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[GCI-ICG] Resistencia proletaria a la guerra – Yugoslavia 1999
publicado el 01/06/24 par Guerra de Clases Palabras-claves  Mundo  Anarquismo  No a la guerra  Reflexión / Análisis 


Presentación de Guerra de Clases

Presentamos aquí un texto extraído de la revista Comunismo n°46 de febrero de 2001 del Grupo Comunista Internacionalista dedicado a la guerra de los Balcanes en 1999 (hace exactamente un cuarto de siglo), o más precisamente a su enésimo capítulo: Kosovo y el bombardeo de Yugoslavia por parte de la OTAN, así como a la resistencia proletaria a esta guerra.

Nos centramos aquí principalmente en la lucha librada por el proletariado contra la dictadura de la economía en los Balcanes y en el desarrollo de la guerra contra esta lucha. El texto analiza también la ideología que intenta camuflar las verdaderas razones de esta guerra a los ojos de los proletarios y subraya algunos elementos de la reacción proletaria contra ella.

Hoy, una vez más nos enfrentamos a la guerra y, en consecuencia, a todos los ataques posibles de la burguesía contra el proletariado. Aunque la guerra es inherente al capital, aunque la función real de toda guerra ha sido siempre servir al capital y aplastar a la clase subversiva, parece que nos acercamos cada vez más a un conflicto generalizado a escala planetaria, una nueva guerra mundial cuyas modalidades se están haciendo tangibles.

Todos expresamos nuestra resistencia a esta enésima guerra capitalista, con la fuerza que hemos podido reunir. Todos llamamos a la movilización proletaria contra la guerra en ambos bandos, en cualquier parte del mundo en que tenga lugar. Exigimos la única respuesta proletaria a la guerra capitalista, a saber, el derrotismo revolucionario conscientemente organizado y estructurado para derribar a nuestra propia burguesía y, en consecuencia, a la burguesía mundial en su conjunto. Todos llevamos la bandera del internacionalismo proletario, de la revolución proletaria.

Pero todos conocemos también el aislamiento, la debilidad de nuestras fuerzas frente a la propaganda burguesa, frente a los belicistas disfrazados de “anarquistas” o “comunistas”, frente a la inactividad del proletariado o a su falsa conciencia expresada en su “voluntad” de defender la “patria” o de promover el retorno a la “paz” (que no es otra cosa que la otra cara de la guerra capitalista cotidiana) y a la situación anterior de explotación “normal”.

Cuando hablamos de internacionalismo, esto significa captar y desarrollar la dimensión internacional del proletariado como clase. El capital y sus relaciones sociales, expresadas en diversas guerras, son una realidad global. El comunismo como proyecto proletario y proceso opuesto al capital es un movimiento universal y el internacionalismo es un elemento decisivo en la práctica del proletariado.

El proletariado no tiene patria. Debe oponerse al nacionalismo de su “propia” burguesía, sus explotadores directos, y desarrollar así una práctica internacionalista. Consideramos que nuestra tarea es participar en esta tendencia, fomentarla y desarrollarla como una comunidad de lucha unida contra el capital mundial, una comunidad en la que se basa la organización internacional e internacionalista del proletariado.

Que los elementos de nuestra lucha de ayer, desarrollados aquí, sirvan a las luchas actuales (Ucrania, Gaza…) y a la preparación de las luchas futuras: ¡la transformación de la guerra y la paz capitalistas en una revolución social mundial!

Guerra de Clases – Mayo de 2024

Post-scriptum: Nos gustaría también insistir aquí una vez más en la propia organización GCI. Consideramos que su actividad durante varias décadas y su contribución a la reapropiación programática por parte de la comunidad proletaria de lucha son particularmente importantes y muy cercanas a nuestras posiciones. También es importante señalar que el GCI histórica ya no existe. Como cualquier organización militante en la historia del movimiento de nuestra clase, a pesar de todas sus fuerzas, el GCI no era inmune a las contradicciones internas. Finalmente, hace unos años, estas contradicciones llevaron a su disolución como organización y continuidad militante. Varios antiguos militantes (en sentido literal), formando el llamado colectivo Kilombo, siguen hablando y firmando sus materiales en nombre del GCI pero, en realidad, han desviado completamente el contenido programático del grupo en favor de una fantasía ideológica vulgar, idealista y proclive a la teoría de la conspiración: reducción excesiva y obsesiva de las relaciones sociales capitalistas en diversos encantamientos “tántricos” como la denuncia del “Nuevo Orden Mundial”, el “Gran Reinicio”, la producción de “dinero falso”, los “plandémicos”, la “aristocracia financiera”, la “plutocracia”, el “Club Bilderberg”… y finalmente los “superricos”… Tenemos que advertir a nuestros camaradas de esta falsificación.
La resistencia proletaria a la guerra

El proceso que condujo a la intervención militar de la OTAN en los Balcanes, particularmente la última ola de bombardeos contra Yugoslavia y Kosovo, no puede ser explicado por las rivalidades étnicas y/o religiosas. Sin embargo, tampoco es suficiente analizar las diferentes contradicciones interburguesas. Se debe considerar, además, que la guerra no sólo resuelve provisionalmente la desvalorización mediante la destrucción de una parte del capital que no llega a valorizarse, sino que muchas veces la guerra es un medio muy eficaz para someter a los proletarios a los intereses burgueses y hacerlos aceptar la perennidad del orden capitalista1.

Toda guerra es, ante todo, una guerra contra el proletariado. Se trata, en realidad, del momento más elevado de negación del proletariado y de su proyecto social, el comunismo. Cuando los proletarios son obligados (con su consentimiento o a la fuerza) a abandonar su ya en paz mísera vida para integrar un ejército en guerra, y transformarse directamente en asesinos de otros proletarios y carne de cañón al servicio de los intereses de un campo burgués, están más lejos que nunca de su terreno de clase, de la defensa intransigente de sus intereses propios. Uno de los momentos más altos de la civilización burguesa es alcanzado cuando los proletarios olvidan tanto lo que verdaderamente son, explotados, como para aceptar endosar el uniforme, empuñar un arma y partir al frente mugiendo inmundos cantos patrióticos. Esta sociedad muestra su fuerza cuando, al mismo tiempo que hace supurar miseria en un polo y acumulación de riqueza en otro, se consigue enviar al obrero a asesinar a sus semejantes en nombre de la patria, de dios, del socialismo o, desde la llamada segunda guerra mundial, de la democracia o los derechos humanos.

La necesidad de negar violentamente al proletariado y su proyecto histórico, y la de transformar la lucha social, que durante años se ha desarrollado en los Balcanes, en guerra interimperialista, han sido objetivos centrales en la “intervención” de la OTAN, independientemente de la consciencia que de ello tenga tal o cual protagonista de la misma. En efecto, la lucha por combatir un proletariado activo, que no acepta fácilmente los incesantes dictados de la economía, explica en gran medida la guerra en los Balcanes.

