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México: Autonomía y autogestión como estrategias de defensa del territorio en las comunidades indígenas

Viernes 12 de febrero de 2021

Una de las principales demandas de los movimientos indígenas en México es el derecho de autogobernarse de acuerdo con sus usos y costumbres. Este reclamo cobra mayor relevancia ante la intensificación del despojo que exige la reproducción del sistema capitalista, pues gran parte de los recursos naturales más rentables se encuentra en aquellos territorios que han ocupado las comunidades indígenas. A pesar de la larga tradición de cooptación de las estructuras comunitarias por parte del estado, aún existen formas de autogobierno y sistemas de cargos tradicionales que permiten a las comunidades tener experiencias de gobierno horizontal a partir de la lógica asamblearia. Varias organizaciones y pueblos indígenas se encuentran recuperando y reestructurando dichas formas tradicionales de organización para afianzar el derecho a decidir sobre sus territorios. En Oaxaca, el Comité por la Defensa de los Derechos Indígenas (CODEDI), está construyendo un sistema productivo basado en el trabajo colectivo bajo la forma de tequio o mano vuelta y en la recuperación de formas de organización comunitaria para detener las amenazas de desposesión en la región. Aquí nos proponemos mostrar el modelo autogestionario del CODEDI y su proyecto de autonomía como estrategias de defensa del territorio, así como las principales contradicciones y retos de la organización en un escenario de incremento exponencial de la violencia.

La autonomía frente al despojo

A finales del siglo XX en América Latina tomaron la palestra una serie de movimientos sociales, caracterizados por ampliar los repertorios de protesta social. La eficacia de las movilizaciones instaló diversas problemáticas en las agendas políticas, contribuyendo incluso a la caída de varios gobiernos de la región y a redefinir el pacto social. No obstante, el avance en el reconocimiento de los derechos sociales y colectivos que se logró en varios países, el paradigma de desarrollo no se modificó significativamente. El papel de las economías latinoamericanas como productoras de materias primas se refuncionalizó de acuerdo con las nuevas condiciones políticas de la región, llegándose a hablar de un nuevo extractivismo (Gudynas, 2009; Svampa, 2019).

No obstante, es necesario relacionar el extractivismo con el patrón de acumulación de capital para comprender cómo, a la vez que se depredan las riquezas naturales, se da la depredación de los trabajadores mismos, agudizando la explotación (Osorio, 2014). Para Valenzuela Feijoó, el patrón de acumulación apunta al modo especifico en la que se llevan a cabo los procesos de producción, realización y utilización de la plusvalía. En América Latina, el patrón de acumulación da cuenta de la forma en la que se articulan esos tres momentos (producción, realización y utilización) de la plusvalía; la forma que asume la heterogeneidad estructural o la articulación entre el sector capitalista y los otros modos de producción existentes; la forma que asume la dependencia estructural; el carácter del bloque en el poder; y los mecanismos de dominación imperantes (Valenzuela Feijoó, 1996).

Asimismo, hay que tomar en cuenta las crisis inherentes al capitalismo y las tendencias observadas. El “ajuste espacio-temporal” a la crisis de acumulación, como llama David Harvey (2004) al aplazamiento temporal y expansión geográfica ha conducido a la intensificación de los procesos de despojo. La búsqueda de nuevos espacios para incorporarlos al proceso de acumulación ha sido la impronta para mercantilizar la naturaleza y sus recursos en lugares que se encontraban relativamente subutilizados en las dinámicas hegemónicas de la acumulación. Pero también, en la búsqueda por disminuir los tiempos de rotación del capital o compresión espacio-temporal (Harvey, 1998) se han implementado proyectos de infraestructura para facilitar la salida de las mercancías, siendo una fuente permanente de conflictividad social.

Han sido los pueblos indígenas los más afectados por las dinámicas que ha adquirido el desarrollo capitalista en la región. Aunque estos grupos han sido sistemáticamente sometidos a la explotación y al etnocidio, siguen resistiendo por conservar sus territorios ancestrales. En México, la población indígena fue diezmada y aquellas que persisten han sido aisladas y marginadas. Las autoridades coloniales y el estado mexicano han implementado diversos métodos para controlar y explotar la fuerza de trabajo indígena tanto por la violencia y el exterminio como por vías corporativas y el reconocimiento de sistemas de autogobierno limitado como en los pueblos de indios.

