El capital reclama diferentes
gestiones estatales de acuerdo a las necesidades de su reproducción, contrarrevoluciones y
guerras incluidas. Es importante tomar dimensión de dónde brota la necesidad de cada
transformación en los regímenes políticos antes de abrazarnos a alguno de ellos.

Gilles Dauvé nos señala respecto del fascismo histórico que no se opuso realmente a la de-
mocracia, sino que se trató de una excepcionalidad en defensa del capital. Entonces no se

trató de «fascismo o democracia», sino de «fascismo y democracia». Cuando se analizan los

vestigios del fascismo en sus nuevas formas se consideran fundamentalmente dos dimensio-
nes: violencia e ideología. Respecto a la primera, las democracias occidentales contemporá-
neas –con gobiernos de izquierda a derecha– reprimen y emplean «Estados de excepción»

5

cuando es necesario, sin tornarse a formas de Estado abiertamente totalitarias. La democra-
cia incluye y perfecciona la represión «fascista», además de la guerra abierta en nombre de su

defensa. Por su parte, expresiones de ultraderecha han cumplido sus mandatos democrática-
mente y con gran moderación, a pesar de sus discursos de batalla ideológica de tono extre-
mista. Hitler y Mussolini llegaron al poder por vías semi-institucionales de la mano de sus

partidos-milicia, para luego hacerse del control total del Estado y dar curso a la gran gesta
bélica. Nada parecido está ocurriendo. Por lo pronto, la democracia no es alternada por los
«nuevos fascismos» ni por Estados de excepción, sino que los ha integrado.

Lo que amenaza al antifascismo después de 1945 no son las ideas de la izquier-
da comunista (los textos críticos de Bordiga, por ejemplo): el antifascismo se

vacía de contenido desde su interior. Con el fin del nazismo, nada es más evi-
dente. Un mal solo es absoluto mientras sigue siendo único: el fascismo, sin

embargo, no deja de reproducirse en una sucesión de figuras opuestas, cada vez

menos creíbles, como encarnación exclusiva del Mal. ¿Quién es el fascista ac-
tual, el belicista Bush o su enemigo, el antisemita Ahmadineyad? El dilema

antifascista no es su escasez de enemigos, sino su abundancia. [...] La extrema
derecha implantada en el norte de Europa es precisamente eso: el extremo de la
derecha, no un movimiento nacido de la violencia popular para restaurar por

medio de la dictadura la autoridad del Estado. El supuesto peligro fascista de-
muestra ser soluble en la democracia.7

La crítica al antifascismo tal como se viene desplegando desde hace casi cien años por la iz-
quierda comunista italiana y continuada por diversas expresiones anticapitalistas no es un

programa táctico y estratégico a repetir, pero si una buena lección para no olvidar en nues-
tra actual situación.

El frentismo antifascista fue, al igual que el fascismo, el resultado y la expresión de la derro-
ta del asalto revolucionario del cuatrienio 1917-21. Su esencia radica en la renuncia sustan-
cial a la lucha revolucionaria contra el capitalismo (que, en el mejor de los casos, se pospuso

a tiempos mejores) en nombre de la restauración de la democracia y el «Estado de derecho».
Su horizonte es el interclasismo, es decir, la alianza entre clases o fracciones de clases, sobre
la base de la oposición común al fascismo, hecho que impone en primer lugar la renuncia a
los métodos de lucha específicamente proletarios.

Hoy estamos a años luz de un contexto social que sea remotamente comparable, en térmi-
nos de intensidad de la lucha de clases, al de los años 1920-1930.

Afirmar que un «peligro fascista» se cierne hoy sobre nuestras cabezas es, ni más ni menos,
una idiotez. No hay ninguna dictadura fascista a las puertas: la única dictadura existente –
hoy como ayer– es la del capital, el valor en proceso, que ahora impregna y domina todos
los resquicios de la vida y las relaciones sociales.
7 Gilles Dauvé y Karl Nésic, Más allá de la democracia, Pelota de trapo (Madrid, 2013).
Publicado originalmente en 2009, disponible en nuestra biblioteca virtual.

6

Lo que se aplica al antifascismo se aplica a todos los «anti-
ismos»: la transformación del enemigo en un enemigo absoluto se alimenta del

mito y lo reproduce. [...] El «fascismo» se convierte así en una categoría pasaje-
ra, la clave con la que «explicar» y mantener unidos los fenómenos más dispa-
res: desde la normal y democrática represión policial hasta las manifestaciones

de racismo en los suburbios y barrios proletarios; desde las políticas antimigra-
torias de gobiernos de todos los colores y matices hasta la vuelta a escena de una

turba neofascista tan agresiva y mediática (gracias también a los «antifascistas»)
como numéricamente modesta; desde las nuevas etapas del proceso de vaciado
progresivo de las funciones de los parlamentos nacionales –transversal a todos

los Estados occidentales desde al menos 1914– hasta la violencia de género; pa-
sando por el creciente éxito de los partidos y movimientos «soberanistas» y/o

«populistas», que culmina en Italia, en 2018, con la formación del gobierno Le-
ga-M5S. Y en Estados Unidos con la elección de Trump. Todo, en la cabecita

del antifascista más o menos militante, concurre para componer la representa-
ción distorsionada de una sociedad y un Estado cada vez más «fascistizados».

¡Como si los fenómenos mencionados fueran incompatibles con la tan cacarea-
da democracia (de derecha y de izquierda)! Y como si no encontraran su necesa-
ria base material en las relaciones sociales capitalistas y su evolución histórica.8

La crítica del antifascismo, por tanto, no se trata de una cuestión de coherencia lógica ni
mucho menos del mantenimiento de un purismo doctrinario. Ha surgido y se profundiza
desde y para las luchas.
Luchar contra quienes hoy gobiernan tachándolos de fascistas no hace más que pedir más
democracia, y no ha hecho más que colocar en el gobierno a los progres que los relevan para

que luego vuelvan los «fascistas». Los ejemplos en Argentina son claros y en Chile nos des-
lumbran. Bachelet y Boric han aplicado leyes que la derecha no podría haber impuesto. En

manos de Piñera serían fascistas las leyes que absuelven carabineros asesinos o les permiten
disparar sin aviso, en manos de los «socialistas» es orden.
Deseamos con este conjunto de afirmaciones y negaciones aportar a las luchas en curso. Y
deseamos superar el trauma. Un trauma tan grande que hoy, siendo testigos directos de una
de las masacres más terribles de esta civilización como es la del Estado de Israel en Gaza, hay
quienes se empeñan en no llamar a las cosas por su nombre, le llaman a Israel fascista, como
si no fuese suficiente saber que es un Estado capitalista, faro de la democracia y el mercado
en Medio Oriente, exportador de máquinas de matar a todo el mundo. Parece sonar menos
grave llamarles demócratas y capitalistas, llamarles simplemente asesinos.

8 F.B., «Miseria del antifascismo», 2018.

7
https://drive.google.com/file/d/1jewCWr2mJzDGpFnaGHvsDniZlMb8vEGq/view


publicado el 20 de agosto de 2025 Alertar el colectivo de moderación a proposito de la publicación de este articulo. Imprimir el articulo
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