1/ Los Balcanes: polvorín social

En vez de encerrarse en el horizonte limitado de los periodistas y otros comentadores políticos (incluyendo a los llamados de izquierda o de ultraizquierda), que sólo ven en esa guerra “conflictos de personas” o denuncian a ciertos países como imperialistas, abramos nuestro horizonte al análisis tanto en el tiempo como en el espacio. Desde principios del siglo XIX, los Balcanes son una zona de riesgo para la burguesía. La inestabilidad reina de manera endémica y se expresa regularmente mediante fuertes tensiones que a menudo llevan a explosiones sociales importantes. Sin remontarnos mucho en el tiempo, recordemos que la caída del Conducator Ceaucescu, en Rumania, en 1989, es el resultado de una sublevación importante del proletariado en esa región. La acumulación de contradicciones entre los sueños megalómanos de una burguesía que pretende crear “al hombre nuevo” y la miseria espantosa que vive el hombre real, el proletario, sólo puede conducir, después de muchas sacudidas importantes durante los años setenta, a la caída de cuarenta años de gestión estalinista. No nos sorprende que el enfrentamiento social en ese país se reanude en enero de 1999. A pesar de que hoy la situación parece más calmada, las contradicciones que desencadenaron estos acontecimientos no han sido resueltas, y ello anuncia, sin lugar a dudas, nuevos trastornos sociales en los próximos años.

Albania es, en la península de los Balcanes, otro foco de inquietud para los compradores de sudor humano. Al unísono, la “comunidad internacional”, es decir, la burguesía reunida en sus diferentes instituciones (ONU, OTAN, Unión Europea…), se aterroriza por la situación que surge del ataque del proletariado en armas al estado en Albania. La burguesía mundial tiene que intervenir rápidamente para intentar paliar la incapacidad de su fracción local para mantener el orden social. Bajo la cobertura del humanitarismo, se monta la Operación Alba con diversas tropas regionales respaldadas por las de Estados Unidos, Francia y Reino Unido, para destruir la sublevación a través del desarme de los proletarios insurrectos. Se “ofrecen” alimentos y dinero a cambio de las armas robadas en los cuarteles del ejército albanés. Esta operación constituye el primer paso de una estabilización social que todas las fracciones burguesas, a pesar de la competencia mortal a la que se libran, buscan ardientemente. Como en Rumania, la situación actual está muy lejos de apaciguarse, a pesar de que hoy la acción proletaria y las luchas parecen haber cedido el lugar a la terrible ley de la selva del capitalismo: que cada uno se arregle como pueda. A pesar de la evidente paz social, los capitalistas no se pelean por invertir en esa región y evitan cuidadosamente aumentar los negocios, esperando que primero los proletarios restituyan las armas de las que se apropiaron en los cuarteles del ejército nacional, y después retomen el camino del trabajo.

Otro tercer foco de tensión es toda la zona de la ex Yugoslavia, que durante más de diez años ha sido un polo de inestabilidad social crónica, en donde huelgas, manifestaciones, ocupaciones, sabotajes… resultan ser el pan cotidiano del obrero. A la muerte de Tito, en 1980, la burguesía local, con la ayuda del FMI, intenta inútilmente reconstruir la competitividad del espacio productivo yugoslavo. Diversos planes de austeridad se suceden a una cadencia excepcional, provocando un rechazo cada vez mayor por parte de los obreros, ante las nuevas condiciones de explotación. La guerra logra poner fin a estos conflictos, consumando lo que la división por etnias había comenzado: los proletarios que ayer se unían en la acción directa fueron empujados a detestarse y a matarse según cómo se los clasificara: “serbios”, “bosnios”, “croatas”, “musulmanes” o “cristianos”. Pero las exigencias de esta espantosa carnicería no se imponen sin provocar, en ciertos lugares, una respuesta de clase: los obreros continúan luchando contra la disolución de nuestra clase en los campos burgueses rivales. Sarajevo, Vukovar y otras ciudades son destruidas por todos los ejércitos presentes en el terreno. El proletariado tiene que ser destruido y desaparecer de la escena. La burguesía mundial completa, a través de la OTAN, UEO (Unión de Europa Occidental) y ONU, ese proceso de disolución de nuestra clase, interviniendo militarmente para definir reservas “étnicamente puras”, en las que los proletarios son amontonados en condiciones en las que su supervivencia depende directamente de su pasividad y sumisión al orden social existente. Toda esta división se da en una región en la que los productores han vivido y luchado codo a codo desde hace generaciones. “Escudilla contra paz social” es la divisa de los “hombres de azul”. La intervención de los cascos azules, en nombre de la democracia y de los derechos del hombre, permite a la burguesía imponer el terror contra nuestra clase para someterla a las necesidades de valorización y al trabajo en condiciones aún peores de las que han precedido el estallido de la guerra.

Diez años de conflictos sociales son transformados así en otros diez años de guerra sangrienta. ¡Qué fracaso terrible para nuestra clase, a pesar de algunas respuestas como las sublevaciones en el ejército serbio en Banja Luka!

Kosovo sólo representa el enésimo capítulo de esa sangrienta carnicería en la que las lecciones sacadas de la guerra en Bosnia son sistemáticamente aplicadas. La expulsión de centenas de miles de proletarios designados como “albaneses” ha de acompañar la separación de la región en entidades declaradas “homogéneas”, en las que sólo pueden reagruparse “serbios” o “albaneses”. También se obliga a los proletarios a abandonar su interés común para fundirse en la comunidad nacional, y a vestirse con uniforme a efigie “gran Serbia” o “albanesa”. Frente a un proletariado destruido por diez años de guerra, esta nueva separación no es más que una formalidad, una operación de rutina. Sin embargo, mientras que la histeria de la “unión sagrada” se encuentra en su apogeo, varias sublevaciones estallan en el ejército yugoslavo. La burguesía mundial no puede permitir el desarrollo de estas sublevaciones, pues contradicen el objetivo de la intervención de las tropas de la OTAN en los Balcanes: imponer por la fuerza la estabilización de la región. Como lo señala una de las resoluciones emitidas por el G8 en su reunión en Petersberg, el 6 de mayo de 1999, en pleno bombardeo aéreo: la intervención de la OTAN se inscribe en un “enfoque global de desarrollo económico y de estabilización de la región”.

La desestabilización de la región es lo que la OTAN reprocha al gobierno Milosevic, que no encuentra algo más cómodo que deshacerse del excedente de bocas a alimentar obligándolas a emigrar hacia los territorios de sus vecinos y competidores. Tanto la república de Macedonia como la albanesa no pueden soportar un flujo migratorio de tal dimensión, y ni hablar de Grecia, que es el polo de acumulación más importante de la zona. La estabilidad de la región está amenazada; el riesgo de que se exacerben los conflictos sociales en un futuro próximo obliga a la burguesía a imponer su interés general, es decir, a resolver los problemas internos de Serbia de una manera diferente a la de la comprendida por el gobierno de Milosevic. En realidad, lo que se le reprocha al gobierno de Belgrado no es “la depuración” étnica ­más prosaicamente, la masacre de miles de proletarios­, que Estados Unidos ha aceptado en la región durante diez años, sino el factor suplementario de desestabilización social que esa política de “gran Serbia” encierra. La burguesía mundial no puede correr ese riesgo en una situación social tan degradada como la de los Balcanes. Milosevic tiene que ceder el sitio a un gobierno más conciliador y capaz de plegarse a los intereses generales de la burguesía, aunque las contradicciones que minan Serbia no estén resueltas. Un ejemplo importante de estas contradicciones es la incapacidad de la burguesía local para encontrar una solución para el millón de refugiados que emergen de las guerras en la ex Yugoslavia. La solución que Milosevic encuentra para que la situación no le reviente en la cara es enviarlos a colonizar un Kosovo depurado de “albaneses”.