La gran cantidad de movimientos sociales indígenas han tenido una gran fuerza para cuestionar el modelo neoextracitivista que pone en riesgo su existencia misma. Rechazando las políticas multiculturales de corte neoliberal que solo reconoce ciertos derechos, varias organizaciones indígenas han impulsado y retomado proyectos de autogobierno contra la mercantilización y destrucción de sus territorios. En estos movimientos, el territorio juega un papel fundamental no solo por asegurar la reproducción material de los pueblos. “Muchas comunidades indígenas entienden y producen el territorio a través de diversas relaciones "socio-naturales" que unen a múltiples "seres-tierra" (por ejemplo, una montaña) con su propia agencia” (Halvorsen, 2019, pág. 799).

Es en la cuestión territorial y las prácticas ecológicas donde los movimientos han intentado incidir en la modificación de los proyectos de desarrollo imperantes. La demanda de autonomía ha sido estrategia fundamental para los procesos de defensa territorial y la autogestión productiva tiene una importancia sustancial. ¿cómo lograr el sostenimiento material de los proyectos autónomos? ¿cómo lograr el pleno ejercicio de la autonomía? Ante esas disyuntivas cobra relevancia la búsqueda de formas alternativas de producir que eviten que las dinámicas de acumulación interfieran con los procesos autonomistas. En ese sentido, la propuesta de organizar la vida de manera autónoma tiene que pasar por una perspectiva anticapitalista, que trascienda las lógicas de acumulación.

Autonomía, autogestión y territorio

Desde los últimos años del siglo XX, el concepto de la autogestión ha pretendido utilizarse desde el mundo empresarial, como estrategia de productividad laboral en el patrón de acumulación flexible. Este uso conceptual pretende borrar el antecedente histórico de la autogestión, más encaminado a la producción autónoma y colectiva, contribuyendo a la separación entre las esferas política y económica. La separación entre lo político y lo económico es una estrategia para apuntalar la dominación en ambos espacios, mostrando ambas dimensiones separadas, como si en la realidad eso pudiera delimitarse.

El trabajo lleva de fondo una carga política muy fuerte, dependiendo de la forma en la que se realice, como trabajo asalariado, trabajo colectivo o trabajo comunitario, sea en una empresa capitalista, de forma esclava, o sea en un proyecto liberador. La autogestión “trasciende la mera administración de una empresa por parte de los trabajadores puesto que incluye el objetivo de una gestión integral de la sociedad” (Hudson, 2010, pág. 582). En ese sentido, la autogestión es otra de las caras de la autonomía, la capacidad de organizar el trabajo de acuerdo a las necesidades propias y a los mecanismos de decisión.

En el campo de los movimientos sociales se han dado interesantes reflexiones sobre las maneras de sostener la resistencia y los proyectos que pretendan establecer. Muchos de los movimientos terminan en fracaso por carecer de las bases materiales para su sostenimiento, y, en ese sentido, la autogestión es una manera de sobrellevar esta situación, pero también, la capacidad de generar su sostenimiento material significa la propia organización más allá de las lógicas de acumulación de capital, o al menos, una visión alternativa y colectiva.

Los ejemplos de movimientos sociales que han llegado a la autogestión y a poner énfasis en la reproducción de la se extienden cada vez más por toda América Latina, pero, sobre todo, han tenido un arraigo entre las organizaciones indígenas. Esto debido, principalmente, a que las comunidades tienen una larga experiencia de estructuras diferentes al capitalismo y muchas de ellas están reivindicando sus formas comunales de organización. Para Benjamín Maldonado existe una plena identificación entre autonomía y autogestión, que se observa en la lucha indígena

hoy la lucha india en México es por autonomía y la autonomía no puede ser entendida sin autogestión, por lo que el anarquismo –en tanto corriente de pensamiento y como experiencias históricas– tiene mucho que aportar en el alumbramiento de la nueva sociedad mexicana; la más consistente corriente anarquista en México, el magonismo, puede ser una forma de identidad capaz de recoger experiencias en función de nuevos planes (Maldonado, 2000, pág. 132).

La raíz de la autonomía se encuentra en 500 años de resistencia indígena y, aunque las tradiciones marxistas y anarquistas tienden a reproducir la colonización del poder, pueden converger como procesos en permanente construcción, pues “combinan nuevas formas concretas de intervención social, producción y organización, por un lado, con una proyección política de espíritu emancipador cuestionadora no ya de la forma, sino los fundamentos del capitalismo, por el otro” (Dinerstein, 2013, pág. 28). En el caso particular de Oaxaca, se observa un “profundo anarquismo local que atraviesa la estructura de clases rurales y penetra la conciencia social rural” (Cook, 1984, pág. 76).