La intervención de la OTAN pretende no solamente deshacerse de Milosevic el “desestabilizador”, sino también cubrir esta región de una serie de bases militares, verdaderos puntos de apoyo para futuras operaciones humanitarias, que respondan a los disturbios sociales que surjan en esta zona en los próximos años.

2/ Mito y realidad de esta guerra

El 20 de junio de 1999, el secretario general de la OTAN, el socialista español Javier Solana, declara oficialmente finalizados los setenta y ocho días de bombardeo ininterrumpido de la República Federal Yugoslava. El objetivo político-militar de esta campaña aérea se resume de la siguiente manera: hacer reconocer al gobierno yugoslavo los acuerdos surgidos de la conferencia de Rambouillet; limitar el despliegue de fuerzas yugoslavas en la provincia de Kosovo; “interrumpir los ataques violentos perpetuados por las fuerzas armadas y especiales serbias; y debilitar su capacidad de prolongar la catástrofe humanitaria”.

Mito: “Una guerra humanitaria”

A partir de mediados de marzo, la fracción estadounidense de la burguesía mundial toma la decisión de bombardear Serbia. Inmediatamente, como preludio a las hostilidades, se desata una campaña prebélica realizada por los medios de información. Si se siguen los medios anglosajones de comunicación, uno se da cuenta enseguida de que la guerra es, como siempre, una operación gigantesca de intoxicación; de “comunicación”, como dicen los expertos en desinformación. Más que una comedia, el conflicto en Kosovo se parece a una película hollywoodiense de serie B, en la que tanto el escenario como los actores no son más consistentes que una hoja de papel. Todos los hilos conductores, los trucos y las prestidigitaciones utilizados resultan groseros y previsibles. Los escenógrafos del Pentágono utilizan el “sufrimiento del pueblo kosovar”, buscando hacer aceptar a los proletarios del mundo entero una guerra que no es la suya.

William Cohen, secretario de defensa de Estados Unidos, juega la primera escena de esa manipulación cuando anuncia en la cadena estadounidense CBS que: “Vimos la desaparición de alrededor 100.000 hombres en edad de servicio militar… Pueden haber sido asesinados”. Unos días más tarde, cuando se han caldeado los ánimos, la duda puede transformarse en afirmación. El secretario de estado “para los crímenes de guerra” [¡Sic!] puede anunciar, con aire trágico [¡qué buen artista!], que “225.000 albaneses, de entre catorce y cincuenta y nueve años, han desaparecido”. Cada palabra es sopesada, disecada, analizada; “desaparecidos” tiene que comprenderse como “asesinados”. Se hace aumentar la tensión mientras que otras fuentes militares estadounidenses dan cifras todavía más impresionantes: “Se estima en 400.000 el número de víctimas”. El término “genocidio” comienza a ser utilizado y se generaliza. Las comparaciones se ponen de moda, los kosovares de hoy se parecen como dos gotas de agua a los judíos de ayer. Hasta se utiliza “serbio” como sinónimo de “nazi”. La intoxicación aumenta con el mismo ritmo que se fortifican los dispositivos militares en la región. Aviones, barcos, tropas, tanques, helicópteros… se despliegan con la misma velocidad que el oleaje de mentiras que los expertos en comunicación del Pentágono divulgan: la única solución posible para finalizar la masacre es acabar con “Slobodan Milosevic, el monstruo sanguinario”. “Frente a la incapacidad de los europeos de detener el genocidio, y para salvar a los kosovares asesinados al borde de las rutas o expulsados por la fuerza de sus casas, es necesario que Estados Unidos envíe sus boys para restablecer el orden.” Los expertos en comunicación han logrado “comunicar”.

Realidad

Aunque el método podía considerarse gastado, funciona. Una vez más, la realidad se escapa del mundo terrestre para alojarse, como dios, en el cielo. Pero como ya sabemos, dios sólo existe como mito de cohesión social.

Con respecto a las ejecuciones masivas

La OTAN anuncia que ha detectado, a través de sus satélites, más de 529 localidades en las que yacen miles de víctimas. Una vez finalizado el bombardeo, y las tropas de la OTAN, bautizada para la ocasión como Kosovo Force (KFOR), ocupan la provincia de Kosovo, las diferentes comisiones de expertos en leyes se ponen trabajar. Ayer, la burguesía mundial utilizó la coartada de los campos de concentración nazi para justificar a posteriori la destrucción de las ciudades alemanas y japonesas, así como la masacre de sus habitantes; hoy, la misma burguesía mundial utiliza los osarios “serbios” para justificar sus bombardeos.

Primera constatación, las 529 localidades se han derretido como la nieve bajo el sol; ahora sólo se habla de 195. Un total de 2.000 cadáveres han sido contabilizados por el Tribunal Penal Internacional (TPI) y el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). ¿Dónde han ido a parar los cientos de miles de cadáveres que habían anunciado?

Un ejemplo ilustra a la perfección como la OTAN utiliza sistemáticamente la intoxicación de los medios de comunicación. El Daily Mirror británico relata (noticia reproducida ampliamente en varios canales de televisión) la creación de un campo de concentración en las minas de Trepca, en la que los “serbios habían construido hornos crematorios inspirados en Auschwitz” para quemar y sepultar miles de cuerpos. Según varios testigos “dignos de fe”, el 4 de junio, un gran número de camiones habrían penetrado en las minas con miles de personas que no volvieron a salir. Luego de la exploración efectuada por los investigadores del TIP, secundados por espeleólogos franceses, se tiene que constatar que “no habían encontrado absolutamente nada” que confirmase esa información. Sin embargo, la OTAN continúa oficialmente afirmando que “existen centenas de miles de muertos”.

Las masacres organizadas por las fuerzas militares serbias, aunque sean bien reales, son totalmente exageradas con el objetivo de fabricar una opinión pública “que comprenda la necesidad humanitaria de esos bombardeos”.

Con respecto a las expulsiones forzosas

Si bien es cierto que gran cantidad de proletarios que vivían en Kosovo tuvieron que escapar de la represión efectuada por las tropas serbias, hay que constatar que el desencadenamiento de los ataques de la OTAN inicia el éxodo masivo. No vamos a entrar en una guerra de cifras, señalemos simplemente que, una vez finalizada la guerra, más o menos 863.000 proletarios son desplazados; el 90%, es decir, 793.000, se escapa de la región entre el 24 de marzo y el 20 de junio de 1999; en otras palabras, éstos huyen ¡mientras la OTAN bombardea la región para “proteger a los kosovares”! Esta constatación retuerce definitivamente el cuello del otro eje de propaganda de los aliados que consiste en afirmar que el objetivo del bombardeo es impedir las matanzas que realizan las fuerzas serbias en Kosovo. En un documento publicado en el seno de la OTAN, los emisarios de la comisión llegan a la misma conclusión: “La potencia aérea no ha contribuido a resolver el problema humanitario en Kosovo, a pesar de que éste era uno de los principales objetivos anunciados por los dirigentes aliados a principios de la campaña. Es altamente probable que las expulsiones masivas y violentas, de las que los kosovares fueron víctimas, fueron exacerbadas por la voluntad de la OTAN de recurrir exclusivamente a los ataques aéreos de larga duración”.

Un mes más tarde, el jefe del estado mayor, el general H. Shelton, y el secretario de defensa, William Cohen, declaran conjuntamente ante del senado norteamericano: “Sabíamos que la utilización de la fuerza militar no podía detener el ataque de Milosevic contra los civiles kosovares”. Resulta claro que tanto la falsificación y la estafa, como la mitificación y el engaño constituyen el verdadero fondo de comercio de todos estos politiqueros, militares y periodistas, que, en perfecto conocimiento de lo que realmente está en juego en este conflicto, hacen todo lo posible por vendérnoslo como lo que deciden llamar “guerra humanitaria”.

Una guerra hi tech o de tecnología punta

Como en la guerra del Golfo, en 1991, el lobby militar-industrial aprovecha la ocasión para mostrar, en la vitrina de una feria comercial de tamaño natural, los mejores productos de sus fábricas de muerte.

Mito

Durante los setenta y ocho días de bombardeos, la fuerza aérea de Estados Unidos intenta hacernos tragar el mito de una guerra “limpia”, hi tech, que, con una elevada precisión “técnica”, sólo toma como objetivos las instalaciones militares, sin afectar en lo más mínimo a los desgraciados civiles.

Al día siguiente del fin de la guerra, el actor William Cohen, secretario de defensa de Estados Unidos, se transforma en representante de comercio que publicita la eficacia de las armas made in USA. Este excelente estafador declara, entre conferencias de prensa y entrevistas, que los ataques aéreos de la OTAN logran destruir más del 50% de la artillería y un tercio de los vehículos blindados del ejército yugoslavo. El general Shelton pretende entonces arrebatarle el estrellazgo, afirmando que los ataques aéreos logran “éxitos fabulosos”: la destrucción de 120 tanques, 220 vehículos de transporte blindado de tropas y más de 450 piezas de artillería enemiga. Este balance representa, para el sector militar-industrial y para la US Air Force (el 80% de los aviones que participan en las operaciones militares pertenecen a la aviación de Estados Unidos), una “victoria incontestable”. El general Wesley Clark declara, ante el congreso, que el ejército yugoslavo ha sido destruido casi en su totalidad y que ya no representa una amenaza en la región, pues “el 75% de sus armas pesadas han sido hechas polvo”.

Pero cuando los aliados ocupan Kosovo, todos esos blindados, vehículos, cañones destruidos… han curiosamente desaparecido del campo de batalla. El 15 de mayo de 2000, este cuento para no dormir se desinfla como un globo que revienta de tanto inflarlo. Las contradicciones y rivalidades en el interior de la OTAN provocan filtraciones hacia el exterior. La revista estadounidense Newsweek declara: “¡Las cifras son falsas!”.

Realidad

Según diferentes fuentes (militares, CIA, civiles), las armas pesadas realmente destruidas se sitúan en proporciones totalmente ridículas: 14 tanques, 18 vehículos blindados, 20 piezas de artillería, es decir, 52 artefactos que representan el 6% de las armas serbias pesadas. ¡Qué lejos estamos de las cifras triunfantes del Pentágono! Como lo señala la CIA: “Los bombardeos de la OTAN sólo afectaron a una pequeña parte del potencial del ejército yugoslavo”. Lo que es, según dicha agencia, “¡un verdadero fracaso militar!”. El mito de la guerra victoriosa obtenida a través la utilización masiva de una tecnología sofisticada se hace pedazos. No solamente son pocos los objetivos militares que se destruyen, sino que un gran número de los que se han anunciado no son más que simples engaños en cartón con los que el ejército serbio ha cebado los cegados aviones de la OTAN.

Esta guerra confirma, a pesar de la utilización de armas no solamente sofisticadas, sino también extremadamente costosas (como los aviones sin pilotos y los satélites capaces de leer el número de una placa), una cosa: un ejército burgués jamás puede salir victorioso si no copa el terreno. Una guerra llevada adelante a 5.000 metros de altitud jamás puede aplastar a un adversario que se protege y espera que la tormenta pase. Para salir victorioso es necesario desplegar hombres en rutas, bosques, colinas, montañas, ciudades, en pocas palabras, en un terreno extremadamente accidentado y propicio a las emboscadas, a los golpes de mano, a la guerrilla…, un tipo de guerra que evitan sistemáticamente los ejércitos modernos, pues en las mismas rara vez obtienen la victoria. El riesgo que todo ejército burgués teme, a pesar de la gran potencia de los medios utilizados, es el de hundirse en la guerra, empantanarse o enfangarse en ella. He ahí lo que induce a la burguesía estadounidense a evitar cautelosamente toda intervención terrestre de sus tropas y a promocionar la teoría de una guerra victoriosa a través de la utilización casi exclusiva de la aviación.

“5.000 metros” y teoría de “cero muertos”

Esta guerra debía imperativamente llevarse adelante a “5.000 metros” de altitud para protegerse de la defensa antiaérea serbia y entrar luego por tierra sin deplorar prácticamente ninguna víctima en el campo de los aliados, o sea, la teoría de “cero muertos”. Pero en toda esa demostración tecnológica, en vez de constatarse el poder del ejército estadounidense, lo que queda en evidencia son sus límites.

El temor al hundimiento en la guerra, a enfrentarse a una guerrilla, al repatriamiento cotidiano de centenas de cadáveres a Estados Unidos, a la transformación de esta guerra “breve, humanitaria, limpia y hi tech” en un atolladero, como sucedió con la intervención del ejército ruso en Chechenia, está presente en todas las decisiones estratégicas, y por eso no se asume la intervención terrestre. Cualquier hundimiento en el atolladero balcánico puede reflotar a la superficie las peores pesadillas que acosan, aún hoy día, a la burguesía estadounidense: la experiencia de Vietnam. Ahí se encuentra la explicación de las circunstancias y los límites que determinan el tipo de acción del ejército de Estados Unidos durante esta guerra; más aún si tenemos en cuenta que todos los jefes militares saben que durante la “segunda guerra mundial” el ejército alemán se derrumbó precisamente en esa región montañosa.