Los ámbitos comunitarios y la práctica de la comunalidad son formas de relaciones sociales, donde la autonomía se expresa como algo vivo y que tiene una base histórica profunda en la organización de los pueblos. “Una fuerza de tal magnitud fundamenta prácticas socioeconómicas autogestivas. La participación colectiva es en cualquier lado la base de la autogestión” (Maldonado, 2013, pág. 27). La comunidad es una relación social que implica ciertas prácticas territoriales, pues no puede pensarse sin un territorio. La cuestión que define el territorio es el poder, o sea, las relaciones de poder espacializadas y por ende conflictivas. Los territorios son creaciones sociales de diversos grupos y actores que se encuentran en conflicto.

De acuerdo con Bernardo Mançano Fernandes, el concepto de territorio tiene varios principios: soberanía como construcción histórica de pueblos y naciones, así como de clases sociales y sus grupos internos; totalidad, en tanto territorio como un todo, parte de la realidad con múltiples dimensiones; multidimensionalidad o las condiciones construidas por los sujetos en prácticas sociales en relación en la naturaleza y entre sí; pluriescalaridad, como distintos niveles de organización territorial; intencionalidad, como opción histórica de decisiones, una posición política; y, conflictualidad o relaciones de enfrentamiento en las interpretaciones que objetivan las permanencias y superaciones de clases sociales, grupos, instituciones, espacios y territorios (Fernandes, 2009).

Esto sugiere que cada grupo o pueblo tiene sus propias prácticas espaciales y formas de concebir el territorio a partir de distintos proyectos políticos. La idea de territorio que ejercen los niveles de gobierno es distinta a las prácticas territoriales de diversas organizaciones o de otros grupos de poder, lo cual genera conflictos y disputas. Lopes de Souza (2016) denomina “prácticas espaciales insurgentes” como aquellas manifestaciones de los movimientos sociales, donde la territorialización ocupa una parte fundamental. Los procesos de territorialización que lleva a cabo el Comité por la Defensa de los Derechos Indígenas se han sostenido a base del tequio que promueve esa organización y lo ha enfrentado a otros grupos, desde el gobierno federal, hasta empresarios y grupos del crimen organizado.

Prácticas territoriales

La implantación del modelo neoliberal en México comenzó a desquebrajar el orden corporativo sobre el cual se había sostenido más de setenta años el control del Partido Revolucionario Institucional (PRI). El levantamiento zapatista de 1994 fue una manifestación del descontento que existía contra el régimen priista y tuvo un gran impacto en todo el país. En el estado de Oaxaca, el discurso zapatista influyó en gran cantidad de organizaciones indígenas que se organizaban, sobre todo, en torno a la lucha contra los caciques locales y contra el coyotaje. Entre la sierra sur y la costa del estado de Oaxaca, cerca del puerto de Huatulco se encuentra enclavado en las montañas el poblado de Santiago Xanica. Este pueblo, en su mayoría hablante de una variedad del zapoteco dio origen al Comité por la Defensa de los Derechos Indígenas (CODEDI), una de las organizaciones que se encuentra implantando un proyecto autonomista a partir de la reivindicación del derecho de los pueblos indígenas al autogobierno.

A raíz de la intromisión e imposición del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en las elecciones por usos y costumbres[2] que se llevaban a cabo en el municipio de Santiago Xanica para elegir los cargos comunitarios del cabildo, se generan varios procesos. Por un lado, entre la población surge un sector que actúa con base a prebendas y que funciona como operadores políticos del PRI, pero también, otro grupo que pretende recuperar las formas de organización tradicionales, derivadas del trabajo comunitario o tequio, el sistema de cargos comunitarios, así como la toma de decisiones del tipo asambleario. De esta última fracción surge el CODEDI, que al poco tiempo participa en la creación de un cabildo popular, luego de expulsar a los priistas del palacio municipal.

Desde ese momento, el CODEDI va trabajando la idea autonomía, como vía para reorganizar al pueblo de Xanica de forma comunitaria. Por ejemplo, durante el periodo del cabildo popular en Xanica, el CODEDI contribuyó al establecimiento de un bachillerato comunitario, así como una biblioteca y una farmacia, además de la recuperación del tequio para las obras de infraestructura del poblado. Sin embargo, la pelea por el control del municipio continuaba entre grupos priistas y los defensores de los usos y costumbres, lo cual significaba el control de recursos municipales.