A pesar del despliegue de fuerza y “tecnología”, sin hablar de las toneladas de propaganda desparramada acerca de la eficacia de la intervención aérea, este conflicto demuestra los límites que tiene ese ejército. Su real incapacidad de asumir la muerte de sus soldados dice mucho sobre la verdadera cohesión que existe no sólo en su seno, sino en la retaguardia, Estados Unidos. En varias ocasiones hablamos en nuestra revista sobre la situación que la burguesía intenta sistemáticamente ocultar en el “país del Tío Sam”: la espantosa miseria existente. Acumulación de riquezas rima con indigencia, marginación de ciudades enteras, violencia urbana, droga, prisiones completamente repletas, trabajadores permanentemente bajo calmantes… Todos estos factores son indudablemente determinantes en la decisión tomada por la Casa Blanca de no enviar tropas terrestres a Yugoslavia. Como lo confirma el portavoz de la OTAN, Jamie Shea, durante una de sus, entonces cotidianas, conferencias de prensa: “La opción aérea aspira, en la medida de lo posible, a preservar la vida de los pilotos, puesto que la pérdida o la captura de algunos de ellos puede tener efectos nefastos sobre el apoyo de la opinión pública a la operación”.

Toda intervención terrestre implica el riesgo del hundimiento de Estados Unidos en “un nuevo Vietnam”, como lo observa el general inglés comandante de las tropas de la ONU en Bosnia: “Todos vimos la arrogante retirada de los serbios, con sus banderas al viento. Incontestablemente no hemos infligido los daños pretendidos. Si hubiésemos realizado una campaña terrestre, persuadidos de lograr los daños esperados, pienso que hubiésemos tenido una muy mala sorpresa”.

Fracaso militar, miedo al hundimiento en caso de una intervención terrestre, debilidades reales del ejército de EE UU ­a pesar de la intoxicación publicitaria sobre la tecnología­, contradicciones de intereses entre potencias en el seno de la OTAN, todo ello explica por qué esta guerra debe ser corta y desarrollarse exclusivamente en los aires. Detrás del bombardeo realizado por los medios de difusión acerca de las técnicas bélicas, una cosa esencial falta para transformar ese conflicto en premisa de una guerra generalizada: la movilización masiva y condescendiente de los proletarios. La movilización de éstos bajo la bandera de “los derechos del hombre y del ciudadano” o “en nombre de la injerencia humanitaria” no funciona demasiado bien. Por todas partes lo que prevalece es la pasividad completa; las verdaderas manifestaciones “contra los genocidios serbios” o para “defender a los hermanos eslavos” brillan por su ausencia. La burguesía no se muestra verdaderamente capaz de movilizar al proletariado en torno a la guerra en Yugoslavia, ni en uno ni en otro campo, condición indispensable para transformar ese conflicto en una carnicería generalizada. Esta situación la conduce a finalizar su guerra, a mantener, a través de su intervención en Kosovo, tapada la olla de presión de los Balcanes para ocultar las reacciones de nuestra clase contra esa guerra.

3/ Reacciones proletarias contra la guerra: motines en el ejército serbio

El 16 de marzo de 1999, bajo los violentos bombardeos de la OTAN, se desencadena, en el interior de las tropas y entre los civiles serbios, un movimiento de protesta contra la guerra en Krusevac. En pocos días se extiende hacia algunas grandes ciudades del sureste del territorio de Serbia; ahí se enrola a la mayoría de los que están realizando el servicio militar, que son llamados a luchar en Kosovo. El estado mayor y el gobierno de Belgrado saben perfectamente lo que se traen entre manos al enviar al Tercer Ejército yugoslavo a hacer el trabajo sucio a Kosovo. Las tropas originarias de otras regiones, como las de Vojvodin y Montenegro, no son seguras desde hace mucho tiempo; la moral está muy baja; después de una buena decena de años de guerra y de insubordinación, la deserción es ya general, y hace que las unidades militares resulten totalmente incapaces de operar. En el mismo Belgrado, el ejército confiesa que no logra movilizar a los hombres necesarios para poder mantener a Kosovo en el seno de la Federación Yugoslava.

La insumisión y la deserción han sido moneda corriente desde los años noventa. No ha sido mera casualidad si desde el momento en que el gobierno de Milosevic alcanza su primera década se encuentra obligado en su política bélica a reclutar a gran número de mercenarios extranjeros, así como a furiosas milicias nacionalistas e incluso a antiguos gángsters transformados en “señores de guerra”, como el difunto Arkan y su milicia los Tigres. Al no disponer de otras fuerzas, los gestores locales del capital se ven forzados a enviar al Tercer Ejército yugoslavo, compuesto en su mayoría por habitantes de la región del sureste, aunque saben perfectamente que esta política acarrea riesgos importantes; durante los conflictos anteriores han habido varios motines en el interior de las tropas originarias de esta región. El estado mayor, a pesar de ese molesto precedente, no puede hacer otra cosa dado que las otras unidades están gangrenadas por las deserciones y la baja moral de las tropas.

El repatriamiento de los cuerpos de los soldados muertos en el combate es muchas veces la señal de estallidos sociales. El 14 de mayo llegan a Krusevac los cadáveres de siete soldados caídos en el frente. El temor de una respuesta proletaria induce a las autoridades militares a negarse a divulgar los nombres de los caídos. Rápidamente, los familiares de los conscriptos o quintos organizan manifestaciones frente al ayuntamiento, pidiendo que se den los nombres. En Prokuplje, el l9 de mayo se reproduce el mismo escenario cuando llegan once cadáveres de “kosovares”, pero aquí sí estalla una verdadera revuelta. En otras ciudades se realizan manifestaciones cotidianas contra la guerra, como en Cacak. Frente a ellas, la respuesta de las autoridades es rápida y violenta dado que la relación de fuerzas todavía lo permite; la burguesía detiene a los dirigentes, e imponentes fuerzas del orden ocupan la ciudad para impedir toda concentración. En Raska y Prokuplje se reprime preventivamente, y las fuerzas represivas controlan las ciudades por temor a la extensión de la respuesta proletaria.

El 17 de mayo, dos mil manifestantes, entre los cuales se encuentran un gran número de soldados, exigen a las autoridades municipales y militares de Krusevac la publicación del número exacto y de los nombres de los hombres caídos en el combate. Ante los manifestantes que lo insultan, el alcalde, Miloje Mihajlovic, miembro del partido socialista serbio (el mismo de Milosevic), anuncia que no puede satisfacer esas exigencias. A partir de este momento, la protesta se dirige hacia los medios de comunicación y los locales de la televisión local, que son sistemáticamente atacados a pesar de la presencia de un gran dispositivo policial. El mismo día, miles de manifestantes se reúnen en Aleksandrovac para oponerse al envío de tropas hacia Kosovo.

El alcalde, acompañado por sus guardaespaldas, intenta calmar la situación, pero sus esfuerzos resultan vanos; los manifestantes lo echan por tierra y lo muelen a golpes. Una unidad de la policía militar logra a duras penas salvarlo del linchamiento, lo oculta en el baño de una tienda, y luego lo conduce, en estado grave, al hospital de Nis.