Los trabajos del Comité por la Defensa de los Derechos Indígenas se extendieron más allá de la lucha por retomar los métodos comunitarios de organización política del municipio, hacia el campo educativo, la gestión de la salud y los proyectos productivos, al igual que crecía su área de influencia hacia comunidades aledañas de municipios cercanos. Ante la necesidad de tener un espacio para que la organización pudiera llevar a cabo el proyecto de comunalizar la tierra y trabajarla bajo formas colectivas de tequio, se decide recuperar las tierras de la Finca Alemania, que llevaba 20 años en el abandono. Esta decisión se tomó en conjunto con los extrabajadores de la, otrora, finca cafetalera más importante de la región, así como con las Organizaciones Indias por los Derechos Humanos en Oaxaca (OIDHO).

La toma de la Finca Alemania y su posterior reactivación como Centro de Capacitación marcó la pauta para crear un proyecto de defensa territorial a cargo del CODEDI. El Centro de Capacitación, ha crecido exponencialmente gracias al trabajo colectivo de la organización y, sobre todo, al tequio de las 37 comunidades adheridas. Dentro de dicho centro se ha establecido un sistema de educación autónoma, desde preescolar, primaria, secundaria y bachillerato, hasta el proyecto de una universidad para los pueblos. Paralelo a esto se han creado 14 talleres de capacitación colectiva, donde los alumnos aprenden un oficio y se vuelven responsables de los trabajos que requieran las comunidades adheridas, que van desde zootecnia, apicultura, carpintería, mecánica, corte y confección, panadería, salud, etc.

De igual forma, las 700 hectáreas de las que se compone la finca Alemania están siendo ocupadas en su totalidad por los proyectos productivos, basados en sistemas agroforestales, que no agotan la fertilidad natural, sino que contribuyen a recuperar el frágil equilibrio ecosistémico de la región. Muy a grandes rasgos describiremos las principales prácticas territoriales que ha empleado el CODEDI, como defensa frente a la ofensiva espacial del capital en la zona de la costa y sierra sur de Oaxaca.

Las estrategias territoriales del CODEDI comenzaron en el pueblo de Xanica, donde nace la organización, y en un primer momento se trata de recuperar la tradición comunitaria que había sido socavada por la destrucción de la propiedad colectiva de la tierra, a mediados del siglo XX, sobre todo por el negocio cafetalero. En ese sentido, si bien no se ha logrado recolectivizar la tierra, si se han impulsado prácticas de trabajo colectivo y formas de organización basados en el sistema de cargos, así como la toma de decisiones de forma asamblearia. Esto ha permitido que se lleven a cabo obras de infraestructura en el pueblo, a partir del tequio, sobre todo, en lo que refiere a los caminos hacia la cabecera municipal.

Los trabajos de la organización en torno a la vivienda, también han generado una reconfiguración territorial a partir del cambio de paisaje. El CODEDI ha construido hasta el momento más de 5 mil viviendas en las comunidades adheridas, con el propio trabajo de las comunidades, también organizado por tequio. La construcción de vivienda se realiza haciendo la disputa al estado de fondos federales para conseguir material, pero también gracias a la fabricación de ladrillos y puertas y ventanas que se realiza en el Centro de Capacitación. Cabe mencionar que la construcción de viviendas se realiza por comunidades, para evitar formas de clientelismo, recuperando las formas colectivas de organización del trabajo.

El trabajo realizado en las comunidades pretende, al igual que en Xanica, retomar las formas tradicionales de organización, y gracias al trabajo de vivienda se ha recuperado el tequio. Hasta el momento hay 37 comunidades adheridas al proyecto de CODEDI, las cuales participan en los tequios dentro de la propia comunidad o en los proyectos de la organización. Las comunidades adheridas se organizan en torno a los trabajos que requiere el Centro de Capacitación, pero también a partir de los tequios que se realizan en cada comunidad. Muchas comunidades están destinando parte de las tierras comunales para la siembra de determinados cultivos para enviarlos a la organización.

En cierto sentido, el CODEDI ha tomado el control vertical de pisos ecológicos, que había sido desarticulado desde la dinámica colonial y ahora existe una mayor comunicación e intercambios entre las comunidades de la costa, de la sierra, valles centrales e istmo. Asimismo, la dinámica intracomunitaria incentivada por la organización, ha contribuido a llevar a cabo ciertas acciones para evitar la degradación ambiental. Por ejemplo, se ha estimulado la construcción de baños secos en las comunidades, así como eliminar los fertilizantes derivados del petróleo, además de frenar la caza incontrolada. El Comité se ha encargado de organizar talleres y cursos de formación política en las comunidades para defender los ríos de la zona, concretamente el Copalita tanto de los proyectos hidroeléctricos, como de su entubamiento para asegurar el consumo de las hoteleras de la costa, pero también de la contaminación de las comunidades de la sierra, para conservar limpio el afluente para las comunidades de las tierras bajas.