Un día después, el 18 de mayo, 5.000 manifestantes, en su mayoría mujeres, invaden otra vez la ciudad de Krusevac. Las ventanas de los edificios militares son el blanco de la rabia generalizada: piedras, huevos y pernos las rompen en pedazos. Proletarios invaden y saquean los locales de la televisión local. Al anochecer, las primeras señales de reacción de nuestra clase contra la guerra alcanzan a las tropas en el frente. Más de mil reservistas de Aleksondrovac y de Krusevac abandonan el frente de Kosovo, generalizando así el movimiento que se desarrolla en las ciudades de la región.

“Decidimos regresar a casa aunque había muchos problemas a lo largo del camino. Utilizan incluso coches bombas para impedir nuestro regreso. Nos exigen que entregemos las armas, pero nosotros no obedecemos. No les bastaba con asesinarnos con bombas, ahora se apalea a nuestros familiares. Yo no regresaré al frente. Esto no es una guerra, es un loquero en donde es muy difícil sobrevivir y permanecer sano. Quiero permanecer sano; no quiero asesinar ni ser asesinado.” Declaraciones de un desertor en Alternative Information Network.

Los desertores se dirigen, durante la noche, hacia las dos ciudades. Al amanecer, la mayoría de los reservistas campean en los pueblos vecinos, a dos pasos de sus hogares, pues las fuerzas represivas les impiden ir más lejos. Sin embargo, 400 desertores logran deslizarse y penetrar en Aleksandrovac, donde, junto con otros manifestantes, desfilan con “las armas en bandolera”. En una entrevista en la televisión, el mando militar de la región los acusa entonces de “minar la moral de las tropas” y de “colaborar con el enemigo”. Pero poco importa a los proletarios lo que este putrefacto sujeto pueda afirmar. Ellos sienten, como puede constatarse claramente en la cita anterior, que, desde hace muchos días, tanto el mando militar serbio como los satánicos aviones que bombardean a sus mujeres, niños, familiares… ¡son sus verdaderos enemigos!

¡El proletariado sólo reconoce una guerra, la suya! Aquella que opone a los proletarios del mundo entero a los burgueses, sean cuales sean sus uniformes: yugoslavos, croatas, yanquis o franceses. ¡Qué admirable falta de patriotismo suministran esos amotinados que, armas en mano, afirman que sus intereses se encuentran en oposición radical a los del estado! El proletariado no tiene ningún interés en ir a asesinar a sus hermanos de clase en Kosovo o en hacerse matar para que la burguesía serbia continúe obteniendo beneficios. Nuestro interés es el de oponernos a toda guerra fratricida; a toda guerra en la que se enrole al proletariado para defender los intereses de “su propia” burguesía; el de retornar nuestras armas contra “nuestra propia” burguesía para así transformar esa carnicería en guerra social contra la dictadura del capital, siempre sediento de valorización. Como afirma ese repugnante representante del orden burgués, estas acciones “minan la moral de las tropas”. Ésa es la verdadera dirección que toman los motines para, en primer lugar, poner punto final a la carnicería bélica de la burguesía, y, en segundo lugar, a través de su generalización a otras unidades, para impedir la posibilidad de una represión abierta contra las sublevaciones.

El miércoles 19 de mayo, el general jefe del Tercer Ejército yugoslavo abre las negociaciones con los sublevados, que ocupan las afueras de Krusevac. Nebojsa Pavkovic ofrece un compromiso: la retirada del frente será considerada, no como una deserción, sino como un simple permiso de unos cuantos días, siempre y cuando regresen al frente. Los desertores rechazan la oferta y exigen el fin de la guerra. Ese mismo día, la población de Krusevac detiene varios autocares que llevan a los reservistas hacia el frente. Solamente uno de esos autocares, muy bien escoltado, logra salir de la ciudad hacia Kosovo.

Desgraciadamente surgen fisuras entre los sublevados que ocupan los alrededores de la ciudad. Al día siguiente, algunas centenas de ellos aceptan la oferta del general y entregan sus armas a las autoridades militares. Un grupo de reservistas, establecido desde hace más de dos meses en los alrededores de Krusevac, reacciona contra el debilitamiento del movimiento: un núcleo decidido de más de 300 hombres en armas entra en la ciudad y manifiesta su rechazo al envío de tropas a Kosovo.

El sábado 22 de mayo, el resto de sublevados, que habían desertado del frente el 18 de mayo, se unen a los 300 reservistas que ahora ocupan Krusevac. El domingo 23 de mayo de 1999, la oposición a la guerra resurge con más fuerza en Krusevac. “Varios miles de habitantes” exigen el regreso de todos los soldados de Kosovo. Los desertores ocupan la ciudad a partir de las siete de la mañana; más de 2.000 manifestantes se reúnen, muchos de ellos vistiendo todavía el uniforme del ejército yugoslavo. Reservistas que se niegan a partir a Kosovo, desertores, familiares de soldados, así como otros proletarios se manifiestan juntos contra la continuidad de la carnicería. Las autoridades locales intentan reprimir esta nueva manifestación de descontento que rompe, cada vez más, la unión sagrada, y deciden prohibir toda concentración.

Cuando la gran manifestación se une a los desertores que controlan ciertos lugares de la ciudad, los hombres en edad de ser movilizados bajo las banderas nacionales hacen el juramento de no responder a ninguna convocatoria oficial. Durante la manifestación se levantan consignas como: “queremos que vuelvan nuestros hijos”, “no queremos volver más a Kosovo”, “queremos paz”, “nunca más dejaremos que nos engañen”. Cierto número de oficiales, que se encuentran en la ciudad, intentan calmar la situación, mientras un general pronuncia un discurso en el que recuerda que “la patria se encuentra en peligro” y que “todos tienen que aceptar su deber”, todos tienen que aceptar “el envío de sus hijos al frente”. Pero no se lo deja terminar, a él y a sus guardaespaldas se los golpea. Para salvar su pellejo, y aunque sangra abundantemente, toma de nuevo la palabra declarándose dispuesto a aceptar las reivindicaciones de los sublevados a quienes, sin embargo, aconseja dispersarse y regresar a sus hogares. Los manifestantes no aceptan los consejos del general, y un núcleo llama a manifestarse todos los días hasta el fin de la guerra. Otros proletarios se dirigen hacia el cuartel general “para exigir explicaciones” a los oficiales que se esconden en ese edificio. Estos últimos, aterrorizados ante la situación general de oposición a la guerra, los reciben cordialmente y se comprometen a que sólo se enviarán voluntarios a Kosovo, y de ninguna manera a los que se opongan. ¡Como respuesta se disparan algunos tiros y se escuchan gritos de “mentirosos”, “bandidos”, contra los oficiales!