La toma de la Finca Alemania, ha representado el mayor proceso territorial que ha realizado la organización. Primeramente, por haber recuperado un espacio abandonado a causa de los vaivenes en el mercado internacional de café, pero sobre todo por mostrar que las comunidades organizadas pueden hacerse cargo de más de 700 hectáreas, desde el tequio y a partir de las formas tradicionales de cultivo. Esto ha implicado, un enfrentamiento directo con los empresarios de la zona quienes pretendían apoderarse de la finca para abastecer de agua a los negocios en el Centro Integralmente Planeado de Huatulco, pero también de grupos del crimen organizado, quienes se dedicaron a saquear la región del árbol de granadillo, destinado al mercado mundial para la construcción de objetos de lujo.

Tanto por el establecimiento de talleres colectivos donde se organiza el trabajo de la finca, como por los cultivos y proyectos ganaderos dentro el perímetro de la finca, un espacio abandonado se transformó en un centro de contacto entre las comunidades, que también es sede de una radio comunitaria y de varios proyectos de capacitación a los que pueden acudir los pobladores de las comunidades aledañas, no solo adherentes a la organización. Pero también, se cuentan dos proyectos de territorialización importantes entre los trabajos del CODEDI, que son, la recuperación de las 23mil hectáreas de las que fueron despojados los comuneros de San Miguel del Puerto para la construcción del CIP y también la recuperación y creación de una playa comunitaria en Salchí, para que las comunidades que han sido despojadas de la costa, tengan acceso al mar.

Conclusiones

A modo de conclusión podemos señalar que en los movimientos sociales en América Latina y concretamente en México existe una reivindicación territorial, sobre todo, entre los movimientos indígenas, que al radicalizarse han desembocado en procesos de autonomía. Estos procesos han fructificado como una respuesta a las ofensivas territoriales del capital, que ha avanzado por la vía del despojo sobre aquellos espacios integrados de forma marginal, a los procesos de acumulación. También mencionar que las condiciones de abigarramiento presentes en México permitieron que las prácticas autonomistas, presentes en el concepto de usos y costumbres son una realidad presente en la memoria colectiva de los pueblos y que, varias organizaciones y movimientos sociales han incentivado la recuperación de esas formas organizativas, existentes y funcionales para las manifestaciones comunitarias.

El CODEDI ha sido una muestra de estos procesos, tratando de recuperar las formas comunitarias de organización, desde la formación de cabildos populares donde la toma de decisiones sea de forma asamblearia y bajo el sistema de cargos comunitarios rotativos, vistos como servicio a la comunidad. Pero también, las formas de organización del trabajo colectivo como el tequio y la mano vuelta, destinados a la reproducción de la vida, dificultando las dinámicas de acumulación de capital. La defensa territorial en su conjunto ha logrado, hasta el momento, ponerle un freno a la lógica de despojo que se ha presentado por conflictos de tierras, expropiaciones, así como megaproyectos hidroeléctricos o mineros.

La dinámica expansiva que requiere el capital ha tenido en las prácticas territoriales del CODEDI un obstáculo, sobre todo en el turismo, que ha sido la modalidad predilecta para asegurar la acumulación en la zona de Huatulco. Sin embargo, los conflictos permanecen, generando choques cada vez más violentos, entre quienes buscan la ganancia mediante la explotación del trabajo del hombre y de la naturaleza y quienes buscan la supervivencia de las prácticas tradicionales para engendrar un mundo diferente basado en la solidaridad, apoyo mutuo y valores comunitarios.

Referencias bibliográficas:

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[Versión resumida de artículo titulado "Autonomía y autogestión como estrategias de defensa del territorio en las comunidades adheridas al Comité por la Defensa de los Derechos Indígenas (CODEDI)" que en versión original integral es accesible en http://pacarinadelsur.com/home/abordajes-y-contiendas/1917-autonomia-y-autogestion-como-estrategias-de-defensa-del-territorio-en-las-comunidades-adheridas-al-comite-por-la-defensa-de-los-derechos-indigenas-codedi.]

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