A pesar de la determinación de los desertores, las numerosas tropas que controlan la ciudad permanecen fieles al gobierno. Los desertores, como todos los otros proletarios que se manifiestan, parece que no realizan nada serio para intentar ganarse a estas tropas a su causa. La correlación de fuerzas queda bloqueada sin que el movimiento contra la guerra logre cambiarla a su favor, a pesar de que la llegada de otras dos noticias les da aliento: otros desertores anuncian que “unidades especiales” bloquean las montañas de Kopoanik y miles de desertores vienen directamente desde Kosovo. Krusevac se transforma en el centro de la insubordinación. Desertores, insubordinados, proletarios armados… sienten que la relación de fuerzas en ese lugar es clave para la extensión del movimiento. Más desertores vienen de Aleksandrovac para unirse a los de Krusevac y así hacerse fuertes, pero son frenados por tropas leales al gobierno. No tenemos conocimiento, tampoco aquí, de que se haya hecho propaganda derrotista entre esas tropas para minar su capacidad de represión, y así hacer cambiar la relación de fuerzas en favor de la lucha contra la guerra. Los insubordinados, aislados, deciden volver al punto de partida y organizan una manifestación contra la guerra en Aleksandrovac. En el mismo momento estallan otras manifestaciones contra la guerra en Raska, Prokuplje y Cacak que chocan contra una represión brutal.

Paralelamente, el mando militar presiona y lanza una orden general dirigida a todos los reservistas de la región en la que se les exige acantonarse, al mismo tiempo que se prohíbe el acompañamiento familiar. El ejército teme que se repitan los actos de insubordinación que ya se multiplican frente a los cuarteles de todo el país: familiares y amigos acompañan de forma sistemática a los reservistas y los motines se transforman en moneda corriente. Las madres se encadenan a sus hijos para “que no mueran por una tontería”; los hombres y otros familiares se oponen a gritos a los oficiales y los insultan; el enrolamiento de reservistas se transforma sistemáticamente en manifestaciones de oposición a que se los lleven a la guerra. Dichas manifestaciones sacuden todas las ciudades de la región. Algunos reservistas participan con sus armas, y el estado mayor teme, por encima de todo, que las manifestaciones, por el momento pacíficas, se transformen en enfrentamientos violentos con las fuerzas represivas.

El gobierno de Belgrado tiene que reaccionar rápidamente ante el peligro de una degeneración de la situación; por ello propone un acuerdo al mismo tiempo que formula un ultimátum: los reservistas tienen plazo hasta el 25 de mayo para entregar sus armas a las autoridades militares y regresar a sus unidades; el gobierno, por su parte, “olvidará” la deserción; el no respeto de estas condiciones equivale a la corte marcial y al pelotón de ejecución. Al mismo tiempo se concentran importantes fuerzas represivas en Krusevac. La represión comienza a castigar duramente. Seis personas son condenadas a pagar entre 250 y 750 dólares por haber participado en una reunión ilegal contra la guerra. La policía prohíbe toda manifestación en el sur industrial de Serbia. Krusevac, Aleksandrovac, Prokuplje y Raska son rastrilladas por cuerpos represivos.

A pesar de todo ese despliegue impresionante de fuerza policial, ningún reservista parte hacia el frente y las armas no son restituidas. Los proletarios no sólo ocultan a los refractarios, sino que continúan boicoteando toda partida de reservistas hacia Kosovo.

Mientras las bombas de la OTAN llueven sobre la gran mayoría de las ciudades yugoslavas, las respuestas obreras se generalizan y ganan otras regiones. En Podgorica (capital de Montenegro), como en Krusevac, los reservistas, una vez abandonado el frente, llegan a la ciudad y con los familiares de los soldados reclaman en una manifestación “el regreso de sus hijos”. El ejército, el gobierno y las autoridades locales, a pesar de todos sus esfuerzos, se muestran totalmente incapaces de detener la extensión de la respuesta proletaria contra la guerra. La burguesía teme recurrir a la represión porque le aterroriza el resultado de un posible enfrentamiento. Ya han pasado diez años desde que empezó la guerra y con ella los sacrificios, cada vez más horribles, la miseria y la muerte. Hace más de diez años que se anuncia cotidianamente a las familias que su hijo, marido o padre “murió heroicamente en el campo del honor”. La situación, incluso para aquellos que han creído en el milagro nacionalista, se vuelve insoportable. Hasta la oposición gubernamental se encuentra totalmente superada por el movimiento. Así, Zoran Djindjic, jefe de la Alianza Democrática, que reagrupa gran parte de la oposición gubernamental, declara: “No es la oposición la que ha organizado esas manifestaciones, que por otra parte no tienen objetivos políticos […]. Hoy en día, Milosevic sólo puede calmar a esas gentes si las satisface. Y solamente puede satisfacerlas si para la guerra, les devuelve a sus hijos y les da trabajo […]. En realidad, fueron las víctimas de su política las que descendieron a la calle. Lo que nosotros esperábamos desde hace diez años”.

A pesar del antagonismo que esta oposición gubernamental tiene con el movimiento de insubordinación, trata de aprovechar la bronca proletaria para subirse al carro y presentarse como la alternativa al gobierno actual. Djindjic muestra una buena comprensión de la situación cuando afirma: “La oposición tampoco ha ganado popularidad por el momento, pero tenemos más posibilidades, pues no hemos participado en la guerra”.

El relevo se prepara; la segunda mandíbula de la trampa vuelve a activarse; el renaciente movimiento proletario debe ser triturado por el gobierno, por una parte, y por la oposición, por la otra.

A pesar del importante dispositivo policial que controla la región, el proletariado sigue oponiéndose a regresar al frente y a entregar sus armas. El general en jefe de las tropas serbias en Kosovo se desplaza para intentar encauzar el descontento de los reservistas. Se hacen promesas a los soldados que entreguen las armas que poseen. El estado no puede tolerar que se le arrebate el monopolio del ejercicio de la violencia, de su violencia de clase. El ejército exige que todos los movilizados sean inmediatamente enviados al frente, a lo que jóvenes conscriptos responden: ¿por qué no se moviliza a “los ricos u otros privilegiados”? En Voivodina, los tribunales pronuncian varias condenas contra los que se oponen a la guerra.

La amenazante situación, para el gobierno de Milosevic, se mantiene; ahora resulta imprescindible encontrar rápidamente una salida a ese impás. Por un lado, los bombardeos aéreos no llegan a destruir el ejército serbio, ni siquiera lo han forzado a salir de Kosovo, y, por el otro, las insubordinaciones pueden dislocarlo, haciendo resurgir el espectro del comunismo en la región. Un escenario parecido al de la guerra del Golfo puede tomar cuerpo. Esta situación es determinante en la decisión de parar la guerra. El 7 de junio, los generales yugoslavos Marjanovic y Stefanovic tienen un encuentro secreto, en Kumanovo, Macedonia, con el general británico Michael Jackson. Desde hace varias semanas, el gobierno yugoslavo, a través de su aliado ruso, intenta entrar en contacto con los aliados para salir de la crisis que lo amenaza. Rápidamente, en dos días, se firma un acuerdo “técnico-militar”, mientras que las insubordinaciones en el ejército serbio siguen repitiéndose y las manifestaciones se extienden a gran número de ciudades del país. Ese acuerdo prevé la retirada inmediata de las tropas serbias ubicadas en Kosovo y la ocupación de esa provincia por un contingente de la KFOR (Kosovo Force). Mientras el acuerdo prevé tres días, el ejército serbio abandona el terreno en sólo un día. El 10 de junio de 1999, la OTAN suspende los bombardeos de la República Federal Yugoslava. La tensión vuelve a descender; y las tropas yugoslavas son más o menos desmovilizadas, lo que disloca el movimiento de insubordinación del mes de mayo e impide que el mismo continúe generalizándose.

Mientras uno de los objetivos declarados de los bombardeos de la OTAN es derrocar a Slobodan Milosevic, éste, al igual que Saddam Hussein en 1991, permaneció bien instalado en el gobierno una vez terminada la guerra2, con el consentimiento más o menos tácito de sus enemigos de ayer, para reprimir toda tentativa proletaria contra el orden social existente. La OTAN prefiere un Belgrado con Slobodan y un Bagdad con Saddam a una revolución social. La familia capitalista mantiene su unidad, a pesar de sus contradicciones, frente a un proletariado amenazante que puede poner en cuestión el reino de su orden social.

4/ Conclusiones

A través del análisis de la guerra en Yugoslavia, hemos podido constatar los límites reales y los problemas que tiene la burguesía para imponer su solución a la contradicción entre valorización y desvalorización.

La guerra generalizada, que resulta tan indispensable para la desvalorización masiva de medios de producción superabundantes (con respecto a las posibilidades actuales de valorización del capital), y asegura un nuevo ciclo de acumulación expansiva internacional, no logra ser impuesta socialmente. En efecto, si bien la burguesía tiene la fuerza para imponer un conjunto de guerras locales sin que el proletariado logre detenerlas, las mismas resultan insuficientes para las necesidades del normal desarrollo del capital.

“La defensa de los derechos humanos”, “el derecho a la injerencia humanitaria”, la demonización del enemigo… se muestran como realidades ideológicas insuficientes para movilizar masivamente a los proletarios en la guerra. La apatía con la cual el proletariado responde a dichos llamados a la movilización imperialista no es por supuesto una garantía revolucionaria, pero constituye un freno en la medida en que las fracciones más conscientes de la burguesía temen las consecuencias que podría tener imponer una guerra generalizada, que, sin embargo, el sistema social necesita.

La prolongación de las guerras locales emprendidas durante los últimos años bajo la bandera de las Naciones Unidas, y, sobre todo, los riesgos de hundimiento en la guerra provocan reacciones en el seno de nuestra clase. Ya sea en Sudán, como en Irak o recientemente en Yugoslavia, la prolongación de las guerras locales bajo la bandera de la ONU empuja al proletariado a salir de su apatía y a retomar, de diversas maneras, el camino de clase. La insurrección proletaria en Irak constituye sin duda el caso más ejemplar.

El espectro de una situación revolucionaria, consecutiva al desencadenamiento de una guerra tradicional, continúa siendo un obstáculo real en todos los planes belicosos de todas las fracciones de la burguesía. La guerra tecnológica que nos quieren vender los medios de desinformación pública no puede, como vimos, lograr los objetivos propuestos, y, aunque la opción de la guerra tradicional presenta los riesgos antes señalados, es muy probable que se tienda nuevamente a las formas tradicionales de guerra, como en la guerra entre Irán e Irak o, más recientemente, en la de Cachemira, entre India y Pakistán. Pero como vimos, la burguesía internacional tiene terror a hundirse en una guerra masiva que haga resurgir el fantasma del proletariado revolucionario, y que la mansedumbre hasta la imbecilidad que ha caracterizado a sus esclavos asalariados vuelva a transformarse, afuera y en contra de todas las alternativas pacificadoras y socialdemócratas, en un nuevo Octubre de 1917. Sin poder prejuzgar acerca del peso de las determinaciones más inmediatas que pueden determinar la acción de tal o cual asociación de tiburones imperialistas hacia una guerra de conquista (que puede, evidentemente, conducir a generalizaciones más o menos importantes), nosotros pensamos, sin embargo, que el miedo de perder todo frente al resurgimiento de la revolución influencia, mucho más de lo que se cree, las idas y venidas, las marchas y contramarchas, los discursos y mentiras ventilados públicamente, las oscilaciones burguesas en el camino hacia una guerra de mayor importancia e implicación social.

Claro que, a pesar de lo dicho anteriormente, la burguesía mundial posee todavía gran margen de maniobra para afirmar la barbarie de su inmundo sistema social productor de guerras, gracias a la lamentable situación social del proletariado, que se muestra incapaz de afirmar sus propios objetivos. En efecto, a pesar de la resistencia a la guerra que hemos descrito parcialmente en este texto sobre la situación en los Balcanes, es necesario admitir que el proletariado sigue en una situación difícil, por la ausencia de asociaciones proletarias y de prensa obrera masiva, por el aislamiento de los núcleos comunistas, que limita enormemente los movimientos que se desencadenan episódica y explosivamente por doquier.

Una consecuencia dramática de esta realidad es que cuando el proletariado se insurge contra la guerra, como en Irak, o cuando empuña las armas para afrontar una situación de supervivencia catastrófica, como en Albania, el capital internacional logra, a pesar de (o, mejor dicho, gracias a) todos los medios de comunicación actuales, mantener el aislamiento, lo que por supuesto favorece todas las formas de recuperación burguesa.

Hoy más que nunca, la organización del proletariado en fuerza, en partido mundial, es indispensable para el desarrollo de una respuesta clasista frente a la guerra. El único medio para impedir el desarrollo de la militarización general que impone el capital, de contraponerse a las guerras que la burguesía sigue y seguirá desarrollando en todo el mundo, es el de la organización colectiva e internacional por la destrucción definitiva de esta sociedad inmunda.

¡No hay capitalismo sin guerra!

¡Derrotismo revolucionario contra la guerra!

¡Para suprimir la guerra hay que destruir el capital!

1 Muchas fracciones burguesas han tenido y tienen consciencia de ello y tampoco faltan ejemplos en la historia en que los dos campos burgueses de una guerra se ponen de acuerdo sobre las condiciones de la misma contra el proletariado. No se puede olvidar que la transformación de la guerra social en guerra imperialista es un objetivo general de los capitalistas. Sin embargo, ello no garantiza los resultados de la guerra. Como la misma agrava todas las condiciones de vida de los proletarios, muchas veces, a la burguesía le puede salir el tiro por la culata: derrotismo revolucionario, fraternización, ruptura de los frentes. Es decir, la guerra puede también ser transformada en revolución social. Desde hace mucho tiempo, los gobiernos y estados mayores discuten y evalúan este tipo de ventajas y riesgos cuando se emprende una acción bélica.

2 Milosevic abandonó el poder en Yugoslavia en octubre de 2000, tras un esperpéntico proceso electoral e importantes movilizaciones.


publicado el 1ro de junio de 2024  par Guerra de Clases  Alertar el colectivo de moderación a proposito de la publicación de este articulo. Imprimir el articulo
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